miércoles, 15 de agosto de 2012

Juego y Desarrollo del Niño: La Calle como Espacio Educativo y de Maduración


Hace sesenta años, a mediados del siglo XX, comenzó el proceso migratorio del campo a la ciudad, en busca de un puesto de trabajo y con el consiguiente abandono de las tareas propias del campo, con ello empezó a perderse, gradualmente, el contacto con la naturaleza. En la actualidad, recién iniciado el siglo XXI, podemos observar que a al menor contacto con la naturaleza se le ha sumado el escaso contacto con la calle de los niños de hoy.

Recluimos a nuestros menores en espacios cerrados en una continua búsqueda de sus talentos, para ello los convertimos en niños multitarea: clases de inglés, piano, hacer los deberes, práctica de algún deporte… No quiero decir que ocupar el tiempo de un niño en estas actividades sea negativa, sino que con ello les estamos privando de un elemento clave de su desarrollo: la espontaneidad. Gran parte de las actividades de un niño, especialmente durante el período escolar, son de carácter organizado, privándoles de los encuentros y juegos casuales que se producen en un contexto de encuentro como el que tienen lugar en  la calle.

Esta tendencia a la reclusión de los menores en entornos controlados, que también se producen en la propia calle: pues vemos cómo acuden en masa a lugares protegidos de los parques de nuestras ciudades en donde se les ofrecen entornos de juego limitados, todos iguales, indistintamente de la ciudad en la que nos encontremos, y con una tendencia a producirse bajo un estado de vigilancia y alerta por parte de los adultos. Esto provoca que el niño perciba el miedo del adulto a la ciudad y a sus semejantes y, con ello, un desconocimiento profundo de su entorno y de las posibilidades de encuentro que en él existen.

Los adultos parece que hemos olvidado que en la infancia jugar es casi tan importante como respirar. Hemos de tener presente que mediante el juego favorecemos el desarrollo y la maduración cerebral del niño, especialmente del lóbulo frontal, pues a través de él se activan diferentes áreas del cerebro relacionadas con la toma de decisiones, la motivación y las vinculadas a las relaciones de nuestro cuerpo con el espacio y el entorno. El juego es, no lo pasemos por alto, una necesidad de nuestro sistema nervioso.

El juego es una valiosa herramienta que permite al niño aprender a inhibir y regular sus respuestas más impulsivas y emocionales. Se convierte en un regulador de las emociones futuras gracias a la existencia de múltiples interacciones sociales con quienes se comparte el contexto del juego. El acto de jugar es un alegato a favor de la autonomía del niño, una muestra de que existen espacios en nuestra convivencia que los adultos no utilizan y que son ideales para el desarrollo del menor.


Aprovechar la calle como recurso educativo es un valor que habla del desarrollo de una sociedad. Si recluimos a nuestra infancia a espacios protegidos, donde la vigilancia del adulto está siempre presente: ya sea tareas extraescolares o recurrir al centro comercial como recurso para el ocio presenta un gran inconveniente. Cuando el niño se convierta en adolescente y los padres tengan que renegociar las normas y pautas de comportamiento, tras una infancia hipercontrolada y regulada, comenzarán a surgir conflictos a consecuencia de no haber facilitado la autonomía y la capacidad de adaptación a situaciones variables que demandarán en él una muestra de su independencia y capacidad de decisión.


1 comentario:

  1. Antes los niños pasaban (pasabamos) buena parte de nuestro tiempo libre en la calle. Y creo que aun se hace así en localidades pequeñas. Desgraciadamente, con el desarrollo y el crecimiento de las ciudades ésta faceta ha tenido que sacrificarse, como tantas otras. Es un precio que hay que pagar.

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