sábado, 6 de octubre de 2018

El 90% de tu Belleza está en mi Forma de Mirarte



No te lo creas tanto, no vayas con esa actitud altiva creyéndote la más hermosa del lugar y despreciando a quienes crees que no están a la altura de tu caché. Tu imagen no vale nada, no te engañes. Puedes seguir posando en tus redes tratando de exhibir únicamente tu fachada, sigue insistiendo. No olvides, ni por un momento, que sin mi mirada tu fachada no vale nada. Así que, por favor te lo pido, preocúpate de hacer algo más que esculpir tus rasgos y de actualizar tu vestuario.

Ocurre que tú, y no sólo tú, todos nosotros y vosotras valemos más que una aparición en Mujeres Hombres y Viceversa (MHYV) o que una decena de nuevos followers en las redes con un último posado. Valemos más que eso y no por eso, porque es importante que tomemos conciencia, de una vez y para siempre, que tu cuerpo no se capitaliza, no es un bien de mercado que cotiza en un mercado regulado como las divisas o el oro. No. Tu cuerpo es tu recurso, una parte de ti, una dimensión tuya, no eres sólo tu capital erótico. Tu aspecto es una fotografía de quién eres, de dónde vienes y qué es lo que piensas, puedes hacerla cotejar con la realidad o impostarla con tu propio Photoshop emocional para inyectarte autoestima.

Tu cuerpo es tu herencia. Es legado de tus antepasados. Sí, cierto, lo puedes moldear, encubrir, transformar para no dar pistas de tu pasado e incluso para eliminarlo. Tu cuerpo es tu relato que contiene, quieras o no un prólogo que otros escribieron. Transforma tu cuerpo, opérate si quieres, entrena, trata de corregir los errores de serie con lo que tu cuerpo vino. Hazlo por salud. No lo hagas por comercializar tus atributos en el comercio de las relaciones. No te creas los fuegos artificiales de la las pantallas de los MHYV.

Nos dejamos arrastrar pensando que hay un patrón estable de belleza, un valor fijo de referencia sobre el que compararse. No existe, es una ficción. La pantalla engaña haciéndote creer que existe, que hay uno sólo. Aparta la vista de la pantalla y descubre. Descubre que no hay criterios fijos de belleza. Habrá, aunque te parezca mentira, hombres  a quien le gusten las mujeres con poco pecho, mujeres a las que le atraigan los hombres que no están musculados, hombres maduros que no les atrae que las mujeres enmascaren su envejecimiento, mujeres a las que no les gustan los cuerpos depilados. Apaga la pantalla.

Sí, existen tantas combinaciones de la belleza, como personas sobre la faz de la tierra. No seamos un MHYV y apostemos sólo por tratar de transformar y mejorar el físico. Sí, hacerlo es apostar sobre una dimensión que creemos poder convertir en un bien de mercado, que nos reportará beneficios económicos y de estatus.  Puede ser que nos aporte entradas a ciertos ámbitos de relación que estarán repletos de otros MHYV.

Apuesta por tu cuerpo si quieres, pero no olvides una cosa importante. Adórnalo. Cubre tu cuerpo de tatuajes. Vístete. Hazlo. Con ello estarás dando continuidad a tu relato, a aquello en lo que crees, tus valores, tu historia. Exhibe tus adornos para construir en torno a ti batallas épicas, victorias incontestables, exhibe las marcas de los daños colaterales tus convicciones. No mostrarlo sería una inversión sin retorno. Exhibe tu ornamentación para indicar tu lugar en la sociedad, descubre tu cuerpo para indicar quién quieres llegar a ser.

Una última cosa te digo, que no se te olvide a ti ni a ninguno de nosotros. La belleza está un 90% en la mirada de la persona que nos mira. Quizá, mírate de nuevo, llevamos demasiado tiempo mirándonos solos ante el espejo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Las Montañas más Grandes también se Hunden




Hace unos días, atravesé la Los Caenes, mientras corría de vuelta a Cabrerizos con mis gastadas zapatillas de montaña, dejando a un lado la vía del ferrocarril. Era una mañana soleada, fresca, de primeros de otoño y no había un alma recorriendo los senderos. A mi derecha estaba el río, emanando un olor de ropa vieja en una habitación sin ventilar, y los primeros rayos de luz se filtraban entre las ramas de los árboles a ambos lados del camino. Aún estaba un poco dormido, pero avanzaba atento a cualquier obstáculo. Al pasar junto a una de las viejas casas que asoman junto al camino oí un grito aterrador. Sabía que se trataba de un viejo recuerdo, no que estuviese siendo testigo de la escena de un crimen, pero el volumen con el que se reprodujo en mis oídos me puso la piel de gallina. Era mi padre gritando. En aquella cercana aceña mi padre se rompió la cadera mientras se esforzaba en convencerme, a comienzos de un lejano verano, de meterme en el río para que perdiese mi miedo al agua. Era la primera vez que veía una construcción como esa y mi padre, situado en lo alto de la misma, intentaba engatusarme para que le acompañara. De repente, ante uno de mis desmanes, avanzó por el borde para intentar cogerme desprevenido pero logré zafarme, perdió pie y, al tratar de mantener la verticalidad, su pierna derecha cedió y profirió un grito desgarrador. Era la primera vez que oía gritar de dolor a un adulto, y la primera vez que vi llorar a mi padre. Las lágrimas se asomaron a su rostro. Él que optaba por reírse cuando se cortaba con el cuchillo o cuando se machaba un dedo tratando de reparar una nueva herida que aparecía en nuestra vieja casa. Allí estaba, en traje de baño, roto y desvalido. Mi madre tuvo que caminar aún un par de kilómetros hasta el teléfono más cercano desde el que llamar a una ambulancia. Yo tenía apenas cinco años y, mientras mi madre regresaba,  mi padre, roto de dolor, trataba de serenarme  a mí y mis hermanas buscando en su memoria alguna anécdota divertida que contarnos.

La cadera de mi padre siguió dándole problemas, desde entonces, cada poco tiempo, a veces a causa de haber hecho un gran esfuerzo en el trabajo o, con el paso de los años, ante un simple cambio de tiempo. La última vez que recuerdo que tuvimos que llevarlo de nuevo al hospital a causa de su maltrecha cadera le ocurrió paseando por La Flecha. Mi padre apenas paseaba ¿Qué estaba haciendo allí aquella mañana de noviembre? Por lo que contaba había decidido dar una vuelta por la zona para recordar sus escapadas de infancia, y volver a recorrer los caminos que tanto gustaban de pisar Fray Luis de León y Miguel de Unamuno. Asomado a uno de los salientes desde donde podía contemplar en el horizonte la sierra de Gredos y seguir el curso del río Tormes, al sortear un escalón, la rodilla no aguantó el peso y la cadera volvió a decir basta. Un ciclista que se encontraba en la zona se lo encontró y le ayudó a llegar hasta la carretera en lo que llegaba la ambulancia a recogerle. En el hospital le tuvieron que abrir la cadera y reconstruírsela con una prótesis de titanio para lograr estabilizársela. Desde esa operación nunca más volvió a quejarse, pero ya nunca pudo ser capaz de levantar la pierna derecha más de un palmo del suelo sin ayuda.

Muchos años después, montado en mi bicicleta, buscando los caminos que rodean la casa sonde mi padre se crió y quiso vivir toda su vida. Me vi deseando que mis sobrinos me escuchen jamás gritar de dolor ni de desesperación.

martes, 18 de septiembre de 2018

La Música que Suena al Encontrarte

Cada una de tus relaciones es la confirmación de que el ser humano es capaz de tropezar varias veces con las misma piedra.




Ahora ha sido con Virginia, igual que antes te pasó con Merce, Tania o con Carol. Tu vida sentimental es como un déjà vu que revivo con cada gin tonic que compartimos para digerir tu última ruptura. Una copa con la que poner punto y aparte, a aquellas otras que acompañaron los avisos de bombardeo que sonaban por los altavoces del garito con el November Rain de los Guns and Roses, donde conociste a cada una de ellas, indicando la necesidad de salir huyendo a refugiarse y que tú, sin embargo, siempre interpretas como una invitación para el próximo baile.

Tus relaciones se rompen en el momento en el que te hacen una pregunta “¿Por qué estás conmigo?”. Una pregunta capaz de atravesarte dejando en tu boca el sabor frío del acero. Una duda que jamás expresarías en voz alta y que provoca en tu interior una detonación que, de inmediato, te aleja a miles de kilómetros de distancia de quien tienes delante. Una pregunta que te obliga a quedarte anclado en el lugar en el que te encuentras hasta que seas capaz de encontrar una respuesta que, sea la que sea, sabes que no merecerá la pena. Un enigma sin respuesta enfrentándote ante tú único miedo: el futuro, a ti que no temes nada del presente.

Ya sabes perfectamente cuáles son los síntomas que preceden a tu Hiroshima emocional. Silencios abruptos mientras esperáis la cena en el último restaurante de moda de la ciudad. Miradas cargadas con la pólvora de los reproches. Cubiertos desenvainados que suenan como sables. Una discusión por el motivo más intrascendente que pueda afectaros: el taller dónde llevar el coche antes de la próxima ITV, la duda acerca de qué menú preparar para mañana… Ante todos, hay una señal que te indica que ya no hay marcha atrás: su barbilla temblorosa. Una barbilla que escupe, como  una  AK-47, una ráfaga cada una de las sílabas que van a provocar un derramamiento de sangre “¿Por qué estás conmigo?”.

Allí estás tú, expuesto, sin encontrar trinchera en la que protegerte. Ignorando cuál puede ser el camino de huida mientras sientes como una infinidad de balas silban rozándote los oídos. Encoges los hombres y tratas de buscar a tu alrededor la llegada de refuerzos que nunca están cuando se les necesita. En ese momento, te resignas y convences de que ya no puedes avanzar porque, antes o después, toparás con una mina que te hará pedazos. Aturdido, confuso y desorientado, dejas caer los hombros, la miras y asumes que ya no merece la pena seguir luchando pero que, hasta ese momento, era tu deber entregarlo todo por lo que creías que era tuyo.

Cuando estás de vuelta en el hospital de campaña que es la casa de tus padres, recuperándote de tus últimas heridas, sabemos que no tardarás en volver a una nueva guerra. Te levantarás de la cama arrastrando los pies, ataviado de tu ridículo pijama de Batman, con numerosas heridas abiertas pendientes aún de cicatrizar para, con voz cansada y ojos ardientes, anunciarnos que regresas al campo de batalla. Convencido de que no puedes perder el tiempo con el pasado, vaticinarás que, esta vez, de una vez, como haces cada septiembre, por fin, al igual que decía Manolo Tena tu predicción se cumplirá “Tengo la certeza de que, ahora, todo será diferente”.

Te veré marchar, de nuevo, y mientras te alejas cargado con tu petate envidiaré tu capacidad para defender a muerte todo en lo que crees: tus ideas, tus proyectos, tu trabajo y, sobre todo, tu vida. Tu capacidad para hacer caso omiso a todas las señales y gritos de alerta de quienes te rodean porque sabes que la mayoría de los problemas que te plantean no existen. El arrojo con el que afrontas cada peligro aunque sepas que vas a salir herido. Te admiro porque nunca aciertas o, mejor dicho, aciertas bastante poco, pero aún así no dejas de insistir y de convercerme, a mí y a todos, de que esta vez sí vas a conseguirlo. Todos deberíamos hacer como tú haces e intentarlo, al menos una vez, otra vez, aunque nos cueste dejarnos los dientes. 

Todos deberíamos probar, una vez, el sabor de la lluvia de Noviembre al amanecer.

viernes, 31 de agosto de 2018

Coleccionando Agostos

En los veranos de la infancia en los ochenta y noventa, de agosto a septiembre, una obsesión creciente cada año se apoderaba de mí. Me importaban un bledo las chicas y sus invitaciones para ir a la piscina, me daba exactamente igual la música que sonaba en los 40 principales y no quería saber nada de los cuadernos de vacaciones Santillana



Durante mes y medio, mi mente y energía se centraban en la consecución de un reto apasionante: completar la colección de cromos de la Liga de Ediciones Este, nunca Panini, que ayudaban a conformar el ritual de un nuevo verano.

Coleccionar cromos cada verano es de las cosas que más cosas me han aportado en la vida. La primera, quizá no muy sana, es un gusto por el olor a pegamento líquido Imedio y al de las más sofisticadas barras Pritt. La segunda, derivada de ésta, aunque nunca he tenido que ponerla en práctica, es el descubrimiento de que, con estas barras de pegamento, uno puede obtener copias precisas de las huellas dactilares de una persona. Y una tercera, la más útil, aprender a determinar cómo completar los espacios vacíos que que se abren en el alma. Por aquel entonces había que elegir entre Prosinecki o Martín Vázquez, Tomás Reñones o Patxi Ferreira, Ablanedo I o Luis Sierra… con un criterio definido: el primer cromo en aparecer sería quien ocupase ese recuadro en el albul, el mejor jugador de los dos o, el más ambicioso y seguido por la amplia mayoría, no tener por qué elegir y desear a los dos. Ya idearíamos la fórmula en que ambos tuvieran cabida, como cuando años más tarde, he tenido que elegir entre tabaco o deporte, vivir solo o acompañado, amigos o pareja...

Siguiendo con las cosas buenas que aportó a toda mi generación Ediciones Este, está su incuestionable contribución al desarrollo de nuestra memoria. Cada uno de nosotros, nunca tuvo que recurrir a una lista para saber qué cromos le faltaban ya que sabíamos cada uno de los huecos que socavaban su álbum. Eran nombres y rostros que nos quitaban el sueño por las noches, al tiempo que los rescataban por el día en cada visita al kiosco a por un nuevo sobre. Esos agujeros negros del álbum permanecían grabados a fuego en nuestra mente, por eso no podíamos dejar de burlarnos de los principiantes del FBI. Siempre nos pareció una broma de mal gusto y una evidencia de la laxitud de las pruebas de accesi a la policía. Si las personas encargadas de nuestra seguridad tenían que colgar un retrato del sospechoso y elaborar en una lista de los hombres más buscados para no olvidarlos, siempre irían por detrás y los delincuentes tendrían ventaja. En Garrido jamás olvidábamos una cara y nunca necesitamos una lista.

Asi, todos los que cada domingo por la mañana, cruzando la frontera de Garrido, llevábamos como equipaje una caja de zapatos o una colorida riñonera repleta de cromos repetidos, perfectamente organizados, acudíamos al parque de la Alamedilla, nuestro particular Wall Street, a intercambiar cromos recordamos perfectamente los ojos azules de Gabi Moya, las gafas de sol de Benito Floro el año que entrenó al Real Madrid, un delantero del Oviedo llamado Andrades, la melena punky de Ayarza en el Rayo Vallecano, el bigote castaño de Gonzalo del Lleida y el moreno de un ruso con aire de capitán de los soviets llamado Zygmantovich. No hay cara ni nombre de aquellos veranos que hoy, 25 años después, no se reproduzca en mi cabeza con total nitidez.

Allí, en la Alamedilla, aprendí mucho acerca del funcionamiento del mundo adulto. La facilidad con la que es posible forjar relaciones basadas únicamente en el beneficio económico: conseguir el cromo deseado, utilizando, para ello, la manida táctica de recuperar viejas amistades o tratando de crear alguna nueva. La importancia de forjar alianzas, que se desvanecían tan rápido como se habían formad,o para encarar todo proceso de negociación con garantías de éxito. Y, sobre todo, aprendí que todo en esta vida tiene un precio que alguien está dispuesto a pagar.

El mercado de los cromos se regía por una lógica económica sencilla. Un cromo por otro o, en su defecto, un cromo un duro. Había ocasiones en los que algunos cromos podían llegar a valer cinco duros, dependiendo de las prisas por cubrir un vacío en una página pero, sobre todo, para poner fin a una tragedia emocional. Y es que, un cromo podía llegar a encandilarte a primera vista y estar dispuesto hacer cualquier locura por conseguirlo. Raro era el domingo en el que varios no arrancaban a llorar, una semana podía ser por un jugador del Logroñés llamado Eraña como a la siguiente, éste ya había quedado relegado a olvido, y vivíamos un nuevo enamoramiento, esta vez, de Elduayen.

Esta lógica económica sencilla saltaba por los aires cada verano. Llegaba un momento en el que, imagino que un consejo directivo sin escrúpulos dispuesto a sangrar una economía familiar, aparecía un término maldito y temido: Baja o Sustitución. Este concepto, que solía hacer su aparición a partir de la tercera semana de agosto, hacía saltar todo por los aires y cargaba de rabia e impotencia mi ánimo. Todo al descubrir que, muchos de los cromos con los que contaba, de repente carecían de utilidad. A partir de ese instane los huecos vacíos que creía cubiertos para siempre, quedaban de nuevo abiertos de los que manaban tipo de excreciones. Así de nada me servía contar con Manjarín en el Sporting cuando, semanas después, su sitio era ser el fichaje número ya vestido con el uniforme del Deportivo,  tener perfectamente ubicado a Sigüenza cuando su sitio le pertenecía a Villa en el Lleida de Mané, o tener perfectamente localizado a Pizzi en Tenerife si, de un día para otro, pasaba a corresponderle el espacio de Eloy Olalla en Valencia.

Cada 20 de agosto olvidábamos las normas de control de precios y el liberalismo económico aparecía con toda su crudeza. El parque se llenaba entonces de especuladores que veían en Vítor, el nuevo brasileño del Madrid, con los que hacer su agosto particular llegaban a pedir 500 pesetas por tenerle vestido con la elástica blanca. Desesperados, que consideraban a Alfaro y su traspaso al Valladolid la oportunidad con la que salir de su miseria, llegaron a pedir hasta 1.000 pesetas por este rockero del Pisuerga.  La Alamedilla, los domingos de verano, se convertía así en el reflejo de una España y mundo adulto para el que debíamos estar preparados. Estos, que ya por entonces nos parecían carroñeros, son los mismos que, dos décadas después mantenindo su ausencia de escrúpuls de entonces, lucen calva y prominente barriga tras haber vendido preferentes a ancianas indefensas, hipotecado la vida de miles de personas con viviendas que sabían que no podían pagar y antes especularon con sellos a través de AFINSA.

Nunca fui capaz de completar ni una sola de las muchas colecciones que comencé. Eso sí, gracias a ellas soy capaz de entender cómo funciona el mundo, y lo divido entre los que hacen los cromos y quienes los coleccionan. Entre los que se encaprichan en dar de baja o sustituir a unas personas por otras y los que padecen las consecuencias de esa decisión. Entre quienes buscan abrir vías de agua en las ilusiones de los demás y entre quienes hacen frente a cada herida hasta que cicatriza. Entre los que cambian de cara y los que se la parten cada día. Y a la hora de elegir con quién me quedo, he optado por ser de los que no olvidan una cara y un nombre.

domingo, 12 de agosto de 2018

No te Atrevas a Abrir mi Armario


No hay frontera  que más me haya esforzado en defender que la puerta de mi armario. He librado en su defensa cruentas guerras. He afrontado batallas de un día con amantes de una noche, y guerras de trincheras con mi madre que me dejaban toda una lista de daños colaterales: días sin salir, tardes sin video consola, domingos sin paga… Mi armario es, para mí, el lugar idóneo para mostrarme a mí mismo quién soy y ocultar, de la vista de los demás, lo que he sido y lo que quiero llegar a ser. 




A lo largo de mi vida son varios los armarios que me han acompañado.  El que más tiempo estuvo conmigo fue el que protegía mi cama nido. En él, se juntaron las imágenes de mi iniciada biografía con las pegatinas de mis superhéroes preferidos, los posters de las mujeres con las que comenzaba a soñar, y un montón de prendas y objetos inútiles que cumplían su misión de rescatar los sueños perdidos. Un miércoles de marzo las ramas no pudieron soportar el nido. No quedó otra alternativa que salir volando.

He tenido armarios de dos puertas, de distintas maderas (todas innobles), los he tenido cojos, vencidos por el paso el tiempo, algunos vestidos y otros por vestir. He compartido armarios y siempre, con ésos, he terminado saliendo de ellos.

Los últimos armarios que me acompañan son monótonos.  Son compañeros indolentes que permanecen empotrados contra una pared de la que no quieren separarse y son fríos, muy fríos, despegados. Los armarios de hoy ya no abrazan al abrir sus puertas, sólo saben hacerse a un lado, como si, lo que esconden en su interior no fuese consigo. No me gusta mi actual armario pero, aún así, voy a partirme la cara en su defensa.

Hay una cosa de mi armario que no cambiaré por nada: la minifalda que te dejaste olvidada con la que escondes la mujer segura que eres, el valor que emerge del escote del top floreado que tanto te gusta y el reflejo que me ofrece de tu cuerpo desnudo contra el mío. Ayer, sin embargo, la imagen que el armario me ofreció de ti me dio miedo.

Estabas frente a él, parada, vestida únicamente con esa sonrisa que tienes que aumenta mi esperanza de vida y temí. Temí que abrieras la puerta traspasando una frontera sin  haber pasado por la aduana. Sentí verdadero pavor al pensar que, probablemente, no te conformaras sólo con abrir esa puerta. Que quisieras abrirlas todas, desnudarme del todo para después deshollarme o que, simplemente, estuvieras haciendo una apuesta por formar parte del resto de mi vida.

Oí cómo rodaban las puertas del armario por los raíles. Sólo pude cerrar fuerte los ojos esperando la llegada de la tragedia. Tapé los oídos para no escuchar la detonación de la bomba atómica en las paredes de mi cuarto y comencé la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete…

Tres, dos, uno. Reuní el valor para enfrentarme a la desolación que me aguardaba para ver todo mi mundo arrasado. Las manos habían comenzado a sudarme, una punzada de dolor atravesaba mi cabeza y un grito ahogado quedó encerrado en mi garganta. Me incorporé despacio, quedé petrificado al verte, incapaz de articular una sola palabra. Sólo mis pupilas mostraban un haz de vida al no parar de dilatar. Todo en el cuarto permanecía igual, no había desaparecido nada pero, en apenas unos segundos, había cambiado todo.

Allí estabas, vestida con una de mis camisetas. Puedo decir que, en ese momento, de una vez y para siempre, sentí que no puede haber mujer más hermosa sobre la faz de la tierra. Desde entonces, lo tengo claro. Dejaré que abras mi armario y hagas tuya cualquiera de mis camisetas, aunque sepa que la pierdo para siempre. Merecerá la pena el descosido que dejas en mi corazón.