viernes, 30 de octubre de 2009

Los caminos fáciles llevan a metas que no valen la pena



Eddy Mercx venció su primer Tour en 1969, arrasándolo todo y a todos, al final consiguió el maillot amarillo, el verde de la regularidad, el de lunares como mejor escalador, el blanco de la combinada y su equipo, el Faema, el triunfo definitivo por equipos, todo ello más seis victorias de etapa. Por eso se le bautizó como el Caníbal. En ese año, cuando ya iba como líder destacado, atacó innecesariamente en la etapa entre Luchon y Mourenx, desobedeciendo las órdenes de su entrenador, pedaleando casi 150 kilómetros escapado. Ese día destrozó a sus rivales, pero él también sufrió un desfallecimiento en la parte final de la etapa. Cuando llegó a la línea de meta a la gente no le quedó más remedio que abrir la boca y descubrirse.

Por este tipo de demostraciones se decía de que poseía cualidades de superdotado, aunque su médico se empeñaba en decir que eso no era cierto. Tenía grandes cualidades, pero igual que otros grandes corredores, ni más ni menos. Incluso había otros corredores que tenían un mayor poderío físico. Pero Mercx tenía una cualidad diferenciadora, la fuerza mental para sobreponerse. Después de ganar su primer Tour, durante una prueba en Blois sufrió un accidente en el que murió su amigo y también ciclista Fernand Wambst. El propio Mercx reconoció que a partir de entonces corrió sólo al 70% de sus posibilidades, por lo que todo su potencial sólo pudo verse durante el Tour de 1969, cuando sacó 18 minutos al segundo clasificado de la genera, Roger Pingeon. Por lo que, sólo antes de 1970 corrió a gusto y en condiciones. Antes de vencer su primer Tur ya había hecho una exhibición en la París-Roubaix y en el Gran Premio Salvarini. En esta carrera llevaba cierto retraso sobre un grupo de fugados que iban rapidísimos, todos ellos muy buenos rodadores. A 10 kilómetros de la meta los tenía más de un minuto por delante. A 5 kilómetros de meta los superó dando la impresión de que apenas se esforzaba. En la meta les sacó más de un minuto. Llegaron con los rostros desencajados, mientras Mercx sonreía tímidamente como si acabase de llegar de un plácido paseo. Ahí comenzó a forjarse su leyenda.

A menudo sucede que la verdadera grandeza se consigue en las derrotas y no en las victorias, es en las primeras donde se forjan las verdaderas leyendas. Es en la adversidad donde se reconoce a los grande campeones. Esto es lo que le sucedió a Mercx en el Tour de 1975. Fue allí donde mostró su grandez como cliclista y como hombre. En ese Tour fue superado por Thévenet, lo cual supone uno de los episodios más grandes de la historia del ciclismo. No hizo uso de una de las técnicas más habituales en décadas posteriores, de sacar minutos en la contrarreloj y vivir de esa renta en la montaña. Lo épico de esta historia es que Mercx tras una caída en el Col du Télégraphe siguió magullado y herido hasta el final del Tour en París, sufriendo en silencio una agonía que muy poca gente percibió. Desde su entorno se le quería obligar a que abandonase, pero él insistió en que sus compañeros de equipo necesitaban el dinero que se llevaba el segundo clasificado en el podio de París. Y para Mercx ser segundo era una gran derrota, después de cinco años arrasando. Y allí, en París, estuvo, vencido, pero en el fondo, y aunque nadie en el aquel momento se diera cuenta, más vencedor que nunca.


La capacidad de concentrarse en las cosas importantes es una de las caracterísicas determinantes de la inteligencia

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