domingo, 12 de agosto de 2018

No te Atrevas a Abrir mi Armario


No hay frontera  que más me haya esforzado en defender que la puerta de mi armario. He librado en su defensa cruentas guerras. He afrontado batallas de un día con amantes de una noche, y guerras de trincheras con mi madre que me dejaban toda una lista de daños colaterales: días sin salir, tardes sin video consola, domingos sin paga… Mi armario es, para mí, el lugar idóneo para mostrarme a mí mismo quién soy y ocultar, de la vista de los demás, lo que he sido y lo que quiero llegar a ser. 




A lo largo de mi vida son varios los armarios que me han acompañado.  El que más tiempo estuvo conmigo fue el que protegía mi cama nido. En él, se juntaron las imágenes de mi iniciada biografía con las pegatinas de mis superhéroes preferidos, los posters de las mujeres con las que comenzaba a soñar, y un montón de prendas y objetos inútiles que cumplían su misión de rescatar los sueños perdidos. Un miércoles de marzo las ramas no pudieron soportar el nido. No quedó otra alternativa que salir volando.

He tenido armarios de dos puertas, de distintas maderas (todas innobles), los he tenido cojos, vencidos por el paso el tiempo, algunos vestidos y otros por vestir. He compartido armarios y siempre, con ésos, he terminado saliendo de ellos.

Los últimos armarios que me acompañan son monótonos.  Son compañeros indolentes que permanecen empotrados contra una pared de la que no quieren separarse y son fríos, muy fríos, despegados. Los armarios de hoy ya no abrazan al abrir sus puertas, sólo saben hacerse a un lado, como si, lo que esconden en su interior no fuese consigo. No me gusta mi actual armario pero, aún así, voy a partirme la cara en su defensa.

Hay una cosa de mi armario que no cambiaré por nada: la minifalda que te dejaste olvidada con la que escondes la mujer segura que eres, el valor que emerge del escote del top floreado que tanto te gusta y el reflejo que me ofrece de tu cuerpo desnudo contra el mío. Ayer, sin embargo, la imagen que el armario me ofreció de ti me dio miedo.

Estabas frente a él, parada, vestida únicamente con esa sonrisa que tienes que aumenta mi esperanza de vida y temí. Temí que abrieras la puerta traspasando una frontera sin  haber pasado por la aduana. Sentí verdadero pavor al pensar que, probablemente, no te conformaras sólo con abrir esa puerta. Que quisieras abrirlas todas, desnudarme del todo para después deshollarme o que, simplemente, estuvieras haciendo una apuesta por formar parte del resto de mi vida.

Oí cómo rodaban las puertas del armario por los raíles. Sólo pude cerrar fuerte los ojos esperando la llegada de la tragedia. Tapé los oídos para no escuchar la detonación de la bomba atómica en las paredes de mi cuarto y comencé la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete…

Tres, dos, uno. Reuní el valor para enfrentarme a la desolación que me aguardaba para ver todo mi mundo arrasado. Las manos habían comenzado a sudarme, una punzada de dolor atravesaba mi cabeza y un grito ahogado quedó encerrado en mi garganta. Me incorporé despacio, quedé petrificado al verte, incapaz de articular una sola palabra. Sólo mis pupilas mostraban un haz de vida al no parar de dilatar. Todo en el cuarto permanecía igual, no había desaparecido nada pero, en apenas unos segundos, había cambiado todo.

Allí estabas, vestida con una de mis camisetas. Puedo decir que, en ese momento, de una vez y para siempre, sentí que no puede haber mujer más hermosa sobre la faz de la tierra. Desde entonces, lo tengo claro. Dejaré que abras mi armario y hagas tuya cualquiera de mis camisetas, aunque sepa que la pierdo para siempre. Merecerá la pena el descosido que dejas en mi corazón.

viernes, 8 de junio de 2018

El Perfume de sus Secretos



Hay olores que embelesan. Olores con la capacidad de hacernos felices por un instante. Están el olor a pan recién hecho, el olor que emana la tierra mojada tras una tormenta, el aroma del café recién tostado, el de las hojas de papel de un libro nuevo… A mí, la felicidad olfativa, me la da el olor a laca. Sí, sí, no hay mejor olor en el mundo que el olor a laca Nelly. Por eso, a veces, cuando encadeno unos días de cierta tristeza, no puedo evitar pasar el tiempo a la puerta de las peluquerías de señoras que hay en mi barrio, disfrutando de la atmósfera única que ofrecen la mezcla de olores del calor de los secadores y la laca. Me encantaría robar ese olor, ser capaz de enfrascarlo como hacía Jean Baptiste Greounille, el protagonista de El Perfume, para deleitarme con él, en la más absoluta soledad, cada mañana.

Estoy convencido de que esta pasión por este olor se debe a que, de pequeño, siempre me intrigó quién era Nelly. La imaginaba como una mujer muy sofisticada, culta, divertida y pícara como lo era la firma que aparecía en cada uno de los frascos que aparecían en casa de mi abuela. Nelly ha sido para mí una mujer por la que querer conocer el mundo más allá de las paredes de la casa de adobe de mis abuelos. Una rubia apasionada por la que escapar de las atmósferas cerradas, cargados de olores fuertes a embutido y puchero. Una mujer por la que recorrer el mundo en su búsqueda porque ella, era para mí, por sí sola, y en mi imaginación, toda una aventura. Una mujer que sería como mi era mi madre antes de que yo naciera.

De niño, vivía como algo emocionante el hecho de irme a cortar el pelo, de la mano de mi madre, a cualquiera de los salones de belleza que frecuentaba. Era todo un ejercicio de exploración de una ciudad que se me antojaba inmensa y desconocida. Nos dirigíamos sin saber a dónde y acabábamos teniendo como destino, un lugar que se anunciaba en la distancia con un rótulo altivo y unas letras mimadas un universo de femineidad. Entrar en el salón era descubrir que existen mujeres muy distintas de las que habitaban en mi barrio. En las paredes, las fotografías de mujeres jóvenes vestidas de una mirada sensual y un peinado perfecto me ofrecían una sonrisa sensual a la que sólo podía corresponder con una sonrisa tímida. Pasaba todo el tiempo allí, callado, sin lanzar una sola palabra porque estaba muy ocupado en estar pendiente de la puerta esperando verlas aparecer cruzando el umbral. Decepcionado y cabizbajo porque no las había visto aparecer, me pasaba todo el camino de vuelta a casa pensando no en dónde estarían esas mujeres, sino en por qué se fueron del salón de belleza antes de que yo llegara.

Pocos son los lugares que me transportan a la infancia como lo hacen las peluquerías de señoras. Me fascina, ahora ya adulto, que las mujeres que hoy salen de ella, tuvieron un pasado en el que fueron capaces de cautivar a numerosos hombres. Ahora, pasados los años y perdida la inocencia de la infancia, avasallado a cada instante por las miles de fotografías y rostros femeninos que pueblan los anuncios en las calles, las redes sociales y los escaparates de la ciudad, he alcanzado la certeza de que las mujeres más bonitas, las más interesantes, las que tienen más que ofrecer, las más apasionadas y las que tienen toda una historia que contar y una vida por vivir son, siempre, las que, al igual que Nelly, no aparecen en las fotografías.

viernes, 11 de mayo de 2018

Mi Episodio Semanal de Felicidad



La vida es para arriesgarse y no perder la oportunidad de explorar los límites. Lo hago en los pequeños actos, en episodios aparentemente sencillos. Así, siempre bebo agua del grifo de cada una de las ciudades que visito, tomo medicinas sin leer el prospecto y bebo de las latas de refresco a morro, sin limpiarlas antes, haciendo caso omiso a todas las leyendas que hablan de heces de cucarachas, ratas y demás fauna que habita nuestro ecosistema. Pero, sin duda, el acto más arriesgado que hago cada semana es, para muchos, mi comida semanal en Mc Donald’s.

Sí, lo reconozco, me conozco todos los menús, las combinaciones más económicas y las más caras, todos los complementos y tengo instalada la aplicación en el teléfono móvil. Critican mi decisión de comer cada semana entre Big Mac y Happy Meals los entusiastas de la vida sana diciendo que eso no es comida. Los especuladores financieros de mis amigos alegan que la comida es carísima para la cantidad que te ofrecen, como si cada comida debiera ser una desgravación fiscal o una inversión con el poder de cambiar, para siempre, el estado de mi cuenta corriente.

Las críticas que más me irritan a mi cita semanal son las de aquellos que vaticinan el fin del mundo por mis hábitos alimenticios. Son quienes pregonan que soy un vendido al capitalismo, que carezco de personalidad o que estoy condenando a la desaparición a los negocios locales. Para mis amigos soy una especie de Hitler de la restauración, más aún desde que les confesé que, cuando busco piso, una de las cosas que más valoro en mi elección es que haya un Mc Donald’s lo suficientemente cerca como para llevarme la comida a casa y disfrutar del olor que emanan las bolsas de papel, aún calientes, inundando el salón. Puede que la felicidad, para mí, sea nada más que eso.

Ir a este establecimiento de comida rápida es un acto arriesgado porque uno parece allí un furtivo. Cruzar su puerta, sólo, a partir de cierta edad, te convierte, de golpe y porrazo, en un delincuente que figura en la lista de los más buscados del FBI. Estás allí temiendo encontrarte con alguien conocido o que pueda reconocerte. Temes que, de ser descubierto sin una coartada que te ampare, ir con los sobrinos o esgrimir una entrada de cine de la sesión anterior, te verás impedido para los restos de las oportunidades que la vida la ofrece a la gente de bien: firmar una hipoteca, casarte por la iglesia o hacer uso de la Seguridad Social. Pese a lo mucho que me juego, sigo yendo cada semana.

Voy a Mc Donald’s porque me iguala al resto del mundo, porque allí me siento uno más. No acudo con la esperanza de encontrarme a Kasparov esperando alguien con quien batirse en una partida de ajedrez, ni tampoco con el sueño de abrazar una conversación de amores líquidos y etéreos entre Neruda y Baumann mientras disfrutan, de forma relajada, de un Mc Flurry. Me gusta, sin embargo, el movimiento constante, el bullicio, el ruido de las familias que allí se congregan, las risas histriónicas de los que han visto asaltada su infancia a manos de la adolescencia y observar cómo se van acomodando al espacio los recién llegados, así, poco a poco, con los ojos muy abiertos y los movimientos lentos pero con la frente alta y altiva. Tal y como apareciste tú, borrando a cada paso la línea de mi frontera sin dar ni una sola pista a nuestros enemigos.

lunes, 30 de abril de 2018

Cruzar la Calle



Acabo de guardar la tarjeta de crédito en la cartera. Recojo las bolsas con la compra, me despido con un educadísimo “que tangas un buen día” y me dirijo al ascensor para llegar al aparcamiento. Y así, en un abrir y cerrar de puertas me doy de frente con Ella. Antes de que salgamos del asombro ya he logrado escabullirme en el ascensor que me dirige directo al recuerdo del descenso a los infiernos de mi adolescencia. Aquella caída que no se habría producido jamás de no ser por Ella. Por eso, no la he saludado y no he tenido otro remedio que huir.

De aquello hace veinte años. Fue una tarde de junio en la que la ciudad olía a tormenta. Yo iba de camino a la biblioteca a preparar el examen final de Historia que tendría a la mañana siguiente. Mi título de la ESO estaba en juego, era un todo o nada, aprobar ese examen o quedar para el resto de mi vida mancillado por el estigma de ser repetidor. Un resultado que podría condenarme a un limbo de difícil escapatoria. Allí me dirigía, cargado de la seguridad que me daban mis Converse blancas nuevas y unos Levi’s, también de estreno, que me decían que nada iba a poder conmigo.

Son apenas quinientos metros los que separan mi casa de la biblioteca. Hago el camino sintiéndome invulnerable mientras en el discman que llevo de la mano, junto a los apuntes que debo memorizar, suena a todo volumen el Club de los Poetas Violentos. Camino con la barbilla en alto, impostando una ligera cojera que no existe para darme un aire de tipo duro cuando, al otro lado de la avenida la veo, es Ella.

La había conocido el fin de semana anterior en un botellón que se organizó en la casa de alguien de quien sólo te aprendes el nombre el tiempo suficiente para poder entrar. Tuve la suerte de que, en uno de esos juegos que consiste en beber lo más rápido posible para que la vergüenza escape viéndose amenazada, Ella se sentase a mi lado. Hablamos, mucho, sin apenas prestar atención a lo que pasaba a nuestro alrededor. Desde el minuto cinco, alcancé el convencimiento de que tenía delante a la mujer de mi vida.

Mientras caminaba pensando en ella, en si la volvería a ver, en cómo de largos serían cada uno de nuestros besos, en el nombre que pondríamos a nuestros hijos y los lugares a los que escaparíamos sin dejar rastro; allí que puedo verla. La música de mis auriculares cesa y empiezo a escuchar cómo la ciudad suena a Kenny G, unos acordes que son como unas trompetas de Jericó anunciando que el muro de su corazón se está derrumbando con cada uno de mis pasos. La llamo, ella se para, me saluda y sonríe. Me siento invencible. El rey del mundo. Son apenas unos metros los que nos separan. El corazón percute sin descanso en mis costillas.

Bajo de la acera, estoy imparable, me quedo parapetado entre un coche y una furgoneta deseando cruzar este río de asfalto que me separa de la otra orilla donde me aguarda Ella. De repente, me ahogo. Me ahogo mientras  una corriente de agua no para de entrar en mi boca abierta y calar hasta el último rincón de mi cuerpo. Un maldito camión que se dedica a limpiar las calles y drenar el alcantarillado está escupiendo su agua sin reparar en mi presencia. Me estoy ahogando en la primera tormenta artificial del verano. Me ahogo y sólo puedo verlo todo pasar todo en slow motion.

Veo la misma cara de asombro que aún conserva. Veo al conductor del camión pidiéndome perdón. Veo a una señora a la que se le escapa una sonrisa y a dos jóvenes que se descojonan al tiempo que me señalan. Cuando el camión y la borrasca que lleva consigo desaparecen vuelvo a mirarla. Ella comienza a reírse. Consigo cruzar hasta al otro lado fingiendo una naturalidad que trata de restar importancia a lo que acaba de suceder.

Estoy empapado de arriba abajo. Hablo un poco con Ella hasta que comienzo a darme cuenta del desastre. Mis zapatillas nuevas perdiendo su tono blanco comenzando a teñirse de azul. Los pantalones están empezando a sangrar toda la sangre del príncipe de cuento que ya nunca seré para Ella. En mi mano, los folios que contenían el peso de la Historia se volvieron livianos, unos pergaminos en los que, todo lo que aparece, son unos jeroglíficos que ni el más experto egiptólogo podrá descifrar jamás. Acabada la conversación, eché a correr.

Corrí de vuelta a mi casa, llevando conmigo la tinta azul suficiente para dejar marcado bien a fuego en mi memoria el peor día de mi vida. Llegué a mi casa y lloré. Sí, lloré la tinta de una historia que no era la que hubiese querido escribir con Ella. Lloré porque me sentía doblemente humillado. Lloré porque ese día perdí la oportunidad de ser alguien distinto. Porque en esa tormenta renuncié a muchas de mis aspiraciones. Perdí a la primera mujer de mi vida y sólo recibí a cambio un suspenso en Historia.

Ahora, tantos años después, cada vez que siento que un problema invade mi cabeza y amenaza con hundirme ante el menor contratiempo, pienso en aquel día. En la sensación de seguridad que llevaba conmigo luciendo mis zapatillas y pantalones nuevos, en la sensación de ser indestructible, en saberme capaz de enfrentarme a todo y a todos. Ahora sí, para no volver a tener que llorar de nuevo la humillación de aquel día, siempre miro a ambos lados antes de cruzar.

sábado, 31 de marzo de 2018

Tengo Alergia a las Medias Naranjas



El otro día, acodado en la barra de uno de los garitos de suelo pegajoso y la barroca decoración de los bares propia de hosteleros que hace muchos años abandonaron sus sueños, volví a toparme de bruces con una conversación más de medias naranjas. Estaba aún haciendo el recuento de las monedas que llevaba, sopesando en qué alcohol invertir en este mercado de futuros del garrafón, cuando ví a una antigua compañera de facultad de quien llevaba años sin saber nada.

Pensé que no me recordaría por lo que no le dije nada, pero a la segunda mirada me acerqué invadido de la autoestima infunde el ir con el pelo recién cortado. Después de dedicar los primeros minutos a la protocolaría entrevista de trabajo de todo encuentro entre viejos conocidos, charlamos. Matizo, habló ella. Yo estaba encantado escuchando, todos los manuales del cortejo y lo expertos en psicología de las relaciones siempre dicen que para seducir a una mujer hay que escucharla. A eso dediqué el encuentro.

Escuché como marcan los cánones y los principios que regulan la escucha activa. Asentía, le devolvía alguna que otra sonrisa, mantenía el contacto visual sin ser intrusivo, recurrí varias veces a la fórmula de repetir sus cinco últimas palabras y lanzarle una nueva pregunta, respetaba sus silencios, en definitiva, fui el modelo perfecto de empatía masculina. Todo mientras ella hizo repaso a todos los gritos, peleas, malentendidos, episodios tormentosos, infidelidades, relaciones tóxicas, dramas, penas y lloros que habían poblado su vida sentimental en todos estos años que llevábamos sin vernos.

Fue un repaso de quince años en tres copas. Cuando aún no nos habíamos decidido a pedir la cuarta surgió el tema de las medias naranjas que liquidó con solo una frase toda la empatía que fluía por mi sangre, cuando sin soltar una lágrima pero con la mirada rota espetó “Tengo casi cuarenta años y aún no he encontrado mi media naranja”. Al oírla todo el alcohol que me invadía entre en combustión quemándome las venas.

La expresión mi media naranja es una de las tres cosas que más detesto en la vida, junto a los filetes de hígado y los pendientes de perlas. No sé si esto se debe a algún trauma infantil con Naranjito, alguna sobredosis de vasos de butano de Revoltosa de naranja o a mi aversión por la macedonia. Mi cuerpo reacciona de forma instintiva, activa todos los circuitos de alerta y me prepara para salir huyendo. Sin embargo, tuve que contener la sabia respuesta natural que, durante generaciones, los hombres de mi familia habían desarrollado ante esa expresión y quedarme allí. Porque si hay algo que puede cambiar el curso natural de las cosas es una mujer hermosa, inteligente, sola y llorando en público.

La situación se me hacía cada vez más incómoda. Pasaban los minutos y ella continuaba flagelándose con nuevos viejos recuerdos, al tiempo que yo miraba lanzando miradas de auxilio en todas direcciones buscando una salida. Volvimos a cruzar nuestras miradas y me pregunto “y tú, ¿encontraste a tu media naranja”. Prometo que intenté no caer en la provocación, mantener la calma y dar una respuesta que le aliviara. Hice un ímprobo esfuerzo por recordar alguna cita de libros de autoayuda, algún verso de Neruda, nada.

- Escúchame tú un minuto ahora –le  dije en un arranque de hiriente sinceridad-. Creo que quienes pasáis la vida buscando medias naranjas, lamentando no encontrarlas o haberos equivocado al creer que lo era, nos harías un favor a todos si empezaseis por buscar primero el medio cerebro que parece que os falta. Porque, por el momento todas la medias naranjas que me he encontrado en la vida, sólo sirven para ser exprimidas. Para consumirlas en el momento antes de que se oxiden, beberme sus vitaminas y, la cáscara que queda, tirarla a la basura.

Nos empeñamos en complicarnos la vida, en hacerla más difícil de lo que es. Queremos hacer de nuestra vida una epopeya, superar los más altos obstáculos, salir vivos y victorias de las más cuentas guerras, vivir la historia de amor más apasionada; y si no es así nos volvemos infelices. Cuando quizá todo es más sencillo, porque buscar una media naranja es aburrido y puede ser igual de frustrante.

Porque una media naranja requiere otra mitad que sea exactamente igual, no complementaria. Porque igual, todo lo que necesitamos en la vida es encontrar a alguien con quien compartir silencios en un viaje en coche un sábado por la mañana, alguien con quien salir a comer fuera sea un rato divertido y con quien tomar una copa a deshoras. Alguien con quien despertar sin sonidos de alarma. Alguien con quien ir al cine sin mirar la cartelera. Alguien con quien las salas de espera sean llevaderas. Alguien con quien ir al supermercado a comprar zumo recién exprimido.

Pagué la cuenta y salí del bar, dejándola a ella dentro. Mientras regresaba a casa, entre un la tienda del chino y compré una bolsa de limones para tomarme un último gintonic antes de acostarme. Echando el zumo de limón en la copa, pensaba en mi vieja amiga y en que, la vida, en definitiva, no es más que esto. Un paseo de vuelta a una casa donde poder contrarrestar la acidez y la indigestión de cada día de oficina.