lunes, 27 de junio de 2016

No quiero sobrevivir a las elecciones

Estoy hasta los huevos de oír noticias sobre el fin del mundo. Que si un meteorito se aproxima y que impactará sobre la tierra en el año 2106 generando una onda expansiva que hará desaparecer todo vestigio de vida. Que si los polos se derriten y aumentará el nivel del mar arrasando ciudades. Que si lo que hoy son verdes prados se tornarán terrenos áridos e inhóspitos. Estas noticias me importan una mierda. Todo lo que me preocupa es lo que afectará a mi vida: si lloverá mañana o hará sol, las epidemias, la Eurocopa de fútbol y el Euríbor. Lo demás, lo distante, lo ajeno a mi existencia, me genera desprecio.


En mi pueblo Moradores sin Morada vivía un viejo, cojo y portugués,  que se pasaba el día haciendo predicciones. Predijo el año de su muerte y acertó, vaticinó con vehemencia que España ganaría un mundial una y otra vez mientras todos nos reíamos en su cara, la burbuja inmobiliaria y la guerra de Irak. Antes de su muerte dejó escritas en su página sus visiones para los años venideros. Los viajes en el tiempo los señala para el año 2065, para el regreso de Jesucristo nos emplaza para el 2748 y el fin del mundo lo fija en el 3632.

El recuerdo que tengo del portugués, más allá de sus vaticinios, es el de su olor amargo  a vino avinagrado, sus ojos saltones de mirada extraviada. La capacidad de pasarse el día escupiendo pronósticos que sólo paraban con cada calada al cigarro cosido a sus labios o con cada nuevo trago. Día, tarde y noche lanzando augurios sin descanso.

Con la llegada de internet al pueblo, que él predijo antes incluso que la propia compañía de telefonía, las calles se llenaron de conversaciones del futuro. Ya nadie hablaba del pasado. Nuestro vidente se había encerrado en casa. No paraba de teclear, una tras otra, letra a letra, la cronología del futuro de la humanidad. La conquista de España por los catalanes para el año 2037 y que se iniciará con la inclusión en todos los menús escolares del pá amb tomáquet.  La llegada furiosa de los extraterrestres para el 2178, hartos de escuchar, una y otra vez, la canción “Across the universe” de los Beatles con las que interferimos en sus sistemas de comunicación. La reducción de la esperanza de vida en los hombres causada  por las muertes implosión como consecuencia de la moda del sexo tántrico entre los jubilados, que tratarán de esconder con esta práctica sus problemas de erección.

Todos estos oráculos me dan igual porque no me afectan porque se darán en un tiempo muy lejano a mi proyección de existencia. Yo cruzo los dedos para sobrevivir con vida al veintiséis de junio después de que a las diez de la noche de ayer, en el sofá , estuviese a punto de morirme después de conocer el resultado electoral. Voy a consultar en internet si el portugués predijo mi muerte para alguno de estos días, justo ahora de que una parte de mi mundo comienza a venirse abajo.

domingo, 12 de junio de 2016

Uno para todos

La primera vez que me enfundé unos guantes y recorrí el camino que lleva hasta la portería tenía diez años. Fue una soleada mañana de abril en mi Pilsen natal con treinta personas como testigos. Hoy, veinticuatro años después, sigo andando el mismo camino dos veces por semana adornado con esta cicatriz en el rostro que no cesa de recordarme el filo de cal del abismo de soledad al que me asomo. La diferencia es que ahora sesenta mil personas están a mi alrededor mientras transito de nuevo este camino, idéntico al primero y a todos los demás, en Londres a dos mil kilómetros de distancia de donde lo hice la primera vez.
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By Ronnie Macdonald from Chelmsford, United Kingdom - Petr Cech, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25798318

El primer paso de entrada al campo lo doy con el pie derecho para no poner la suerte del lado del bando contrario. Imagino que todos los delanteros rivales hacen lo mismo. Por lo que mantengo la portería a cero en esta, la primera batalla anímica de un partido. Preludio de las muchas que vendrán en esta guerra de noventa minutos mil veces librada que está punto de comenzar. Faltan apenas un par de minutos para comenzar.

La próxima hora y media estaré sólo. Me llevo sintiendo solo desde los diez años cuando, dentro del vestuario, todos mis compañeros se enfundaban la camiseta de rayas negras y verdes, el pantalón negro y las medias verdes. Mientras, yo me vestía mi raído pantalón largo, una estúpida camiseta amarilla exhibía aún más mi marginalidad y unos guantes que, muchas manos anteriores, desistieron de enfundarse. La soledad, desde entonces, está siempre conmigo.

Esta sensación de extrañamiento me convierte en alguien especial, diferente, único. Es una percepción que se ha agudizado desde que aquel irlandés me rompió el cráneo y salto al campo con este casco en la cabeza. Con él, los sonidos de la grada se alejan aumentando mi capacidad de concentración y me inmuniza de los vaivenes emotivos de nuestros seguidores. Me siento como los superhéroes de los cómics que he vuelto a devorar con avidez desde que Michal, al verme en la pantalla de televisión, dijo “¡¡Papá es Batman!!”.

Sé que puede resultar pretencioso pero ser portero es ser un superhéroe. Igual que ellos vestimos de forma diferente, solemos ser tomados por locos, condenados a vivir en un conflicto permanente y desterrados a una invisibilidad de la que nos piden a gritos que emerjamos cuando ya se ha probado todo y somos la última esperanza para que lo que amenaza con dañar no hiera.

Sí soy portero y tengo el poder de parar el tiempo y encoger el corazón de sesenta mil personas con cada una de mis decisiones. Puedo correr en busca del balón o esperar a que alcance mi posición, puedo atraparlo con las manos o propinarle un puñetazo,  puedo darle un puntapié a alejarlo de un cabezazo. Puedo hacer cosas que ninguno de los demás pueden, igual que Batman, Superman, Hulk o el Capitán América. Soy un superhéroe y ninguna de las personas que ahora mismo me escrutan con sus miradas lo desconocen.

Apenas falta un minuto para que comience el partido. El árbitro ya ha lanzado al aire su moneda, los capitanes esperan el veredicto, las gargantas de los hinchas ya están afinadas y listas para rasgar el aire con sus gritos de euforia, el balón aguarda el momento de comenzar a rodar y los entrenadores profieren las últimas instrucciones antes de la batalla. Mis superpoderes se expanden por cada poro de piel en cada segundo de esta cuenta atrás.

Siento una descarga eléctrica como si Jimi Hendrix y su guitarra se hayan colado en mi cabeza provocando que mis pupilas se dilaten y las aletas de la nariz se expandan. La corriente alcanza mi corazón que se acelera en un solo de batería al que acompañan mis manos con una palmada seca. Mis piernas se tensan y parece que el suelo arde. Salto y, al alcanzar el punto más elevado, un grito en un idioma que desconozco sale de mi boca. No sé qué es lo que ha pasado pero estoy convencido que ahora soy más grande que los ciento noventa y seis centímetros que dice mi ficha de jugador profesional y puedo evitar que sesenta mil personas sean vencidas por el abatimiento.

El árbitro sostiene su silbato. Levanta el brazo.

Estoy sólo, como los superhéroes.

jueves, 25 de febrero de 2016

El joven de Zamayón

Toda mi relación con el pueblo de Zamayón hasta la fecha han sido pasos fugaces a lomos de la bicicleta y, creo recordar, que se trataba también del lugar de origen de los antepasados de uno de los ilustres alumnos que he tenido el gusto de disfrutar. Movido por la curiosidad y la sugerencia del insigne amigo que afirma que estoy ante un hecho de clara antropología rural. Me he aventurado a descubrir qué puede haber llevado a esta localidad que no alcanza los doscientos habitantes a plantear un moción de censura a su recientemente elegido alcalde.


Allí están, en el pleno municipal, los cinco concejales del ayuntamiento.  Uno de ellos joven, que adopta la actitud de quien ha sido citado al despacho del director tras una travesura colectiva, las manos en los bolsillos, la barbilla contra el pecho y las piernas extendidas de quien sabe lo que va a hacer y decir y está esperando que llegue su momento para salir cuanto antes. El papel de un joven de su pueblo que es el espejo de lo que muchos jóvenes vienen siendo en estos entornos. El de quien debe escuchar y acatar los dictados de los mayores, curtidas las por el trabajo en el campo.

Un joven que está allí y no quiere estar. De quien está a la vez en su pueblo y en un pueblo que no es el suyo. Es el pueblo de sus mayores, de sus padres, de sus abuelos. Un pueblo que es de él pero no es el de él. Una convivencia marcada por los asuntos del pasado. Disputas y alianzas que se forjan de un momento a otro y que tienen el peso de arrastrarse toda una vida. Conflictos que nacieron, se sostuvieron, dieron vida y ayudaron a alimentar las conversaciones de la intimidad del hogar en los fríos y largos días de los largos y fríos inviernos de la meseta.

Allí está él, testigo mudo de disputas verbales entre rivales. Familias que se enemistan enquistando las oportunidades de los que les seguirán. Rivalidad que, sin ser la suya, tendrá que sostener siempre ya que sus vecinos, no tendrán dinero, no tendrán esperanza, no tendrán recursos, pero lo que no les faltará nunca es memoria. Porque en Zamayón, como en el resto de pueblos que siguen siendo pueblos, no hay políticas que atiendan a siglas de partidos sino familias presididas por sus apellidos. 

Joven, toda una vida por delante, pero una historia familiar detrás. Y allí está él, rodeado por sus vecinos que no le increpan, que le liberan del bochorno y de la infamia como hacen con sus compañeros de opinión y juicio. Allí está él, olvidado, recluido al papel del niño que tiene que escuchar y hacer lo que dicen los mayores. De alguien al que se le niega la capacidad de tener sus propio criterio en las relaciones políticas y económicas de su pueblo. Porque el joven sabe que no decide cómo quiere que sea la forma de vida de Zamayón, sino que simplemente la hereda. Herencia que no se vende ni se malogra, sino que se conserva y se respeta, no se le falta ni se la niega.

Termina la sesión y apenas se ha movido. El único movimiento que le cambia la postura aperece en la disputa verbal, reflejo de la sociedad rural y reflejo de España. Una juventud que sólo se le pide presencia, acción e iniciativa cuando hace falta fuerza para contener el desastre. Una juventud, la española, que sabe que su horizonte es cargar cruces que no son las suyas. Un joven resignado a no decir porque él sí sabe, no cómo los demás que ignorándole apelan a que "ignorancia se puede decir". Joven ignorado que no ignorante, espejo de todos, voz que no se oye pero que es preciso escuchar.


lunes, 22 de febrero de 2016

Carta a los Señores Diputados

Señores diputados. Los últimos sesenta días España vive la misma situación en las que cuatro millones de desempleados nos encontramos desde hace tiempo. España está en paro. El debate para sus analistas está en la artimética de los escaños mientras la cuarta parte de la población experimenta tratando de despejar la incógnita que le aleje su precariedad.


Señores diputados. La clase política vive el dilema de los muchos al encontrar de repente que aquello que le sostenía en un solo yo ya no es posible. España se encuentra como el trabajador recién despedido que se ve obligado a descubrir otras partes de sí mismo, otros planos de su ser que son muchos que existían desde hace tiempo, que se expresan en el presente y que van a proyectarse hacia el futuro.

Señores diputados. España como sus jóvenes y desempleados está en tránsito. Está en la zona que es conocida en la psicología como la ·zona neutral". Ese espacio que no es ni allí ni aquí y que se encuentra en mitad de la nada. Un territorio en el que la identidad se vuelve incierta y el sentimiento de inseguridad lo invade todo. El Congreso es, hoy, lo más parecido a la cola del paro y es bueno que lo sea. Que ustedes que llevan tiempo aferrados al engaño del escaño hayan perdido las anclas que los aferraban a lo inamovible y vivan en sus propias carnes la realidad de los muchos.

Señores diputados,  ustedes como yo, el parado, tienen que aprender a desprenderse de lo anterior. Descubrir que es el momento de dar entrada a lo nuevo aunque aún no se sienta que se forma parte de ello. Sin abandonar del todo lo que se ha sido pero con la perspectiva clara de que se puede y se debe comenzar a ser otro. Diputados deben ustedes elegir entre aferrarse al pasado o impulsarse para entrar de lleno en el futuro.

Señores diputadso, como joven de 34 años quiero que viva los que muchos como yo llevamos viviendo. Ustedes llevan viviéndolo apenas dos meses, mi generación lleva años en esta circunstancia. Les advierto que tendrán que hacer frente a vaivenes, irán hacia delante pero también retrocederán. Oscilarán de un extremo a su opuesto, descubrirán nuevas posibilidades y papeles que representar en su vida que el de diputado. ¿Creen ustedes que cuatro millones de personas como yo somos simplemente parados? Que, como falsamente piensan, vivimos anhelantes esperando que el maná nos caiga del celo en forma de subsidio. Siento decirles que, de nuevo, se equivocan.

Señores diputados les pido que hagan un ejercicio intelectual. Sé que están inmersos en el desasosiego,pero créname, uno se acostumbra a sentarse a la mesa cada día con él. Entiendo que crean que están en una situación insoportable que no saben cuánto tiempo más será capaz de aguantar. Les pido que se esfuercen un poco más y sobre todo les demando  un ejercicio de sinceridad consigo mismos. Respondan a estas dos preguntas ¿quién es? y ¿quién no es?. Cuatro millones de personas nos acostamos cada noche con ellas y con ellas nos despertamos. Cuando tengan la respuesta descubrirán el verdadero progreso.

Señores diputados, ni yo soy solo un parado ni ustedes son sólo diputados. Dejénse sorprender al averiguar que existen alternativas. Pero, sobre todo, descubran nuevas prioridades y respondan una última pregunta. ¿Qué es lo que no quieren realmente abandonar? En la vida hay muchas circunstancias y, de vez en cuando, hay que comprender que no hay nada mejor que reordenar las prioridades. Cuatro millones de personas, cada mañana, buscamos un motivo para levantarnos. Ustedes mientras, señores diputados, viven instalados en una falsa comodidad que les dice que no hay motivo para levantarse de su escaño.

jueves, 28 de enero de 2016

Cuando soñaba ser Salinas

Cuando soñaba ser Salinas


Hace 20 años alguien, por error, pensó que podía ser bueno jugando al fútbol. Voy a ser más preciso, jugando al fútbol sala. Se trataba de un brasileño, Marcelo, que pasaba dos tardes por semana por mi colegio a entrenar a un grupo de chavales que no teníamos ni idea de situar su país en el mapa y que todo lo que sabíamos era que había un futbolista que se llamaba Bebeto.

Éramos jóvenes que acabábamos de incorporarnos al mundo futbolístico con referentes como Maradona, Van Basten o, en mi caso, idolatrando a Julio Salinas que era el poster que tenía sobre el cabecero de mi cama.Viéndolo desde la distancia, me sorprende aún más que alguien creyese que disponía de algún talento para el balompié con Salinas como modelo a imitar en lo técnico. Reconozco que la idolatría a Salinas la he mantenido con el tiempo aunque, con un período de apostasía, después de su fallo ante Pagliuca cuando, por primera vez, el fútbol me rompió el corazón.


Rondaría los 11 años cuando este brasileño consideró que mi calidad futbolística necesitaba proyección y decidió subirme a entrenar con los mayores. Allí estaba yo, dos tardes por semana, repleto de inocencia con mis zapatillas Kelme, que eran más zapato que calzado deportivo pero con la virtud de ser indestructibles, rodeado de diez chavales que me sacaban dos cabezas, vestidos uno con su chándal del Real Madrid, otro con el del Barcelona y sus zapatillas de fútbol sala, alguno de ellos luciendo un aro en el oreja y fumando a escondidas. Yo, con mis Kelme, mi chándal con rodillera sobre rodillera, mi escasa altura, una delgadez extrema y acatando la norma que imperaba por entonces en los colegios, de que uno no hablaba con alguien de un curso superior a no ser que éste se dirigiera a ti.

Medio curso estuve entrenando con los mayores, en aquellos años mi colegio no estaba apuntado a la liga escolar, por lo que sólo disputábamos algún amistoso muy de tarde en tarde. He de reconocer que tengo, aún hoy, la sensación de no haber sido aceptado entre aquellos. Sólo recuerdo que un chico espigado y silencioso me hablaba con normalidad y cierta frecuencia. Los demás, aparte de no hablarme, apenas me pasaban el balón. Y, cuando no había ausencia y los diez habían acudido esa tarde a entrenar, una vez que llegaba el momento del partidillo, solía quedarme sentado en el cemento para no incomodar. Deseaba con todas mis fuerzas que alguno de ellos se marchara antes de tiempo para poder disfrutar de jugar en la pista. En mi colegio sólo había una y, claro, ésta era ocupada por los de octavo en el recreo por lo que, si queríamos disfrutar de ella, teníamos que esperar a la clase de Educación Física semanal y esperar que  don Emilio nos diese juego libre.

En los días de partido, aguardaba ansioso la oportunidad de saltar al campo enfundado con la camiseta de algodón del colegio dispuesto a dejarme la vida y salvar el buen nombre de mis compañeros de clase. Allí estaba yo, aguardando mi momento como un perro sin pedigrí ni linaje, sin fuerza para levantar el balón del suelo, a no ser que viniera botando, dispuesto a no dejar un rincón de la pista sin pisar en señal de mi entrega y devoción a la causa. No jugaría más de dos minutos en aquellos partidos pero siguen clavados en mi memoria ya que muchas noches no dejaba de revivirlos una y otra vez en cuanto me acostaba. Soñaba con que algún día jugaría en el Barcelona de Cruyff o, al menos, en la UDS, todo un síntoma de que mi imbecilidad silenciosa comenzaba a dar sus primeros síntomas.

Al año siguiente Marcelo no volvió a entrenarnos y nunca más volví a jugar con los mayores hasta que ya fui uno de ellos. Cuando alcancé la edad, que no la altura, de aquellos con los que había compartido entrenamientos ya se había descubierto el fraude de mi supuesto talento. El balón seguían sin pasármelo, si lo quería la única forma de hacerme con él era robándoselo al otro equipo y mantenerlo con la esperanza de que alguien pudiera ver las facultades que Marcelo creía haber visto. La esperanza la mantuve durante tiempo dejándome literalmente la piel lanzándome sin piedad ni miramientos al suelo en busca del balón cada sábado por la mañana. 

Han pasado 25 años y aún recuerdo ese póster de Don Balón de Julio Salinas en mi cuarto. El de un niño que soñaba con jugar en el Helmántico, con sus heridas de guerra en las rodillas y los costados, con su chándal destartalado y sus Kelme irrompibles. Hoy ya no juego al fútbol y hace años que no le doy una patada al balón pero, al menos, puedo recordar aquellos días cuando le daba patadas y escribir sobre aquello lo cual está mucho mejor y no deja heridas de guerra sino que las cura.
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