jueves, 12 de enero de 2012

Fútbol: Espejo de una Sociedad de Hombres


Las primeras patadas dadas a un balón de fútbol en el patio de un colegio se convierten en la primera meritocracia que experimentamos. Los niños con más cualidades adquieren un estatus superior entre sus compañeros, mientras que quienes no juegan son considerados como "bichos raros". Este proceso también se  observa a otras edades más avanzadas y en escenarios profesionales del deporte donde, los aficionados y consumidores de espectáculos deportivos lanzan y profieren una serie de demandas a los deportistas.


Desde edades tempranas los niños visten las camisetas de sus equipos e ídolos de la primera división de fútbol, realizan durante el verano y los primeros meses de curso la colección de cromos de la emporada que comienza y son capaces de aprovechar cualquier momento y espacio para improvisar un pequeño terreno de juego y dar comienzo a un nuevo partido.



Cuando se comienza a jugar al fútbol de lo que se trata es de disfrutar y utilizarlo como un proveedor de relaciones sociales, como una fuente de distracción y como un elemento que contribuye a la afirmación de la personalidad que nos ayuda a edificar nuestra identidad y dar lugar a un sentimiento de pertenencia al grupo. Pero, no es oro todo lo que reluce. Con el paso de los años, conforme se va creciendo y se empieza a practicar el deporte en entornos competitivos ya sea dentro de la competición de juegos escolares o dentro de equipos federados los comportamientos y los motivadores de la conducta cambian de una manera significativa.

Un estudio acerca de la práctica del deporte y comportamientos violentos en competiciones deportivas llevado a cabo por el Gabinete de Prospección Psicológica del Gobierno Vasco nos ofrece resultados, cuanto menos, preocupantes. Según este estudio los padres son una de las principales causas e impulsores de los actos de violencia que tienen dentro del deporte escolar, resultados fácilmente extrapolables a otras competiciones deportivas. Así el 25% de las personas encuestadas afirman haber contemplado agresiones, verbales o físicas, del público dirigidas hacia los deportistas.

Si se realiza una reflexión detenida de estos datos caeremos rápidamente en la cuenta de que prácticamente el 100% de los espectadores que acuden a este tipo de competiciones son miembros del entorno familiar y social de los deportistas. ¿Cómo es posible que ellos lleven a cabo estas conductas nada ejemplarizantes? La razón primera que acude a la mente es el hecho de que el público (padres, familiares, amigos) se dejan arrastrar por la implicación emocional que actúa como detonante de estas actitudes violentas. Pero esta razón no es suficiente por sí sola para explicar esta conducta.

El deporte siempre ha sido considerado a lo largo de la historia como un recurso formativo que optimiza y contribuye al desarrollo personal, tanto físico como espiritual, de quien lo practica ya que en él surgen elementos de tanto valor en la vida como son la competitividad y la cooperación. Sin embargo, el uso que hacemos del deporte se pervierte y pasa a convertirse en una fuente de violencia, especialmente podemos observarlo en el caso del fútbol. ¿Qué es lo que lleva a la transformación de los valores de solidaridad, cooperación, competitividad sana… propios del deporte, en concreto del fútbol, en conductas agresivas y violentas?

La respuesta está en la demanda que como espectadores  o consumidores les trasladamos a los futbolistas. La demanda que le hacemos a los futbolistas es que representen la masculinidad y les presionamos para que la manifiesten. Les exigimos que se esfuercen, que no eviten el contacto directo con sus adversarios, que sean combativos, que sean fuertes, que se entreguen, que sean enérgicos, que sean luchadores, etc, mediante expresiones, lanzadas tanto por padres como por entrenadores del tipo “¡Corre más!”, “¡Muévete!”, “¡Éntrale!”, “¡Levanta! que eso no es nada”… Con el uso de estas expresiones lo que se fomenta y refuerza son las conductas agresivas, competitivas y hostiles, un ejemplo lo encontramos en un partido de Prebenjamines el pasado mes de noviembre en Cabrerizos.



Pero no todos los futbolistas cumplen con estas exigencias, y aquellos que no dan con este perfil se le reprende y reprocha su actitud si evita cualquier contacto físico con el rival o si no corre lo suficiente detrás de la pelota se le envían mensajes del tipo : “¡Pareces una niña!”, “¡Maricón!”…




Se puede, por tanto, llegar a la conclusión que las competiciones deportivas sirven de excusa para lanzar demandas de masculinidad y hombría por parte de quienes actúan como espectadores de las mismas, porque éstos creen que se trata de rasgos identificativos que conducen al éxito y a la ocupación de puestos de prestigio en la sociedad.



Por este motivo, muchos entrenadores, padres, familiares y amigos contribuyen a la construcción de identidades en el futbolista relacionadas con ese rol masculino. Mensajes como que el hecho de poner en práctica cualquier conducta o valerse de cualquier recurso para marcar un gol o para evitar recibirlo es válido y se recompensa y refuerza cuando sucede, anima a los jugadores a manifestar conductas agresivas en el terreno de juego.

El error fundamental que debemos evitar a toda costa es utilizar el fútbol o el deporte como un medio para formar hombres. La esencia del deporte es y debe ante todo y, sobre todo, formar personas.

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