lunes, 6 de febrero de 2012

La Vulnerabilidad del Deportista

El Tribunal Arbitral del Dopaje ha sancionado en el día de hoy al ciclista Alberto Contador con dos años de sanción, despojándoles de sus victorias en el Tour de 2010 y en el Giro de 2011 por su positivo por clembuterol durante la disputa del Tour de Francia en 2010. Dejando de lado las valoraciones y juicios hacia la figura de Alberto Contador, descubramos cuáles son los motivos que llevan a un deportista a valerse del dopaje para favorecer su rendimiento.



La relevancia del deporte en la sociedad actual radica en su capacidad para crear continuamente nuevos héroes con los que los jóvenes, principales grupo de consumo, puedan identificarse. Este fenómeno no es nuevo, ya en la antigua Grecia los deportistas que conseguían vencer en los Juegos eran tratados con honores y adquirían un puesto de prestigio en la sociedad helena puesto que se les consideraba como sujetos beneficiarios de cualidades divinas, por ello recibían una porción de tierra, un sueldo y pasaban a ser los encargados de dirigir las tropas encargadas de la defensa de su ciudad.

Toda deportista tiene el deseo de querer ser uno de esos héroes que la sociedad demanda pero éste anhelo puede llevarle a cometer el pecado del dopaje. La pregunta que nos viene a la mente es ¿cómo puede un deportista cometer un error que no le permite competir en el deporte que le gusta y con el que disfruta? La respuesta está en que muchos deportistas, una vez se encuentran compitiendo al máximo nivel, olvidan las motivaciones intrínsecas que de jóvenes les llevaron a la práctica deportiva: diversión, satisfacción, disfrute… y comienzan a centrar su atención en las recompensas que el entorno en el que viven les ofrece, es decir, las motivaciones extrínsecas se convierten en las verdaderamente importantes y las impulsoras para seguir con la práctica deportiva. La retroalimentación  o la respuesta del entorno a los méritos del deportista pasan a ser medidos en virtud de las recompensas obtenidas: dinero, imagen, estatus social, etc, que llevan a que el afán competitivo del deportista aumente exponencialmente.



Todo ser humano posee unas limitaciones fisiológicas y psicológicas que imponen la existencia de unos límites de rendimiento que intenta traspasar.El deportista no es ajeno a esta limitación y es  más consciente que nadie de la  existencia de límites en su rendimiento- ya sea porque su cuerpo no es capaz de correr más rápido o porque el conocimiento técnico actual impone una barrera a ese rendimiento- está en una búsqueda permanente de los productos y de las técnicas más novedosas que le permitan aumentarlo o cuanto menos que no se vea reducido. Esta búsqueda de la novedad esconde la necesidad del atleta de obtener una recompensa que le lleva a realizar comportamientos asociados a un adolescente: fijar la atención en la recompensa obviando los peligros que corre ya que siente que arriesgando no pierde nada. La personalidad del atleta que se dopa se sustenta en el anhelo egoísta de querer más, de conseguir más, impuesto en parte por esa necesidad de la sociedad de tener héroes a los que admirar. Esto lleva al deportista a no conformase con lo que tiene y a buscar la felicidad en lo que se tiene y no en lo que se es. El deportista termina convirtiéndose en un mero objeto de consumo que lleva a que cada vez más, deportistas que en su momento fueron héroes que la sociedad que les encumbró acabó devorando (Marco Pantani, “Chava Jimenez, Yago Lamela…), al terminar sus carreras cargando con la culpa de sentirse incapaces de mantener las recompensas que con tanto ímpetu persiguieron.



¿Cómo es posible que un deportista en el momento cumbre de su carrera deportiva opte por doparse? La justificación a esta pregunta la encontramos en la presencia de presiones reales o imaginadas que ejercen sobre el deportista personas o grupos de personas relevantes para el deportista. Estas presiones inducen al deportista a llevar a cabo comportamientos contrarios a la propia moral del deportista y su idiosincrasia con el propósito de obtener la recompensa deseada (afecto del grupo de referencia) o evitar el castigo. La mejor manera de inducir este cambio radica en infundir en el deportista el miedo, la presencia (real o imaginada, de una amenaza que atenta contra el statu quo en el que cada uno tenía una posición. Alberto Contador vió peligrar su reinado en el ciclismo en el verano de 2010, la demostración de Andy Schleck de poder discutirle su posición de dominio pudo provocar mucha incomodidad en su entorno (equipo ciclista), y como respuesta Contador pudo obrar como podría hacerlo cualquier ser humano y dejarse llevar por las opiniones de individuos que, en esas situaciones, actúan como expertos o tienen una posición de autoridad en el tema tratado (director de equipo).


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