sábado, 10 de diciembre de 2016

Mi calle es mi mundo

En Salamanca, en Garrido, en mi calle, aprendimos a enfrentarnos a la vida a pecho descubierto

Mi calles es mi mundo Garrido Salamanca |Ignacio Bellido



La calle en la que he crecido no tiene balcones, pero es tan grande como el propio mundo. Son dieciocho portales, ciento treinta y cuatro viviendas, en los que he aprendido a vivir y muchas cosas de la vida. Todas las tardes, siendo yo muy poquita cosa, me sentaba en mi portal con la merienda para, desde allí, asomarme al mundo.

El mundo en el que crecí apenas tenía medía cien metros de largo y quince de ancho. Suficientes para albergar zonas oscuras a las que temía acercarme. Los últimos portales que desembocaban ya en el campo, la cochera de mi vecino y el bar de Fidel. Eran territorios hostiles a los que, cuando había que transitarlos, lo hacía con sigilo arrimado a la pared, la cabeza gacha, en silencio y con el corazón acelerado.

En mi calle, a diario, había de hacerse frente a una aventura, un desafío, un reto que te terminaría por dar un lugar en la vida. Los chavales en mi calle y en las aledañas queríamos ser, cada uno, los amos de nuestra calle. Los amos del mundo. Para lograrlo poníamos normas: nadie que no viviese en nuestra calle podía ser el amo de ella no cabían foráneos en los puestos de mando, los que viniesen de fuera eran bien recibidos pero a cambio era exigida su sumisión, las chicas de nuestra calle era de nuestra calle y cualquiera que quisiera besarlas necesitaba nuestra aprobación…

Este era el código de conducta por el que nos regíamos, amén de otro que estaba por encima y sobre el que no teníamos capacidad de control pero que acatábamos sin cuestionar, lo que diga todo aquel que mida más de metro y medio hay que obedecerlo.  En mi calle moraban los mayores peligros y los más cruentos enemigos, lo que nos obligó a todos los que allí crecimos a enfrentarnos a la vida a pecho descubierto.

Todos aquellos con lo que crecí son héroes. Son personas forjadas de carácter que se han agarrado el mundo con sus propias manos y que lo han zarandeado. Lo agitan para llamar su atención, para que a todos les quede clara una cosa: el orgullo de haber nacido donde lo han hecho. Sí, lo sé, seguro que hay cientos, miles de calles iguales a la mía en cualquier rincón, en cualquier otro lugar del mundo. Sí, pero no son mi mundo.

Sesenta años corren por las aceras de mi calle. En ellas hemos sido miles los que nos hemos hecho lo que somos, donde hemos soñado lo que queríamos ser, donde nos hemos hecho tal y como debemos ser. Puede que mi calle, su gente, los que entonces fuimos niños ahora parezcamos viejos pero no lo somos. Seguimos siendo lo que éramos porque no hemos olvidado ninguno de nuestros sueños de juventud, porque seguimos viviendo la vida, la auténtica vida.

En mi calle vivimos la vida real. La existencia de quienes tienen que pagar sus facturas cada mes igual de apurados que los años pasados, la de los padres que siguen dando de comer a sus hijos y a los que hijos que hemos ido teniendo. La vida de edificios sin ascensor, la de los que sus coches nuevos son los que otros dieron por viejos, la de quienes su destino de vacaciones se llama pueblo y la de quienes van haciendo recuento de los que faltan porque sienten que, cada vez, son menos.

Muchos de mis antiguos vecinos ya no pasean por mi calle. Unos porque murieron, otros porque marcharon y algunos porque la salud les impide pisarla. En mi calle ya no se oye el griterío de los niños, ya no se ve a los adolescentes presumiendo ni  se escucha n las discusiones de los veteranos. Como mucho, quedan aún los gruñidos cada vez más silenciosos y aplacados de las viejas desconfiadas.

A los que se fueron otros nuevos han venido a reemplazarles. Mi calle es el mundo y es la vida. Es un lugar donde todo nace y muere, donde lo que hoy palpita mañana se apaga. Una cosa permanece para siempre de mi calle en mí y en todos los que como yo quisimos ser los amos de la calle, los amos del mundo. Sé que lo que ahí aprendí no lo aprenderán los nuevos que llegan. Miento, terminarán por aprenderlo, pero tardarán mucho más.

En los parques vacíos, en las calles sin alma, en los cobijos del miedo se aprende sí, pero no se sueña. No se lucha contra el mundo, no hay enemigos ni cómplices a la vista y no corren el riesgo de equivocarse. En la calle hoy se premia el ser cauto, la desconfianza es un valor y todo hay que pensarlo fríamente. La calle no es mi calle. En mi calle quisimos, queremos y querremos seguir siendo héroes y para nosotros, los héroes, se equivocan, yerran, fallan, sufren y todo porque se arriesgan, porque están dispuestos a enfrentarse a los desconocido, porque sólo se temen a sí mismos.

En mi calle sigue sin haber balcones, pero está llena de héroes.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El perfume de sus secretos

El recuerdo de un olor puede traer de vuelta a aquellos que un día nos abandonaron

El perfume de sus secretos | Ignacio Bellido


“Muchas de las respuestas que buscarás en el olor de la casa las encontrarás”. Tenía ocho años cuando escuchó, por última vez, la voz de su padre. Esta frase ha resonado en su cabeza durante los últimos veinticinco años.

Pertrechado con una pesada llave de la mano aguarda, ante la puerta de la casa en la que creció, reunir el valor suficiente para entrar a un pasado que no le gusta recordar. Varias gotas de sudor resbalan en su frente, su respiración es agitada y el temblor de la duda le zarandea las rodillas. Hace un esfuerzo por concentrarse, mucho, pretende reunir el arrojo suficiente para adentrarse en el pasado. Introduce la llave, con un empujón de hombro consigue abrir la puerta.

El primer paso es el más difícil. Ante él uno de los mayores desafíos de su vida, un recorrido, un tránsito del exterior al interior, cruzar la línea fronteriza que separa el presente del pasado. Atraviesa el umbral, la oscuridad de la casa le invade el alma, el frío de las habitaciones vacías se siente en sus huesos y el olor a naftalina le irrita los ojos.

El espacio que le da la bienvenida apenas se parece al que recordaba. De pequeño aquel espacio era un territorio ilimitado, casi inabarcable. Hoy no es más que un espacio oscuro y cerrado del tamaño de una caja de zapatos. Una sensación de claustrofobia comienza a invadir sus sentidos ahogados por ese olor que lo cubre todo. Dicen que el demonio huele a azufre, a él le huele a su vieja casa, a naftalina.

Tras varias respiraciones profundas logra recomponerse. Avanza con lentitud a pasos cortos, apenas levanta los pies del suelo. La oscuridad, poco a poco, lo va devorando. Entre tanta penumbra alcanza a distinguir las formas de los pesados muebles, en su interior cuelgan los trajes de la desolación y el abandono, en las paredes se perfilan los estantes en donde lo único que reposa es el polvo, en el centro de la habitación un colchón en el que lleva tiempo durmiendo el olvido. Lo que descubre no ayuda a tranquilizarle.

Este es el lugar preciso para hallar las respuestas que busco y no debo marchar sin ellas, piensa. Abre los pesados cajones buscando señales que indiquen que está próximo a encontrarlas. La decepción se va instalando en su corazón con cada nuevo cajón descubierto, con cada puerta que va dejando atrás. Siente la tentación de abandonar.

Ya sólo le queda por rastrear su cuarto de cuando era niño. Allí están los juguetes que dejó abandonados el día que se marchó camino del internado. Sus soldados de plástico siguen aguardando en sus trincheras que se declare el alto el fuego, la peonza ya recuperada de los mareos tras tantos bailes, incluso sus zapatillas de cuadros siguen esperando los pies de un niño a los que dar cobijo.

Todo sigue estando igual que como lo dejó. Su cama, su mesa de estudio, su silla, su cómoda, su armario. Se ve a sí mismo en aquel espacio. Cómo disfrutaba de tardes enteras jugando entre esas cuatro paredes con su madre. Esa alegría se esfumó de pronto. La tristeza no dejó rastros de pasadas alegrías cuando mamá se marchó para siempre. Desde entonces la casa fue ocupada por un único habitante, el silencio. Nunca más se jugó al escondite dentro de aquella casa, no volvió a jugarse a nada.

Cuando su madre desapareció su padre agachó la cabeza para siempre y sus ojos no volvieron a alzar la vista del suelo. Quedó postrado en un letargo del que nunca se recuperó, que le mantuvo encerrado en casa para el resto de su vida esperando el regreso de su esposa.  La casa que había estado llena de la vida de su madre, se cubrió de la desesperanza que trajo consigo el desvanecimiento de su proyecto de familia. Trató de conservar su presencia con aquel olor que le recordaba a ella.

Abre todos los cajones. La rabia por no encontrar lo que busca le hierve poco a poco la sangre. Descubrir que las últimas palabras que le dijo el loco de su padre no velen de nada le invaden de ira. Ser consciente del error que ha cometido durante años al albergar esperanza en aquellas palabras le hace perder los estribos. Un grito se escapa de su garganta para romper la quietud de una atmósfera que llevaba décadas sin ser agitada. Arroja los juguetes al suelo, patea la mesa con una fuerza inusitada, lanza un puñetazo contra la puerta del armario. Un nuevo grito pone fin al estallido de violencia.

Se ha hecho daño en la mano. Sacude sus dedos para aliviar el dolor que le sobrecoge, con el golpe la portezuela de su armario se ha salido de sus goznes. Maldice con más fuerza y  arroja, movido por el último gramo de furia, la puerta contra el suelo. Su respiración se detiene, su mirada se congela. Un esqueleto aparece allí, acurrucado, vestido con las ropas que su madre llevaba cuando jugaron por última vez al escondite.

Lentamente, se gira sobre sí mismo, dirige sus pasos hacia el exterior del cuarto. Comienza a correr deseando salir de la casa lo antes posible. Arranca el coche y conduce todo lo que deprisa que puede, como si huyese de un tornado, de la tormenta de preguntas que surgen con cada nueva respuesta.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La selección de la especie

Una entrevista de trabajo. Varios candidatos. Un reto. 

Una vida que no volverá a ser la misma.




A Román le gusta llegar cinco minutos antes a cualquier cita. No iba a perder su hábito precisamente hoy que tenía entrevista de trabajo. A sus 42 años, los últimos siete meses desempleado, tiene la percepción de que su vida laboral está dando sus últimos coletazos antes de caer en la deriva. Por eso, hoy se ha propuesto a sacar lo mejor de sí.

Se ha perfilado bien la barba y dejarse el bigote que tanto le luce. Se ha puesto una camisa alegre y, en vez de corbata, se ha decantado por la pajarita. Ha repasado los cristales de sus lentes para que su mirada clara reluzca, repasado mentalmente su carrera y ensayado las respuestas a las preguntas más comprometidas que puedan plantearle. ¿Por qué finalizó su contrato en la empresa anterior? ¿Qué se ve capaz de aportar a la empresa? ¿Cuánto le gustaría percibir como salario? Román no duda, se siente preparado.

Al llegar a las oficinas de la empresa ha dado su nombre. La recepcionista le ha sonreído y solicitado que hasta que finalice el proceso de selección debe dejar su teléfono móvil. Ella se encargará de custodiarlo para devolvérselo cuando concluya. Román no ha puesto objeciones, le ha entregado sumiso y dispuesto su viejo teléfono. La recepcionista no ha hecho ningún comentario al respecto, pero le ha sorprendido que, en los tiempos que corren, una persona menor de 50 años utilice un teléfono tan obsoleto. Salón Oceanía, tercera planta, suerte.

El primer candidato que logre la cifra de mil seguidores se hará con el puesto. 


Ha entrado en la sala confiado, seguro de sí, hombros en alto, pasos firmes y sonrisa afable. Allí ha comprobado que son catorce los candidatos que aguardan, como él, su turno. Primer contratiempo, esperaba una entrevista individual, pero esto tiene toda la pinta de ser una selección grupal. Acto seguido vendrán las dinámicas de grupo, de comunicación y demás fantasías que los profesionales de recursos humanos idean para justificar sus salarios. No pasa nada, no es la primera vez que se enfrenta a estos procesos. Toma aire, con tranquilidad recorre visualmente la sala, se sabe capaz viendo que es el más veterano de los allí presentes.

Apenas ha terminado de dar los buenos días y acomodarse en el único asiento que quedaba libre cuando ha aparecido un joven de apenas veinte años en el umbral de la puerta. Les ha dado la bienvenida, se ha presentado como el CEO de la compañía y explicado, brevemente y sin rodeos, en qué consiste el proceso de selección.

-Están todos aquí porque han presentado su candidatura para un puesto de trabajo en el departamento de comunicación de la compañía. Sólo uno de entre los aquí presentes se hará con el puesto. El salario es de 36.000 euros brutos anuales, con cuarenta días de vacaciones por año y con la posibilidad de trabajar desde casa. Si alguien no está conforme con las condiciones puede abandonar ahora mismo –nadie se ha movido de su sitio- . Viendo que no hay objeciones paso a explicarles en qué consiste la prueba. Cada uno de ustedes pasará a una sala donde estarán solos. En ella encontrarán un sillón, una pequeña mesa con agua, comida y un teléfono móvil. Cada teléfono será su herramienta de trabajo, hemos creado para cada uno de ustedes un perfil nuevo en Twitter. El primero de ustedes que logre la cifra de mil seguidores se hará con el puesto.

Román ha sentido que se le venía el mundo encima o al menos eso decía la expresión pálida de su cara. Ha pensado en abandonar pero, ya que estaba allí, no pierde nada por intentarlo. Se ha dirigido a su puesto andando sobre las puntas, silencioso y vacilante como quien se asoma a un precipicio. Ha cruzado el umbral y allí está, ese teléfono que sabe que va a ser su condena. Un teléfono que le va a echar para siempre del mercado laboral, como en su día se vieron fuera los segadores con la llegada de las cosechadoras, los campaneros con los relojes de pulsera o los herreros con los altos hornos. 

Román se ha despertado creyéndose moderno y todo pinta que se acostará obsoleto. Estará vivo sí, pero muerto profesionalmente. La única opción viable que le quedará cuando esto termine será la de mostrarse como objeto de exposición en el museo arqueológico. Él y su móvil. Homo Analogicus sería el nombre que se pondría en el cartel que explicase su vida, presentase sus herramientas y su vida sexual.

Una nueva especie aflora ente las redes. El homo analogicus está a punto de entrar en los museos


Ha agitado su cabeza para disipar estos pensamientos de la cabeza. ¡Céntrate! se ha dicho. Ha cogido el teléfono, desbloqueado la pantalla y se ha lanzado a la telaraña de las redes. Ha hecho un rápido repaso mental por los manuales y artículos que ha leído al respecto de esta red social. Primero, elegir un nombre.¡Bien! esto no es necesario que lo haga, ya lo han hecho por mí, así gano tiempo. Segundo, elegir una foto de perfil. ¡Mierda! Esto ya es más difícil. ¿Cómo coño me voy a hacer una foto de perfil yo sólo y que quede bien? ¡Putos selfies!

Un momento, un momento, calma Román. Recuerda lo que has leído. Poner la cámara a la altura de la frente, poner un poco de morritos y una mirada profunda. Al tercer intento ha pensado que el resultado era aceptable. Tercero, empezar a publicar. ¡Esto sí que es difícil! ¿Cómo empiezo? No puedo resultar pretencioso pero tampoco idiota. Ya está. ¡Lo tengo! Escribe “Hola mundo”. Su primer tweet ya está en la red.

Ha pasado dos minutos desde que ha escrito el mensaje. No hay respuesta. Su número de seguidores sigue siendo cero. No pasa nada, no es bueno que precipitarse. Ha encontrado la forma de salir del atolladero. Tiempo atrás se fijó en una noticia donde se contaba que utilizar gatos suele tener muchas reproducciones en la red. Se ha pasado la siguiente hora recopilando memes de gatos y lanzándolos a la red de forma inmisericorde. Ya son diecisiete los tweet que ha publicado. Nueve seguidores.

Recurrir a los gatos parece que no está funcionando tan bien como esperaba. Es un buen momento para cambiar de estrategia y no hacer el ridículo. Ha llegado la hora de opinar sobre los temas de actualidad. Busca las etiquetas más populares. Escribe sin pensar. Opina de todo sin saber de nada. No consulta siquiera las noticias de las que habla. Sólo opina. Critica. Su cuenta de seguidores lo agradece. 124 tweets publicados. 46 seguidores. Esto funciona.

Han pasado muchas horas desde el inicio de la prueba. Varios candidatos han desistido.  Román persevera. Se le dará peor que a ninguno pero no va a permitirse un abandono. Nada. Sigue publicando. Sigue publicando. Los últimos setenta mensajes han sido un resumen de su vida. ¡Qué triste! Cuarenta años de existencia en apenas diez mil palabras. 153 seguidores.

Llegada la última hora de la tarde han venido a darle el aviso de que la prueba ha terminado. Uno de los candidatos ya ha alcanzado el objetivo. Román actualiza de nuevo la pantalla. Ese cabrón ya tiene mil seguidores y yo no estoy cerca de los doscientos  Malditos niñatos que sólo viven para las redes sociales -se ha dicho con una rabia que le abrasaba el pecho.. Se ha puesto en pie, y ha hecho ademán de devolver el teléfono a la persona que le ha venido a notificarle el resultado.

-No es necesario –ha dicho el joven con una sonrisa. Como deferencia por el esfuerzo realizado y agradecimiento con los candidatos, la empresa les regala a cada uno el dispositivo con el que han participado en la prueba.

Román regresa a casa, es tarde. Se palpa una y otra vez el bolsillo. Saca el teléfono del bolsillo. Desbloquea la pantalla. Escribe. “Esta es mi mensaje de despedida. Adiós mundo”. Al entrar en casa su pareja le ha preguntado inquieto si le ha pasado algo. 

-Llevo todo el día llamándote y no coges el teléfono-le ha dicho en  un tono de reproche. ¿Cómo ha ido la entrevista? 

-El puesto se lo han dado a otro más joven -ha dicho apesadumbrado.

Está bien entrada la madrugada y Román es incapaz de dormir. Le da vueltas a todo. Decide levantarse. Necesita estar solo. Coge su teléfono. Comienza a escribir de nuevo.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Ladrón de todo

Es difícil encontrarte con la mirada de tu violador


Ladrón de todo | Ignacio Bellido


Samanta no sabía si aquella señal era un presagio de que algo maravilloso estaba a punto de ocurrir o el anuncio de aviso de que algo terrible sucedería, lo que sí sabía era que nunca más volvería encontrarse cara a cara con aquellos ojos. No le hacía ninguna gracia tener que cubrir a noticia de ese evento. Las presentaciones de resultados de las empresas del IBEX35. Pensaba que no había tema más aburrido para un periodista. Además, no soportaba verse rodeada de todos esos hombres creyéndose los mejores dueños posibles del mundo.

Como suele hacer cuando no hay noticias urgentes que cubrir, acudió con la suficiente antelación antes de la exposición de resultados para ir adelantando la crónica e ir leyendo el dossier que le estaría esperando al llegar. Después de picotear algo en el catering de bienvenida, se sentó en su puesto a echar una ojeada al dossier e ir avanzando la noticia que enviaría a la redacción. Al llegar a la quinta página, su corazón le dio un vuelco.

Tras el resumen ejecutivo y la breve presentación de la compañía, la empresa anunciaba una noticia que le heló el alma. Dentro de la renovación de los cargos en el Consejo de Administración, se había decidido nombrar como nuevo consejero delegado a Carlos Saldaña. La información venía acompañada de un recorrido por la trayectoria profesional del nuevo consejero, acompañado de su fotografía, un retrato en el que aquellos ojos se le clavaron en la garganta.

No es fácil reencontrarte con la mirada de tu violador. Soportarle mirándote de nuevo. La profundidad de unas pupilas carentes de fondo, la ausencia de color de dos iris sin brillo. Mirarle dolía, pero no podía dejar de hacerlo. Samanta buscaba, una y otra vez toparse con sus ojos, deseaba que ese dolor que siempre le acompañaba le ayudara ahora a hacerle frente. No apartó la vista hasta percibir el revuelo de sus compañeros levantándose camino del auditorio.

Samanta llevaba años tratando de encontrarse de nuevo con él. Once. Su cuerpo ya no es el mismo que nueve años atrás, ahora es el de una mujer. Un cuerpo fibroso, musculado después de años de entrenamiento y millones de bocados de dolor que consumieron su cuerpo. Fue su psicóloga quien le recomendó que una buena forma de acelerar su rehabilitación emocional sería la práctica de algún deporte. Samanta eligió la lucha.

En su mente imaginó que de volver a verle sería en una comisaría. Él estaría detrás de un cristal en la rueda de reconocimiento. No tendría dudas en señalar con el dedo al hombre que todos los días asoma al abismo de su existencia. Quien lleva más de una década aferrado a sus entrañas, desgarrándola por dentro. Los encuentros no suelen ser como uno los imagina, y el destino suele tener una lógica interna de funcionamiento que se nos escapa, aunque llevemos siglos intentando descifrarla. Ahora, el destino le brinda una oportunidad única que no quiere desperdiciar. Él está allí, apenas a unos metros de distancia, pero esos ojos le atenazan y sus piernas le están pidiendo que huya de un peligro que no olvidan.



Terminados los discursos comenzó el cocktail en el que los periodistas, accionistas, directivos y consejeros tienen la posibilidad de sincerarse off the record al finalizar la función cada trimestre representada. Es un momento en el que unos y otros se buscan para medrar en sus carreras y engrosar sus dividendos. Es un baile en el que el anfitrión debe contentar a todos los invitados. El momento de regalar sonrisas, mostrar una preocupación “sincera” por los presentes, colmar de parabienes a los presentes, no escatimar en halagos y soltar alguna que otra confidencia.

Saldaña se ha mostrado muy cortés ateniendo a todos los medios. Se mueve como pez en el agua en todo lo relacionado con la comunicación empresarial. Su elección para el cargo no se ha debido a ningún capricho. Ha sido fruto de una decisión estratégica de la compañía, necesitada de alguien de su carisma y sus buenas relaciones con los medios para capear los escándalos que salpican casi a diario al sector bancario.

No se puedo elegir mejor día para su estreno. Los resultados económicos han sido excelentes, las cotizaciones de las acciones del banco en la Bolsa de Madrid no han dejado de subir, y la presentación de los planes estratégicos de la compañía han obtenido la aquiescencia de los expertos. Para celebrarlo sus compañeros en el consejo piensan que no hay nada mejor que el sexo de pago, pero a Saldaña las putas, por muy caras que sean, le dejan siempre un sabor de insatisfacción. Sí se dejan dominar, se pliegan a cada una de tus peticiones, pero no las sometes tú, obedecen a tu dinero.

Cuando Saldaña se retira a su habitación de hotel tras apurar el gintonic sin el que no logra conciliar el sueño, revisa los últimos mensajes que han entrado en su teléfono móvil. Las felicitaciones de colegas de profesión y de viejos amigos, a los que lleva tiempo sin ver, extraen de él una sonrisa de satisfacción. Aparecen mensajes de distintos medios económicos emplazándole para una entrevista en profundidad. Muchos mensajes, todos predecibles. Ningún mensaje, nunca, le coge por sorpresa.



A las 01:47 Samanta ha terminado de redactar el artículo por el que se hizo periodista. Lleva escrito muchos años. Todo lo que necesitaba para terminarlo encontrar una mirada y un nombre de quien la dispara. Dentro de unas horas todos sus compañeros recibirán un mail con el artículo y en enlace a su página web donde aparecerá publicado junto a un vídeo donde confesará lo que le sucedió cuando apenas tenía 14 años.

Samanta sabe que es la única posibilidad de hacer pública la noticia y que la crean. Ningún diario publicaría semejante noticia partiendo de una becaria y, de hacerlo, pasarían días. Muchas llamadas telefónicas, amenazas al periódico y un equipo de abogados dispuesto a hacer trizas cualquier afirmación y difamar a la víctima.

Son las 6:24. Momento de pulsar dos botones. Publicar. Enviar.



Ladrón de todo


Mi nombre es Samanta Solana. Llevo desde los catorce años con unos ojos clavados en mi memoria. Son los ojos de un rostro borroso pero dueños de unas manos que dejaron para siempre marcado mi cuerpo. Los ojos de alguien que se apropió de mi cuerpo y me robó el alma. Hoy esos ojos tienen cara y tienen nombre. Carlos Saldaña. Es el nombre del hombre que me violó.  Hace once años, Carlos Saldaña me quitó la vida.

Tenía catorce años aquel 18 de julio. Acudí a aquella fiesta creyéndome mujer antes de tiempo. Me puse un vestido brillante, me maquillé aunque mi madre me lo reprobase y sí, una vez en la fiesta, bebí alcohol. Como digo era una niña que quería sentirse ya mujer. Aquel día dejé de ser niña para siempre. Aquella noche no me dejaron soñar, nunca más, la mujer que me gustaría ser.

Carlos Saldaña se aprovechó de mí. Recuerdo que me tambaleaba mientras pretendía regresar a mi casa por la urbanización. Él se ofreció a acompañarme. No es un bueno que una muchacha como tú camine sola a estas horas. Se notaba que él también había bebido o, al menos eso decían sus ojos brillantes y enrojecidos. Se ofreció a llevarme en coche. Acepté. Total, ¿qué podía pasar?, mi casa estaba a apenas cuatro calles de distancia.

No sé cómo ni cuando empezó. Lo que no he podido olvidar nunca han sido aquellos mordiscos que me quitaron la inocencia. Las marcas que sus dentelladas dejaron en mi pecho y en mi cuello. Marcas que hoy ya desaparecieron pero que me han dejado llena de cicatrices. Mordiscos que inocularon en mis huesos un peso de plomo que no me permite levantarme. Por culpa de Carlos Saldaña mi alma quedó sepultada a los pies de ese coche.

Ayer me encontré de nuevo con esos ojos. No me produjo odio. No me invadieron los reproches. La ira brilló por su ausencia. Reencontrarme con la persona que me violó sólo me dejó un sabor amargo. El sabor de la culpa. Por haber ido a esa fiesta.  Por haber bebido. Por aceptar su compañía. Por subirme a ese coche. Por confiar. Por haber visto todas aquellas películas en las que un chico mayor se enamora de alguien más joven que él. Por ser tonta.

No quiero culpabilizarme de algo de lo que fui víctima y sí quiero señalar al culpable. Carlos Saldaña. Fue él quien me hizo esas heridas en mis pezones. No mi estupidez. Fue él quien desagarró mi vagina. No mi imprudencia. Fue él quien provocó que lleve todo este tiempo repudiando mi cuerpo. No mi escote. Fue él quien vertió su semen mientras yo lloraba de rabia y de dolor. No mis catorce años. Fue el quien disfrutaba de su brutalidad. No la sangre de mi himen.

En estos once años he pasado miedo. He llorado cada noche y cada día, varias veces al día y siempre a escondidas. He musculado mi cuerpo para que no parezca el de la mujer que no me dejaron ser nunca. He gritado. He callado. Pero quiero dejar claro que no soy una cobarde pero tampoco valiente. No soy nada más que el único recuerdo que queda de los hematomas que Carlos Saldaña, el hombre que me violó, dejó en mi cuerpo.

El miedo de que vuelva a pasar de nuevo me acompañará hasta que me muera. Ése es mi miedo. Sé que Carlos Saldaña me violó porque quería librarse de sus miedos. Sé que no lo ha conseguidos, que sus miedos siguen con él porque una vez que el miedo aparece se queda contigo para siempre, aunque no lo veas.

Carlos Saldaña es culpable de mi violación y víctima de su impotencia.



Cuando Carlos Saldaña despertó consultó el teléfono. Su corazón se sobresaltó. No esperaba ningún mensaje.


martes, 22 de noviembre de 2016

Recetas proscritas

Una nueva medicina contra la depresión capaz de elevar el ánimo de todo un país está a punto de ser comercializada.

recetas proscritas | Ignacio Bellido


-La solución definitiva está en recetar amantes.

-¿Pero qué clase de disparate es este?

-No es ningún disparate Dr. Prather. Nuestros laboratorios llevan años estudiando este nuevo tratamiento y ningún fármaco ha conseguido acercarse a sus beneficios. Es más, según hemos descubierto, ¡un amante es mucho más beneficioso para la felicidad del paciente que cambiar de trabajo! Es mejor para la salud que cambiar de residencia. Y lo mejor de todo, no es necesario siquiera cambiar de pareja. Se puede tener un amante y conservar la pareja actual. Esto es, sin duda, lo más revolucionario, con este remedio mejoramos la salud mental del paciente y preservamos una institución sagrada como el matrimonio.

-No veo qué de científico hay en lo que dice. Me parece un nuevo capricho de su excéntrico jefe y todo un acierto en marketing de su laboratorio no se lo voy negar. ¡La medicina no es ningún juego, es una ciencia que lleva miles de años tratando de mejorar la vida de la personas! Y ahora viene usted con esta idea tan macabra.

-Para nuestro laboratorio la medicina nunca ha sido un juego. Desde la fundación de nuestra empresa, hace más de 75 años, hemos colaborado mano a mano con las más prestigiosas universidades del mundo. Este proyecto llamado “amante en ciernes”, lleva ocho años siendo investigado en el MIT por los profesionales más prestigiosos del mundo en distintas disciplinas. Así que creo Dr. Prather, que lo que he venido a mostrarle es mucho más serio de lo que piensa.

-Disculpe que le haya ofendido, no era mi intención. Pero no consigo discernir qué puede tener de beneficioso un amante en la vida de mis pacientes.

-Verá doctor. Como bien sabe lo sencillo y beneficioso para la industria farmaceútica sería seguir recurriendo a los antidepresivos. Pero estamos alarmados por los niveles de adicción y dependencia a estos medicamentos en la población mayor de 45 años. Creemos que prescribiendo amantes podemos hacer mucho más por la felicidad del país que manteniendo el actual mercado de los medicamentos. Además, con nuestra propuesta reduciríamos el gasto que suponen estos químicos a las arcas públicas. Nuestros laboratorios llevan décadas beneficiándose de la comercialización de fármacos, pero creemos que ha llegado el momento de hacer algo de forma altruista por la humanidad.

-Sigo sin ver el beneficio que usted dice y, ni mucho menos, cómo pretende usted que mis pacientes me tomen en serio si les prescribo una amante para sus estados depresivos. No creo que el daño emocional que genera el desempleo de larga duración, las crisis de ansiedad sobrevenidas al ver amenazado su bienestar o, simplemente, ser capaz de hacer frente a los vaivenes de la vida se solucione con un amante.

-¡Ay, doctor! –contestó mientras suspiraba-. Solemos estar reacios a los grandes cambios que mejorarán nuestras vidas aun sabiendo que no podemos escapar a ellos. Si me permite una aclaración, nuestra propuesta de medicina no estriba en que amante y paciente se enamoren. Tampoco queremos que sea sexo por sexo, sino que se trata de que nuestro amante enriquezca ambos la vida del otro y, a la vez, vea enriquecida su propia vida –decía con una sonrisa en los labios y los ojos-. Para que lo vea más claro, pongamos un como ejemplo el paciente que ha salido de su consulta antes de que usted me recibiera.

-Sí, ¿dígame en qué le puede ser útil un amante al Sr. Malthius? –preguntó extrañado el doctor que no se había movido de su silla-. Le informo de que este señor lleva en estado depresivo más de tres años. Su mujer falleció y  ha tenido que hacer frente, desde entonces, a dos hijos adolescentes sin ningún apoyo familiar. La angustia de esa situación le ha provocado distintas patologías de orden muscular y articular que debe tratarse a diario para conservar su empleo.

-Es un caso perfecto para que pueda entender lo que vengo a explicarle. Verá el Sr. Matlhius ha dicho que se llama ¿verdad? Este señor necesita un amante, un rayo de luz en su vida, y, al mismo tiempo, puede ser la medicina perfecta para otra de sus pacientes si aprovechamos su potencial para amar.  Como usted sabe un amante, una aventura ocasional con unas dosis de sexo y comprensión hacen más por el bue ánimo de las personas que cualquier sustancia química artificial, es la mejor medicina que ha existido siempre. Ayuda a aliviar tensiones físicas, aumenta la capacidad de aprendizaje con la segregación de dopamina, las personas se vuelven más creativas para resolver problemas cotidianos y ganan confianza en sí mismas volviéndose más extovertidas. Todo lo que no tienen la mayoría de los pacientes que le visitan a diario.

-Visto así, parece una buena solución. Y económica. Si me decidiese a ponerla en práctica. ¿Cómo puedo saber si uno de mis pacientes será un buen amante? ¿Cuál será el criterio de selección por el que debo regirme?

-Dr. Prather déjese guiar por su buen ojo clínico. Desde nuestro laboratorio sólo le recomendamos que siga una serie de parámetros para seleccionar los amantes mejor preparados.
-Cuénteme

-Lo primero de todo es el criterio de edad. Sólo podrá elegir mayores de 35 años, hombres.

-¿Sólo hombres? ¿Qué pasa que las mujeres no pueden ser buenas amantes? ¿Qué descubrimientos han hecho desde el MIT a este respecto?

-Creáme doctor, no hay mejor amante ni ser que pueda dar más amor que una mujer pero, por momento, la sociedad no está preparada. Aún hoy las mujeres, consideran a otras mujeres que ejercen el papel de amantes como derrochadoras de su tiempo en una relación sin ninguna utilidad. En lo que se va cambiando ese cliché podremos trabajar en aras de la felicidad ciñéndonos sólo a reclutar hombres.

-Entendido, sólo hombres mayores de 35 años. ¿Alguna consideración adicional que deba ser tenida en cuenta para elegir a los mejores y más preparados? ¿No me pedirá que tengo que pedirles que se desnuden o hacerles una exploración rectal?

-No, el proceso de selección es mucho más sencillo, rápido e indoloro que todo eso. Lo único que tiene que hacer es tener la certeza de que el amante no sea un tonto a las tres, ni un cantamañanas ni mucho menos un cero a la izquierda.

-Parece sencillo, creo que con eso me elimina usted un buen número de posibles. Y dígame, ¿los elijo divorciados, solteros, viudos, casados?

-Lo importante es que no sea nuevo en esto del amor no correspondido y que no sea exigente. Tenga en cuenta que no siempre el trabajo será grato o se acomodará a sus gustos.

-Sí, sí, lo entiendo perfectamente. No se trata de un trabajo ideal claro está.

-Debe tener claro que no se trata de ningún trabajo porque no está remunerado. Además, tiene otra serie de requisitos como disponer de vehículo propio. Ya sabe usted que la pasión y el deseo se manifiestan sin previo aviso y en los lugares más inesperados, por lo que hay que estar preparado para cualquier emergencia.

-Es lógico.

-Además, necesitamos de alguien con flexibilidad horaria y que esté más bien disponible en horario diurno. Ya sabe usted que las casas suelen estar vacías en las mañanas lo que hace de éste un buen momento para los escarceos. Así que busque entre sus pacientes aquellos que trabajen de noche. Ya sabe vigilantes, policías, basureros, barrenderos, recepcionistas, camareros, médicos de urgencias…

-Me resultará difícil encontrar candidatos con tantos requisitos y, si encima no pagan, se complica mucho más la cosa.

-No crea, ser amante tiene grandes ventajas fiscales. Hemos logrado un acuerdo con el gobierno para que todos aquellos que se den de alta como amantes se beneficien de exenciones a la hora de tributar. Entienda que con el ahorro que darán al Estado éste sepa corresponder a los ciudadanos que tanto contribuyan al bien común.

-¡Es una excelente medida por parte de nuestros gobernantes! La verdad que este nuevo gobierno está haciendo mucho por mejorar la vida de sus compatriotas.

-Escuchéme bien porque no se trata del único beneficio. Tenga bien presente que para los amantes quedarán las noches libres, aunque por su profesión muchas las ocupen trabajando pero sus noches de descanso quedarán intactas. Podrán disfrutar del fin de semana a cuerpo de rey porque podrán encontrarse con sus amigotes sin estar pendientes del teléfono, ventajas del desarrollo de la tele por cable y que los maridos opten por quedarse en el calor de su casa viendo el fútbol que yendo a pasar miserias al estadio.

-Parece que todos son ventajas.

-Y no son las únicas. Hay muchas más. Le reirán las gracias, recibirán halagos sin merecerlos, no se les tendrán en cuenta sus múltiples defectos… Como puede ver, desde nuestro laboratorio hemos pensado en todo antes de lanzarnos a comercializar nuestra propuesta.

-Ya veo. Me queda una última pregunta que lleva un rato rondándome la cabeza.

-Adelante, no tenga reparos en preguntar lo que desee Dr. Prather. Sabe que una de las razones por las que estoy aquí es para aclarar y atender cualquiera de sus dudas.

-Como usted bien sabe- el Dr. Prather carraspeó antes de continuar mientras su vista se anclaba en los papeles sobre su mesa-, la situación de la sanidad en este país no es la mejor debido a los ajustes que realizaron los gobiernos anteriores. Largas listas de espera, atención deficitaria en medicina general, salarios congelados… Esto ha generado que el desánimo y el desencanto ha hecho mella entre los profesionales sanitarios. Me centro que me estoy yendo por las ramas ¿Podría como médico recetarme a mí mismo o iría en contra de nuestro juramento hipocrático?

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