martes, 18 de octubre de 2011

7.000 Millones con Vida

En los últimos dos siglos la esperanza de vida en las sociedades occidentales se ha duplicado pasando de vivir 40 años a vivir 80. El progreso científico es el principal causante de este aumento de la longevidad sin embargo, nuestro cerebro, siendo tan complejo como es, nos da muestras de que aún no se ha adaptado a esta nueva situación.


En la actualidad poblamos la Tierra alrededor de 7.000 millones de habitantes y se calcula que en 2045 seremos 9.000 millones. Este crecimiento se producirá fundamentalmente en los países pobres pese a la reducción constante de su tasa de natalidad. Estas poblaciones están reproduciendo ahora los patrones que las sociedades desarrolladas han vivido en los últimos 250 años, con la diferencia de que los países pobres culminarán el mismo proceso en la mitad de tiempo. Esta nueva perspectiva nos sitúa ante diferentes cuestiones como por ejemplo ¿serán los recursos del planeta suficientes para abastecer a tanta población?, ¿cómo afectará a nuestra cultura?, ¿qué nuevas formas de organización social y económica tendremos que adoptar para maximizar los recursos disponibles?...

A lo largo de toda la historia de la humanidad el aumento de población se ha relacionado con prosperidad, estabilidad y seguridad, puesto que si una la población de una región aumentaba era debido a que vivía dentro de un orden social estable regido por relaciones sociales carentes de precariedad (relaciones de cooperación, ausencia de guerra…) y de una explotación adecuada de los recursos naturales. Este patrón de funcionamiento se ha mantenido a lo largo de la historia hasta el siglo XVIII en el que se produce un cambio social fruto de la llegada de la Revolución Industrial y con ella el nacimiento de las sociedades industriales y urbanas.

Con la llegada de las sociedades industriales se produce una reducción de la tasa de mortalidad y, al mismo tiempo, se reducen también las tasas de natalidad y fecundidad. La reducción de la tasa de mortalidad se debe fundamentalmente a las siguientes causas:

• Menor incidencia de los ciclos epidémicos (habituales en asentamientos grandes de población debido a la proliferación de virus) y la erradicación de la peste (relacionada su incidencia con el comercio) debido a los avances del conocimiento médico.

• Desaparición de las situaciones de carestías que impedían a amplias sectores de población a fuentes de alimento provocadas por malas cosechas, pago de elevados tributos para financiar guerras y proyectos imperialistas de los gobernantes… Estas situaciones ven disminuida su incidencia al adoptarse nuevas formas de organización social y económica (producción de excedentes debido a una mayor productividad gracias a la introducción de nuevas tecnologías mecánicas…).

• Aparición de nuevas prácticas sociales y culturales que ayudaron a detener la difusión de enfermedades, especialmente en la infancia, con la puesta en marcha de medidas destinadas a protegerla (nuevos hábitos de crianza, escolarización, retraso del inicio de la vida laboral, vacunación…). Entre los nuevos patrones culturales encontramos el uso de nuevos hábitos de higiene entre la población, mejoras en la vida material de las personas, nuevas formas de organización social…

La tasa de natalidad en las sociedades industriales también se reduce debido entre otros factores a la incorporación paulatina de la mujer al mercado laboral y, especialmente, al aumento del “coste de crianza” (costes de criar un hijo según el departamento de Agricultura de EEUU) de los hijos al retrasar la edad en la que comienzan a ser productores de renta si los comparamos con las sociedades agrícolas. Por su parte, la tasa de fecundidad mengua al verse reducidos los canales de control social ejercidos por las tradiciones, la religión y las instituciones en las ciudades.

Los factores mencionados anteriormente han provocado que la población mundial haya pasado de 1.000 millones a comienzos del siglo XIX y se haya multiplicado por siete en apenas 200 años. Pero no sólo ha aumentado el número de habitantes en la Tierra, sino que la esperanza de vida (claves para aumentar la esperanza de vida) para una gran cantidad de esos habitantes se ha duplicado y para otros muchos está en aumento con respecto a esos valores de hace apenas dos siglos. Esta prolongación de la vida implica que el organismo se haya visto obligado a someterse a profundos cambios e idear estrategias nuevas que le impidan optimizar su rendimiento y sobrevivir en esta nueva disyuntiva. Allí donde el organismo no alcanza por sí sólo a afrontar el proceso de envejecimiento sobrevenido, el conocimiento científico permite que muchos órganos podamos curarlos e incluso reemplazarlos.

Con el cerebro no ocurre lo mismo. Apenas sabemos nada del cerebro ya que nos resulta, de momento, muy complicado entender su complejidad, aún así a diario se consumen millones de pastillas para curar la depresión sin saber cómo funciona nuestra mente. Lo que sí está comprobado es que con el envejecimiento el cerebro ve reducido su rendimiento e incluso algunas áreas cerebrales dejan de cumplir con sus funciones pero se desconoce la causa y su tratamiento.

Frente a este desconocimiento lo que surgen son nuevos modelos de encarar la existencia. Con el aumento de la esperanza de vida se deja de prestar atención a ¿qué es lo que sucederá al morir?, ¿habrá vida después de la muerte?, y se comienza a ser consciente de que hay vida antes de la muerte y que hay que vivirla. El cambio fundamental que se produce es que poco a poco vivimos un proceso en el que cada individuo se apropia de su muerte, es decir, cada sujeto sabe que morirá y que esa muerte le pertenece porque es suya y lo que intenta es hacer que sea lo más apropiada posible, sin sufrimientos innecesarios, sintiéndose acompañados, arropados… De esta manera demostramos que no nos olvidamos de vivir pues ya sabemos que la vida estaba antes que nosotros y que continuará una vez que nos hayamos marchado. Vivimos conscientes de que hasta el final, todo es vida.

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