miércoles, 27 de junio de 2012

Equidad y Cultura: Lo Justo de los Recortes


Se cumplen dos años de las medidas adoptadas por el gobierno de Zapatero en 2010 que anunciaban la subida del IVA y el recorte de salarios de funcionarios públicos en un 5%, en los que no hay día en el que no se habla de medidas y más medidas destinadas a incentivar el crecimiento económico de España. Las últimas, las que vendrán como consecuencia del rescate al sistema financiero, las sugería el Ministro de Economía en sus últimas apariciones públicas.


Tantas medidas han llevado a un rechazo generalizado de estas y otras medidas por parte de la población. El rechazo no surge como consecuencia de los esfuerzos que se le solicitan a los españoles, ya que desde un comienzo han comprendido la necesidad de realizar ciertos ajustes y esfuerzos en pos de recuperar el nivel de bienestar perdido. ¿Dónde surge entonces su descontento? En el anuncio de nuevas medidas con las que no se está conforme con los argumentos utilizados para aplicarlas. Podemos aceptar medidas que consideramos injustas e incluso que vayan en contra de nuestros intereses. Eso sí, siempre y cuando las razones utilizadas para aplicarlas resulten adecuadas y convincentes.

Un experimento, llevado a cabo en Alemania por Werner Guth, Rolf Schmittberger y Bernd Schwarze titulado An experimental analysis of ultimátum bargaining, pretende analizar cómo se reparten una tarta dos desconocidos. Para ello colocaban, al azar, a una pareja de extraños en habitaciones separadas. Se informaba a cada participante que habían sido emparejados con otra personas que no conocían. Cada pareja cuenta con 10€ que deben repartirse como cada uno de ellos decida, eso sí, los participantes no pueden hablar entre sí y se elegiría, al azar a uno de ellos para que tomase la decisión de cómo repartir el dinero.

El elegido podía repartir el dinero como quisiera: 5€ para cada uno, 8€ para él y 2€ para el otro participante… Al otro miembro de la pareja le correspondía el papel de aceptar o rechazar la oferta que su compañero le ofrecía. Si la acepta, cada uno se llevará su parte. Si la rechaza, ninguno de ellos ganará nada.
La respuesta más racional y equitativa sería repartir el dinero a partes iguales, que fue la opción más elegida por los participantes. Todos a quienes se les presentó la oferta de 5€ para cada uno, aceptaron la oferta. Sin embargo, hubo casos en los que los participantes debieron hacer frente a una oferta en la que su ganancia era inferior a la de su compañero. La respuesta más racional sería siempre aceptar la oferta, por muy baja que sea, ya que es preferible obtener una ganancia a no ganar nada ya que 2€, siendo peores que 5€ son mejores que nada. Lo curioso es que, la mayoría de los participantes a los que se les presentó este tipo de  oferta la rechazaron. Independientemente de que se le ofrecieran 2,3,4 o 1€ la oferta considerada como injusta era rechazada en gran medida debido a la idea de la justicia y la equidad.

Una variación en este experimento arroja luz acerca de cómo cambia nuestra percepción de la justicia en función no del resultado, es decir, de la oferta presentada sino del proceso vivido hasta que ésta se presenta. En este segundo experimento, las reglas a las que los participantes están sometidos son las mismas. La única diferencia es que en vez estar emparejados con otra persona, ahora lo están con un ordenador. El resultado es, cuanto menos, sorprendente. Ahora las ofertas presentadas por el ordenador eran aceptadas, aunque éstas no fueran equitativas y se saldarán con un reparto favorable al ordenador. Similares ofertas que antes eran presentadas entre dos individuos eran rechazadas y, ahora, cuando la oferta era presentada por un ordenador eran aceptadas. Esto es consecuencia de la denominada justicia procesal, por la que cuando se trata de justicia y equidad es más importante el proceso que el resultado, lo cual puede llevarnos a actuar irracionalmente. 

De una persona esperamos que sea justa, de un ordenador no. Únicamente aceptaremos una oferta injusta en caso de que conociésemos los motivos por los que la otra persona nos ofrece esa oferta. En caso de nos presente una buena razón para presentarnos una oferta desigual, tenderemos a pensar que no se está queriendo aprovechar de nosotros y mostraremos una mayor predisposición a aceptarla. Pensemos en el caso de que nuestros padres nos pidan ayudarles la mañana del sábado, para la que ya hemos previsto algunos planes,  a pintar varias de las habitaciones de su casa. Las probabilidades de que aceptemos la propuesta serán mayores si hacen referencia a su incapacidad para poder desenvolver ellos solos la tarea o a los motivos por los que tiene que ser ese día y no otro: el lunes van a instalarle los muebles nuevos que compraron recientemente, que si para tratar de convencernos apelasen a algún otro tipo de recompensa material. Para convencer a alguien de que haga algo desagradable es preferible recurrir a motivaciones altruistas que a recompensas materiales si queremos que haga lo que le proponemos.

El interrogante que surge ante este experimento es el siguiente ¿Es lo justo y equitativo similar para todas las personas, sociedades y culturas? La respuesta es no. Mi idea de lo justo es diferente a la de un corredor de bolsa, un japonés o un sudafricano. Para probar que la idea de que lo justo y equitativo lleva consigo un alto componente cultural, Joseph Heinrich llevó a cabo una prueba similar a la presentada en el caso anterior. Realizó primero la prueba tomando como participantes a los estudiantes de la Universidad de California. El reparto más reproducido entre ellos era el de 50/50. Las razones aducidas para justificarlo eran que temían que el otro rechazara su propuesta si presentaban una oferta injusta. Preguntándoles acerca de si aceptarían una propuesta injusta del tipo 80/20 la respuesta era un rotundo no.

Decidido a contrastar universalidad de la equidad, Heinrich se llevó su experimento al Amazonas y allí, en la amazonia peruana, llevó a cabo el mismo experimento con la tribu machiguenga. A diferencia de los estudiantes da la Universidad de California, los machiguenga que presentaban la oferta no ofrecían un reparto 50/50 sino que la oferta que más se repetía era del tipo 85/15. Lo más sorprendente era que los machiguenga no se indignaban cuando se les  presentaba esta oferta, sino que la aceptaban. Actuaban de una manera totalmente racional, es preferible aceptar cualquier oferta a no ganar nada. Consideraban que si ganaban menos que su pareja en el experimento era porque habían tenido la mala suerte de ser quienes debían aceptar la oferta y no quienes se encargaban del reparto.

De pronto, hemos descubierto que cuando viajemos al extranjero, es conveniente cambiar nuestra noción de la equidad ya que, en función del lugar en el que nos encontremos, no siempre será cierto que lo que es justo es justo. Lo mismo sucede a la inversa, lo que los tecnócratas, instalados en los puestos de mando en Berlín o Bruselas, piensan que es adecuado aplicar en España, Grecia y Portugal para incentivar su desarrollo no quiere decir que sea justo lo que para ellos es, a todas luces, injusto.

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