lunes, 31 de octubre de 2011

Transferencia de sensaciones

¿Por qué la margarina es de color amarillo? Porque de manera inconsciente transferimos sensaciones o impresiones del envase al producto en sí.

Louis Cheskin, psicólogo ucraniano, es considerado como uno de los más importantes innovadores en marketing. Su mayor aportación en este campo fue su afirmación de que la percepción de todo producto o servicio está condicionada por la presentación estética del envase, a este fenómeno lo denominó transferencia de sensaciones.
Según Cheskin, casi ninguna persona es capaz de diferenciar entre producto y envase, sino que todo producto es la suma del envase y el producto. Este hecho ejerce una gran influencia que va desde el sabor de un refresco hasta la capacidad de limpiar de un detergente. Para demostrar esta influencia sometió a un grupo de mil personas al siguiente experimento: le ofrecía a cada uno de los participantes un mismo producto sólo que en envases diferentes, un envase estampado en círculos y otro estampado de triángulos. El resultado fue sorprendente, el 80% elegía el producto envasado en un estampado de cuadrados destacando su mayor calidad en comparación con el producto contenido en el envase de triángulos siendo el mismo producto en ambos casos.
Gracias a este descubrimiento a día de hoy la margarina que consumimos tiene un color amarillo similar al de la mantequilla, aunque esto no siempre ha sido así. Cheskin demostró que la margarina de color blanco, color del que se comenzó comercializando este producto, llevaba a sus consumidores a considerarlo un producto inferior a la mantequilla. Cheskin propuso cambiarle el color a la margarina y con ello la aceptación del producto aumentó considerablemente lo cual, unido a presentarla en un bloque compacto  similar a la mantequilla envuelta de papel de aluminio, provocó la aceptación de este producto por un amplio segmento de consumidores pues se acompañaba del siguiente mensaje “sabe igual que la mantequilla”, afirmación que podía sustentarse en los resultados obtenidos en los experimentos de Cheskin.
La transferencia de sensaciones está directamente relacionada con otro concepto de la psicología como es el efecto halo, que consiste en la introducción de un sesgo por el que una primera impresión favorable o desfavorable hacia algo o alguien influye en las expectativas que nos haremos en el futuro en torno a ella.  Del modo de que a una persona, grupo u objeto que se rechaza se le atribuirán rasgos negativos y su comportamiento se censurará.
En definitiva, tengamos siempre presente que únicamente disponemos de una oportunidad para causar una primera impresión y cómo influirá en la misma la transferencia de sensaciones de la cual, tendremos que valernos para provocar un efecto halo positivo en aquellos con quien interaccionamos.

martes, 18 de octubre de 2011

7.000 Millones con Vida

En los últimos dos siglos la esperanza de vida en las sociedades occidentales se ha duplicado pasando de vivir 40 años a vivir 80. El progreso científico es el principal causante de este aumento de la longevidad sin embargo, nuestro cerebro, siendo tan complejo como es, nos da muestras de que aún no se ha adaptado a esta nueva situación.


En la actualidad poblamos la Tierra alrededor de 7.000 millones de habitantes y se calcula que en 2045 seremos 9.000 millones. Este crecimiento se producirá fundamentalmente en los países pobres pese a la reducción constante de su tasa de natalidad. Estas poblaciones están reproduciendo ahora los patrones que las sociedades desarrolladas han vivido en los últimos 250 años, con la diferencia de que los países pobres culminarán el mismo proceso en la mitad de tiempo. Esta nueva perspectiva nos sitúa ante diferentes cuestiones como por ejemplo ¿serán los recursos del planeta suficientes para abastecer a tanta población?, ¿cómo afectará a nuestra cultura?, ¿qué nuevas formas de organización social y económica tendremos que adoptar para maximizar los recursos disponibles?...

A lo largo de toda la historia de la humanidad el aumento de población se ha relacionado con prosperidad, estabilidad y seguridad, puesto que si una la población de una región aumentaba era debido a que vivía dentro de un orden social estable regido por relaciones sociales carentes de precariedad (relaciones de cooperación, ausencia de guerra…) y de una explotación adecuada de los recursos naturales. Este patrón de funcionamiento se ha mantenido a lo largo de la historia hasta el siglo XVIII en el que se produce un cambio social fruto de la llegada de la Revolución Industrial y con ella el nacimiento de las sociedades industriales y urbanas.

Con la llegada de las sociedades industriales se produce una reducción de la tasa de mortalidad y, al mismo tiempo, se reducen también las tasas de natalidad y fecundidad. La reducción de la tasa de mortalidad se debe fundamentalmente a las siguientes causas:

• Menor incidencia de los ciclos epidémicos (habituales en asentamientos grandes de población debido a la proliferación de virus) y la erradicación de la peste (relacionada su incidencia con el comercio) debido a los avances del conocimiento médico.

• Desaparición de las situaciones de carestías que impedían a amplias sectores de población a fuentes de alimento provocadas por malas cosechas, pago de elevados tributos para financiar guerras y proyectos imperialistas de los gobernantes… Estas situaciones ven disminuida su incidencia al adoptarse nuevas formas de organización social y económica (producción de excedentes debido a una mayor productividad gracias a la introducción de nuevas tecnologías mecánicas…).

• Aparición de nuevas prácticas sociales y culturales que ayudaron a detener la difusión de enfermedades, especialmente en la infancia, con la puesta en marcha de medidas destinadas a protegerla (nuevos hábitos de crianza, escolarización, retraso del inicio de la vida laboral, vacunación…). Entre los nuevos patrones culturales encontramos el uso de nuevos hábitos de higiene entre la población, mejoras en la vida material de las personas, nuevas formas de organización social…

La tasa de natalidad en las sociedades industriales también se reduce debido entre otros factores a la incorporación paulatina de la mujer al mercado laboral y, especialmente, al aumento del “coste de crianza” (costes de criar un hijo según el departamento de Agricultura de EEUU) de los hijos al retrasar la edad en la que comienzan a ser productores de renta si los comparamos con las sociedades agrícolas. Por su parte, la tasa de fecundidad mengua al verse reducidos los canales de control social ejercidos por las tradiciones, la religión y las instituciones en las ciudades.

Los factores mencionados anteriormente han provocado que la población mundial haya pasado de 1.000 millones a comienzos del siglo XIX y se haya multiplicado por siete en apenas 200 años. Pero no sólo ha aumentado el número de habitantes en la Tierra, sino que la esperanza de vida (claves para aumentar la esperanza de vida) para una gran cantidad de esos habitantes se ha duplicado y para otros muchos está en aumento con respecto a esos valores de hace apenas dos siglos. Esta prolongación de la vida implica que el organismo se haya visto obligado a someterse a profundos cambios e idear estrategias nuevas que le impidan optimizar su rendimiento y sobrevivir en esta nueva disyuntiva. Allí donde el organismo no alcanza por sí sólo a afrontar el proceso de envejecimiento sobrevenido, el conocimiento científico permite que muchos órganos podamos curarlos e incluso reemplazarlos.

Con el cerebro no ocurre lo mismo. Apenas sabemos nada del cerebro ya que nos resulta, de momento, muy complicado entender su complejidad, aún así a diario se consumen millones de pastillas para curar la depresión sin saber cómo funciona nuestra mente. Lo que sí está comprobado es que con el envejecimiento el cerebro ve reducido su rendimiento e incluso algunas áreas cerebrales dejan de cumplir con sus funciones pero se desconoce la causa y su tratamiento.

Frente a este desconocimiento lo que surgen son nuevos modelos de encarar la existencia. Con el aumento de la esperanza de vida se deja de prestar atención a ¿qué es lo que sucederá al morir?, ¿habrá vida después de la muerte?, y se comienza a ser consciente de que hay vida antes de la muerte y que hay que vivirla. El cambio fundamental que se produce es que poco a poco vivimos un proceso en el que cada individuo se apropia de su muerte, es decir, cada sujeto sabe que morirá y que esa muerte le pertenece porque es suya y lo que intenta es hacer que sea lo más apropiada posible, sin sufrimientos innecesarios, sintiéndose acompañados, arropados… De esta manera demostramos que no nos olvidamos de vivir pues ya sabemos que la vida estaba antes que nosotros y que continuará una vez que nos hayamos marchado. Vivimos conscientes de que hasta el final, todo es vida.

jueves, 13 de octubre de 2011

Emocionarse es aprender

Todo lo que aprendemos se lo debemos a nuestra capacidad de emocionarnos, por ello, cada día se concede más importancia a la educación emocional. David Brierly, profesor experto en el fomento de valores, asegura que “recordamos lo que se siente y esto, a su vez, es lo que se convierte en experiencia”.


Las emociones son el resultado de un conjunto de procesos fisiológicos que tienen lugar en nuestro organismo. Son programas de acciones que se ponen en marcha de forma automática y que tienen lugar en nuestro cuerpo dando lugar a cambios moleculares en nuestras vísceras y células, expresiones faciales y posturas… Una emoción existe porque hay un estímulo que la desencadena y da lugar a un conjunto de reacciones automáticas.

Según Antonio Damasio todo proceso emocional comienza a partir de un estímulo exterior que da lugar a la representación en la mente de una imagen mental (puede ser la imagen de un objeto o situación presente o bien una imagen evocada) que pone en funcionamiento determinadas regiones cerebrales asociadas a esa emoción. Posteriormente se produce una reacción química en cuerpo y cerebro mediante el cual se segregan moléculas químicas (cortisol, dopamina, oxitocina…), se desencadenan ciertas acciones (huida, paralización, aumento o disminución del ritmo cardíaco…), se adoptan expresiones faciales y posturas corporales concretas y algunas ideas y planes de acción se hacen conscientes (huir, llamar a la policía, besar a nuestra pareja…). Este cúmulo de acciones hace que el sujeto que las experimenta entre un estado emocional que es evaluado y percibido por quine lo experimenta dando lugar a sensaciones y sentimientos que ayudan a procesar grandes cantidades de información y contribuyen a la resolución de problemas, ayudándonos a la toma de decisiones.

La capacidad para tener sentimientos y emocionarnos únicamente depende de estar en posesión de un sistema nervioso sano, que no se encuentre dañado, capaz de transformar imágenes mentales en emociones y que el individuo sea consciente de sí mismo, es decir, que sepa que es capaz de sentir y que aquello que le hace sentir está relacionado con él. Por ejemplo, un psicópata es una persona con un sistema nervioso sano, su anomalía se encuentra en su incapacidad para empatizar emocionalmente con los demás. Ven a los demás únicamente como objetos, siendo incapaces de establecer ninguna conexión afectiva con los objetos y personas del entorno. Su relación con el entorno se produce lingüísticamente, es decir, a través de significados y no de emociones. Así, cuando ven a alguien llorar no son capaces de experimentar la emoción que vive que llora porque las regiones del cerebro asociadas a esta emoción no se ponen en funcionamiento.


Es muy importante para la convivencia que lleguemos a ser conscientes de la importancia de la educación emocional y adquirir conocimientos sobre sentimientos y emociones. Nos emocionamos continuamente y, en ocasiones, nuestras emociones pueden desencadenar en un conflicto personal y/o social. Alguien debe enseñarnos a reconocer las emociones y a saber gestionarlas ya que al hacerlo estaremos descubriendo la propia individualidad y potencialidad.

Enfrentarse a un conflicto es hacer frente a emociones no controladas y ante el descontrol emocional no basta únicamente con hacer uso de la razón, sino que hay que ser capaz, ante una emoción negativa , de generar la emoción positiva que la contrarreste. Es misión de las instituciones educativas enseñar a los alumnos a ser conscientes de su potencial emocional y dirigir gran parte del proceso de aprendizaje a este descubrimiento. Hacerlo hará más dificultoso la medición a través de exámenes y cuestionarios los contenidos adquiridos por el alumno, pero estaremos ayudando al alumno a ser capaz de desafiar al futuro y de superar los retos nuevos que en él irán apareciendo.

lunes, 10 de octubre de 2011

Sociedad en Presente Continuo

En un día normal Miguel Sánchez , una vez conseguida su jubilación después de más de 40 años imprimiendo el periódico local, se despertaba temprano. Con las primeras luces de la mañana tomaba su acostumbrado desayuno y volvía a meterse en la cama a escuchar a su locutor de radio preferido. Una vez en la cama, Miguel empezó gradualmente a experimentar un cambio, no siempre era capaz de recordar si ya había desayunado o si, por el contrario, acababa de despertarse por que muchos días desayunaba de nuevo y volvía a meterse en la cama para seguir escuchando su voz amiga. En ocasiones llegaba a desayunar hasta tres veces. Miguel tenía la capacidad de darse cuenta de que, a su modo de ver, tenía un problema de memoria pero al instante siguiente, cuando un nuevo pensamiento cruzaba su cabeza, lo olvidaba para volver a descubrirlo de nuevo. Miguel no recordaba que olvidaba.


La situación que vivía Miguel es una situación que experimentan a diario millones de personas en todo el planeta, lo cual nos sugiere que estamos ante un gran problema. Vivimos en una sociedad de la información. Continuamente estamos sometidos a estímulos cambiantes que hace que nuestro cerebro tenga que trabajar constantemente y procese los datos que recibe centrando su atención en los que considera relevantes. Anuncios publicitarios, televisiones continuamente encendidas, ruido y música en espacios públicos, el verde de un semáforo, la indicación de una señal de tráfico, las indicaciones de un guardia, el protocolo de atención de la administración, el precio de cada producto del supermercado… y sin embargo, existen personas que olvidan inmediatamente lo que acaba de mostrarse ante sus ojos.

Todos nuestros recuerdos permanecen alojados en nuestro cerebro, es a éste nuestro particular baúl, al que recurrimos cuando queremos rememorar momentos que consideramos importantes para nosotros. Nuestros recuerdos, dicen los neurocientíficos, son un patrón de conexiones entre neuronas que se encuentra almacenado en nuestro cerebro. Cada una de las 100.000 millones de neuronas que poseemos es capaz de de establecer más de 5.000 conexiones sinápticas con otras neuronas lo cual da lugar a crear los denominados mapas mentales. Cada estímulo que percibimos, cada sensación que recordamos, cada idea que tenemos altera las conexiones dentro de esta red neuronal variando permanentemente su estructura.

Como mencionaba más arriba el cerebro crea mapas mentales a través de su red de neuronas que le sirven para mantenerse informado a sí mismo. Los mapas son patrones de información acerca de los elementos, objetos y personas con las quienes interaccionamos y del propio organismo. Los mapas se activan y relacionan a partir de patrones visuales, auditivos y sensoriales debiendo organizar la información recibida y procesarla de tal manera que seamos capaces de comprender el mundo ya que somos capaces de extraer patrones y secuencias lógicas de los objetos y sucesos que percibimos, para que a partir de ellos tomemos decisiones adecuadas y eficaces.

Miguel y millones de personas son incapaces de entender y estructurar los acontecimientos a través de una secuencia espacio-temporal coherente. Sus capacidades para percibir los estímulos se muestran intactas pero algún área de su cerebro se encuentra dañada o desconectada del resto de su red neuronal por lo que son incapaces de recurrir a su memoria (los mapas mentales se forman en base a las experiencias previas de cada individuo) y, por tanto, de recordar, como tampoco es capaz de generar recuerdos nuevos. Todo lo que le memoria guardaba ha perdido su valor ya que el mapa que lo percibía y registraba porque el mapa encargado de percibirlo ha desaparecido. Miguel es incapaz de reconocer la procedencia del amor que sus familiares sienten por él, es capaz de sentirlo, pero no de insertarlo en su biografía ya que se encuentra instalado en un presente continuo. Felix, sin embargo, se encuentra instalado en el recuerdo y la vivencia de un pasado remoto al que ninguno de sus hijos es capaz de acceder.

Felix y Miguel son incapaces de hacer uso de sus recuerdos declarativos, es decir, de rememorar las cosas que sabemos que sabían lo cual hace muy difícil y dura la relación de sus familiares con ellos. Por el contrario, una manera de mejorar y preservar la salud de estos pacientes está en recurrir a terapias musicales. Estas terapias hacen que los enfermos al escuchar canciones hagan uso de otra clase de recuerdos, los recuerdos no declarativos: las cosas que sabemos sin pensar en ellas. Un ejemplo de estos recuerdos son la melodía de una canción, su letra o también montar en bicicleta. El uso de terapias que recurran a recuerdos no declarativos posibilita una mejoría en el estado de ánimo de pacientes y familiares ya que encuentran un camino a través del cual volver a encontrar una conexión entre ellos que creían perdida.
Las terapias no sólo deben centrarse en la reparación del daño sino también en la prevención para que la enfermedad desaparezca o disminuya su incidencia. Una tarea para prevenir esta enfermedad de la sociedad envejecida que viviremos dentro de dos décadas en las sociedades occidentales, está en cambiar algunos de los patrones culturales y educativos que prevalecen en la sociedad actual para no trasladarlos a generaciones futuras. Nuestra cultura nos inunda continuamente con información nueva, de la cual somos capaces de recuperar muy poca más adelante. Tal magnitud de información provoca que cada vez más recurramos a la memoria externa (superestructuras que hemos inventado para no tener que almacenar toda la información en nuestros cerebros: ordenadores, agendas…) e infrautilicemos la memoria interna (nuestro propio cerebro), al contrario de lo que sucedía en el pasado. Recurrir a la memoria interna es una práctica que debemos recuperar ya que así las generaciones futuras sabrán qué recordar pero, sobre todo, sabrán cómo recordar si les enseñamos a hacerlo.

Cuando nacemos comenzamos a vivir para empezar a recordar los que otros anteriores a nosotros construyeron para nosotros y nos sirviéramos de su conocimiento acumulado. Si recuperamos el interés educativo y cultural por la memoria y, no tanto, por lo inmediato y presente estaremos impartiendo una lección magistral por la cual haremos a las futuras generaciones capaces de percibir lo que ocurre en el presente para predecir lo que sucederá en el futuro sabiendo reaccionar de la mejor manera posible.

jueves, 6 de octubre de 2011

La memoria concienciada





El nuevo paradigma por el que la ciencia actual se rige sostiene, en contra de lo que decía Descartes, “Existo, luego pienso”, es decir, antes del pensamiento deben suceder un conjunto de procesos biológicos (desarrollo cerebral, reacciones químicas…) en nuestro organismo que posibiliten el nacimiento de un solo pensamiento. Nuestra mente, por tanto, necesita un sustento físico para manifestarse, sin cuerpo no hay mente. Nuestra mente o conciencia de sí, tiene como tarea ordenar los estímulos que nos rodean y conectarlos con uno mismo de tal manera que seamos capaces de sentir la existencia de esa conexión. Así, cada mañana, al despertarnos no nos asombramos ni nos sobresaltamos al observar los objetos y personas que tenemos alrededor porque somos capaces de reconocer que están relacionados con nosotros mismos. Si por el contrario, despertáramos en una isla desierta sin ningún elemento reconocible a nuestro alrededor nos sentiríamos desconectados con respecto a ese lugar y rápidamente trataríamos de establecer relaciones de pertenencia con esos estímulos nuevos que nos rodean.




Oscar Wilde decía que “Nosotros somos nuestra memoria”, memoria de la que se van quedando poco a poco privadas aquellas personas que se ven afectadas por la enfermedad de Alzheimer: enfermedad neurodegenerativa que afecta a aproximadamente 600.000 personas en España. Esta enfermedad priva a las personas de su capacidad de reconocer y de evocar recuerdos, despojándoles de su memoria a la cual ya sólo tienen acceso de forma intermitente y según avanza el tiempo con menor frecuencia. Este hecho me lleva a plantearme la siguiente pregunta: ¿puede una persona divorciase de su pareja porque ésta padece Alzheimer?


La pregunta nos enfrenta a un dilema moral. Cuando encontramos y formamos una pareja estable, decidiendo compartir un mismo proyecto vital durante un período de tiempo indeterminado, no nos vinculamos a ella de acuerdo al ser biológico que es, sino que los que nos enamora de una persona es su historia, su narrativa vital. Cuando una persona pierde sus recuerdos y su memoria, con ellos se marcha la persona que nos enamoró. Su cuerpo sigue existiendo ya que es un cuerpo vivo y a nivel jurídico sigue siendo una persona que posee un conjunto de derechos. Esta situación plantea el límite acerca de qué es ser humano el cuerpo sigue ejecutando sus funciones biológicas básicas y se conservan intactas las capacidades para desear y amar, aunque el individuo es incapaz de orientar sus pensamientos y su conducta de acuerdo a un patrón lógico y continuado que le permita satisfacer sus necesidades y garantizar su supervivencia.


El divorcio de una persona con Alzheimer debe ser posible, desde mi punto de vista, siempre y cuando la pareja no descuide la responsabilidad civil, social y moral que le une a esa persona, es decir, que siga procurando que se encuentre atendida y tratando de ofrecerle las mejores condiciones de vida dentro de sus posibilidades. No considero sano para una persona pasar el resto de la vida conviviendo con alguien que yo se quién pero ella no sabe quién soy yo.
Volviendo a los nuevos planteamientos de la ciencia superan los planteamiento de Hume que decían que el ser humano no es más que un conjunto de percepciones que se suceden entre sí y que se encuentran en continuo cambio. Antonio Damasio, reputado neurobiólogo, defiende que para existir es necesario que nuestra mente se apropie de un sujeto que conoce, capaz de identificar nuestros rasgos de personalidad, nuestros hábitos de comportamiento, nuestro cuerpo, nuestra familia, nuestros antepasados, nuestros zapatos, nuestro coche… y, junto a dicha apropiación, debe saber que esos rasgos existen y que nos generan emociones y sentimientos porque sabemos que nos pertenecen: el amor por nuestra pareja, la alegría de ver a un amigo, el agrado de disfrutar del propio hogar…

Decía Platón que “conocemos lo que recordamos”, sin olvidar que sólo disfrutamos verdaderamente de nuestra existencia cuando somos capaces de reconocer a los otros y de ser reconocidos por ellos.

martes, 4 de octubre de 2011

La libertad del prisionero



Los campos de concentración alemanes durante la Segunda Guerra Mundial se gestionaban en base a la premisa de que si un prisionero vivía era a costa de otro que debía morir. Viktor Frankl, un psiquiatra austríaco que estuvo recluido en diferentes campos, nos ofrece en su obra “El hombre en busca de sentido” un retrato de lo allí vivido que nos ayuda a entender cómo se puede soportar el horror allí sufrido y cómo vencer el deseo de poner fin a la propia existencia bajo tan terribles circunstancias.


La entrada en un campo de concentración se convierte en una primera batalla contra la muerte, puesto que en ese momento, se produce una primera selección en la que se determina quién pasa a ser considerado fuerza de trabajo y quién va camino de la cámara de gas. El ingreso de un prisionero consiste en despojarle de todas sus pertenencias (ropa, joyas,fotografías…), arrebatarle todo lo que posee, despojándole de cualquier vínculo material con el exterior. Junto a esta privación de vínculo materiales también se le despoja de la singularidad de su imagen a través del proceso de desinfección (eliminación de todo el vello corporal) y dándole las ropas de prisionero. A partir de este momento el prisionero se queda carente de referencias externas que lo individualicen y le confieran identidad comenzando a vivir una existencia desnuda en donde pasa a ser considerado un número.


Los primeros días en el campo de concentración se viven bajo un fuerte estado de shock caracterizado por una ausencia de temor a la muerte y por la vivencia bajo la ilusión ser indultados en el último momento. Unidos a estos sentimientos el prisionero experimenta una gran curiosidad por el funcionamiento del campo ya que, pese a verse abandonado sin resistencia al transcurso de los acontecimientos, quiere comprender el significado de lo que sucede y para ello recurre a la estrategia del distanciamiento de la realidad con el objetivo de entenderla de forma objetiva.


Una vez superados esta primera etapa en la que el prisionero comprende que si quiere garantizar su supervivencia debe aparentar capacidad de trabajo ya que de no hacerlo su vida se verá seriamente comprometida. Toda vez superado el estado de shock inicial se comienza entonces a vivir bajo un estado continuo de apatía emocional y muerte sentimental en la que sentimientos de piedad, horror, indignación… se encuentran ausentes ya que mediante esta estrategia es posible permanecer impasible ante los sufrimientos diarios con los que han de convivir. El único instinto que guía la conducta del prisionero es la obtención de alimento, ya que las interminables jornadas de trabajo que deben soportar y la escaso ración de comida que reciben provoca la merma del estado físico de los prisioneros quienes ven cómo su organismo pasa a alimentarse de las proteínas y grasas de sus músculos para poder sobrevivir, lo cual confiere a los prisioneros esa imagen que tan nítidamente tenemos todos presentes cuando se menciona cualquier campo de concentración.


Aún bajo estar circunstancias miles de personas sobrevivieron a la vida bajo tan extremas circunstancias, aún sintiéndose despojados de toda dignidad y creyéndose degradados hasta lo más ínfimo del ser humano, pues todavía poseían un mínimo nivel de libertad: la opción de elegir la actitud con la que afrontar cada día. La libertad de espíritu le permitió a aquellos que a la llegada a los campos parecían físicamente más frágiles sobrevivir, porque poseían la capacidad de abstraerse a la realidad exterior y conservar un área para su libertad interior. Frankl defiende, basándose en su experiencia vital, que todo ser humano es capaz de afrontar y enfrentarse a cualquier sufrimiento, aún sabiendo que su único destino es sufrir como era la experiencia de los prisioneros o cuando hay que hacer frente a una enfermedad terminal, si es capaz de conquistar algún valor o de dotar de un sentido a su existencia a través del sufrimiento. La experiencia le dice a Frankl que aquellos que abandonaron su perspectiva de futuro o que basaban su existencia en recuerdos dejando que su existencia dependa del azar el sujeto entra en un estado de anquilosamiento físico y mental que afecta directamente a su estado inmunológico y merma sus opciones de superviviencia.


La conclusión a la que podemos llegar después de recorrer la obra de Viktor Frankl es que aún en circunstancias tremendamente difíciles y adversas es posible encontrar en ellas una oportunidad de crecimiento y desarrollo personal que va más allá de uno mismo. Si somos capaces de otorgarle un porqué a nuestra existencia seremos capaces de soportar cualquier cómo, puesto que seremos capaces de conseguir de esta manera que la vida espere algo de nosotros y no a la inversa.