lunes, 28 de noviembre de 2011

Razones para Empezar a Fumar

Los fumadores se inician en el hábito durante la adolescencia. Es ésta una etapa caracterizado por la experimentación y la atracción por el riesgo. Descubramos los motivos y procesos ocultos que llevan a un adolescente a empezar a fumar y a perseverar en el hábito a pesar de que de los primeros cigarros su organismo no experimente sensaciones placenteras.

El consumo de tabaco entre los adolescentes es un fenómeno muy extendido en la sociedad moderna que las autoridades sanitarias y la propia sociedad intenta combatir aunque, hasta el momento, encontrar una estrategia efectiva resulta bastante complicado. Una protesta de la sociedad en contra de este consumo promovido por la industria tabaquera es que vende su producto como algo más deseable de lo que realmente es, y este hecho en una mente adolescente fácilmente influenciable y que minimiza las consecuencias de los riesgos a los que se expone. Por ello medidas adoptadas por las instituciones públicas está en la regulación de la publicidad de estos productos así como fomentar una política de precios altos de este producto (mediante altas cargas impositivas) que dificulten el acceso de los adolescentes al tabaco ya que su poder adquisitivo es bastante reducido.


La principal dificultad encontrada al intentar frenar el consumo de tabaco en la población adolescente es el desconocimiento de los sucesos y cambios que se suceden durante esta etapa vital. Aristóteles ya decía que al igual que el vino aviva a los beodos lo mismo hace la naturaleza con los jóvenes, y este pensamiento ha regido los postulados científicos del siglo XX: Stanley Hall decía que la adolescencia es la reproducción de etapas de estrés y agitación característicos de fases del desarrollo humano primitivas y escasamente civilizadas,  Freud visualizaba la adolescencia como una etapa de conflictos sexuales, Eriksson como una sucesión continua de crisis de identidad. Sin embargo, estos planteamiento cambiaron a finales del mismo siglo debido al uso de nuevas técnicas que permitieron visualizar, con gran detalle, la actividad y desarrollo del cerebro adolescente, ofreciendo una respuesta: el cerebro tarda más en desarrollarse de lo que pensamos.

La obtención de imágenes mediante escáner de la actividad cerebral del adolescente ha revelado que nuestros cerebros experimentan una renovación intensiva entre los 12 y los 15 años, no en tamaño, ya que nuestro cerebro adquiere el 90% de su tamaño definitivo a los 6 años, sino que se produce una actualización de todas las conexiones cerebrales. Esta actualización mejora el aislamiento de los axones a través de la mielina con lo que la velocidad de trasmisión de la información se multiplica por 100, aumentan las ramificaciones de las dendritas y las sinapsis más utilizadas se fortalecen y mejoran, mientras que la menos utilizadas comienzan a atrofiarse. Todo este proceso de reestructuración provoca que la corteza cerebral (donde se produce el pensamiento complejo y consciente) se haga más fina y eficiente haciendo del cerebro un órgano más veloz y sofisticado.

El proceso de maduración cerebral se produce desde la parte posterior del cerebro hacia la parte frontal, es decir, desde las áreas que manejan las funciones primitivas y básicas (visión, movimiento y procesamiento elemental de datos) hacia las áreas pensantes del lóbulo frontal . Este proceso da como resultado la mejora de la integración de la memoria y la experiencia en la toma de decisiones a la vez que se tienen en cuenta más variables y alternativas de acción que las que teníamos en cuenta durante la infancia.


Una vez termina la etapa de maduración cerebral somos capaces de gestionar y controlar mejor los impulsos, los deseos, establecemos objetivos más adecuados y realistas, tenemos en cuenta las normas y restricciones del contexto y, por tanto, somos capaces de generar comportamientos más complejos. Pero este será el resultado final del proceso, antes de alcanzarlo, especialmente al inicio de la adolescencia, el cerebro actuará torpemente.

Esta torpeza es causada por la inexperiencia ya que el cerebro está empezando a entender y utilizar sus nuevas conexiones y redes neuronales, estamos ante un cerebro inmaduro. Esta inmadurez son las que provocan descripciones del adolescente como alguien imprudente, egoísta, impulsivo, estúpido… Pero este conjunto de rasgos deben tener alguna utilidad porque si no la selección natural los habría eliminado. Por tanto, estos rasgos deben tener alguna utilidad que descubrimos si prestamos atención a los rasgos generales que se esconden detrás de comportamientos específicos.

En la adolescencia el deseo de emociones fuertes se manifiesta en todo su esplendor. La búsqueda de sensaciones nuevas en lo inesperado provoca grandes descargas de actividad neuronal, pero esta búsqueda de sensaciones no tiene por qué deberse únicamente a comportamientos impulsivos, sino que puede estar perfectamente planificado. Cierto es que esta búsqueda de sensaciones puede conducir a comportamientos peligrosos, pero también puede generar conductas positivas ya que supone apertura hacia lo novedoso y a explorar nuevos territorios fuera del ámbito doméstico.

¿Qué es lo que provoca que el adolescente sea propenso a correr riesgos? Durante los 15 y los 25 años donde más experimentamos y riesgos estamos dispuestos a asumir, es durante estos años cuando empezamos a experimentar con tabaco, alcohol, drogas y a emprender toda clase de conductas arriesgadas. La explicación más sencilla es atribuirlo al hecho de que el cerebro está en construcción, sin embargo, estudios llevados a cabo en la Universidad de Temple por Laurence Steinberg sostienen que los adolescentes utilizan las mismas estrategias cognitivas que los adultos a la hora de resolver problemas y siguen procesos de razonamiento muy similares.

¿Qué es lo que provoca entonces la mayor propensión del adolescente hacia las conductas arriesgadas? Steinberg  afirma que los adolescentes son igual de capaces que los adultos para reconocer y percibir el peligro, lo que sucede es que aprecian mucho más la recompensa que el riesgo puede reportarles, especialmente si se trata de una recompensa de orden social como puede ser el hecho de impresionar a sus amigos o a su grupo de iguales. La clave la encontramos en que el grupo de iguales es una fuente de fuerte atracción para el adolescente porque éste le ofrece la oportunidad de descubrir lo novedoso, frente a lo ya conocido que encuentran en el hogar, y brinda la oportunidad de invertir en relaciones proyectadas hacia el futuro ya que el rechazo del grupo de iguales supondría una amenaza a la supervivencia.

Entonces, el inicio en el consumo de tabaco por parte de los adolescentes está directamente relacionado como una manera de experimentación que nos permite acercarnos a un grupo de iguales y establecer vínculos con sus miembros. Este hecho provoca que muchas de las iniciativas llevadas  a cabo por instituciones sanitarias destinadas a erradicar el consumo de tabaco en adolescentes hayan fracasado. Las acciones que se han llevado a cabo contra el tabaco siempre se han centrado en atacar a las empresas tabaqueras porque venden la idea de que el acto de fumar es algo positivo y moderno. Éste es el error fundamental en el que han caído y que no ha servido para reducir el consumo de tabaco en la adolescencia equivocando el objetivo. El punto a atacar no está en que fumar no mola, porque lo que los adolescentes hacen es reproducir e imitar el comportamiento de alguien que para ellos les resulta atractivo. Una manera de contrarrestar este modelo positivo es argumentar una serie de datos que puedan, sin atacar personalmente a ese sujeto modelo, que, al menos, puedan cuestionarlo. Si presentamos informaciones como la existencia de correlaciones significativas entre consumo de tabaco y depresión, quizá haga tambalear el modelo. Según un estudio llevado a cabo por Alexander Glassman decubrió, que las personas que más fuman, el 60% ha sufrido y se le ha diagnosticado en algún momento de su vida una depresión. Es más, otro dato significativo es que el 74% de las personas que han sufrido algún desorden psiquiátrico han sido fumadores, por un 53% en la población a la que nunca se le diagnosticó este desorden, llegando a un 90% en aquellas personas diagnosticadas como esquizofrénicas. Otra correlación importante se encuentra entre tabaco y consumo de alcohol: el 80% de alcohólicos fuma. Con esta exposición de datos el modelo de imitación y reproducción de conductas puede  resquebrajarse ya que ahora no parece tan deseable socialmente reproducir la conducta de consumo de tabaco, deseabilidad que disminuye si sabemos que el índice de consumo de tabaco (más del 30%) en personas que viven en situación de pobreza que entre aquellas que se encuentran por encima de dicho umbral de pobreza.

Las referencias a la vinculación entre consumo de tabaco y la existencia de desórdenes emocionales puede ayudar a reducir el inicio en el consumo de tabaco en edades tempranas, y es quela nicotina es utilizada como estimulante de los neurotransmisores para la segregación de dopamina y noreprinefrina, convirtiéndose en un tratamiento “barato” contra la depresión. Pero este hecho no enmascara que toda adicción provoca fallos en el funcionamiento cerebral ya que las conductas adictivas de los fumadores, según recientes estudios de la Universidad de Berkeley, se relacionan con la actividad de las neuronas de la corteza orbitofrontal y la corteza cingular anterior. Estas regiones guardan relación directa con la toma de decisiones, puesto que son las encargadas de valorar la importancia del problema a resolver, así desórdenes en la actividad de estas neuronas provocadas por consumos continuados de tabaco, alcohol y/o otras drogas dan origen a decisiones de la vida cotidiana que conducen a situaciones de caos: divorcios, absentismo o abandono del puesto de trabajo, pérdida de dinero… Junto a estas decisiones erróneas los hábitos adictivos también influyen en la memoria de las decisiones tomadas, situada en la corteza cingular, al impedir que el adicto incurra repetidamente en el mismo error.
En definitiva, encender un cigarro tras otro supone experimentar una y otra vez el mismo error. Error que olvidamos con el humo del próximo cigarro que tendremos en las manos.

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