sábado, 12 de enero de 2019

Turismo por una Taza de Café



Ayer volví a casa a recoger mis cosas. Era cerca del mediodía y la lluvia regaba la ciudad dando una tregua al frío seco que se había instalado desde el año nuevo. Nada más entrar, un olor que creí reconocer como familiar  me sorprendió pero, tras estos cuatro meses sin pisar el apartamento, tenía la sensación de ser un intruso. De estar cometiendo un allanamiento de morada.

Fueron dos años los que habíamos vivido juntos entre esas paredes, conocía cada uno de los rincones y sabía identificar de donde procedía cada uno de los ruidos de la casa. Pero, tras todo este tiempo fuera, parado en el umbral, todo lo que me aparecía a la vista me parecía una fotografía costumbrista de la que no formaba parte. En la cocina, junto a la cafetera, seguía estando la colección de tazas de The Beatles. La manta con la que nos arropábamos descansaba en sofá y los libros seguían estando allí donde los había dejado. Sobre la cama pude ver doblado el pijama de panda del que tirabas cuando afuera helaba. En el baño, apilados cada uno de tus perfumes. Afuera, en la terraza, tu ropa, solo tu ropa, lloraba arrugada su mala suerte. El paisaje era reconocible pero muchas cosas habían cambiado.  El frutero estaba vacío y el congelador lleno de tu lasaña preferida. Había plantas que seguían con vida y, por lo que puede ver en el fregadero, habías cambiado de vajilla.

Me dieron ganas de recoger la ropa tendida, de hacer la cama, de dejarte algo de comida preparada pero tomé la decisión de quedarme quieto y no hacer nada. Esa casa ya no era la mía, era la casa de otra persona que ya no conocía. Recoger mis cosas apenas me llevó diez minutos y una caja donde sobró espacio para la última Play Station, los libros que aún no había leído, ropa, repuestos para la bicicleta y la taza del disco Sgt Pepper’s. No necesitaba nada más, del resto deberías ocuparte tú de tirarlo a la basura: mi cepillo eléctrico, la espuma de afeitar, un par de cazadoras y el juego de ruedas antiguas de la bicicleta.

En un viaje lo guardé todo en el coche pero, una vez abajo, tuve el deseo de subir de nuevo. Quería no solo dejarte las huellas de mi pasado, sino dejarte, también, un rastro para que sepas quién soy ahora. Me sentía con el derecho de hacerlo y aún no había dejado las llaves en el buzón como acordamos. Subí a tomarme un café. Lo saboreé con calma, mientras recorría con la mirada de nuevo cada uno de los objetos, no toqué nada aunque tuve la tentación de curiosear en tu ordenador, de leer el cuaderno de notas donde apuntabas las cosas importantes, ni siquiera abrí los cajones para comprobar si habías comprado lencería nueva. Permanecí tranquilo, sin levantar sospechas, tratando de mostrar la convicción en su buen hacer de quien se sabe vigilado.

Al marcharme dejé la taza por fregar y las llaves en el buzón. Volví a casa agotado, como si hubiese hecho un viaje de ida y vuelta al extranjero en apenas una mañana. Hice el viaje de regreso lo más rápido que puede, ya sabes que no soporto, más aún desde que dejé de beber, cruzarme con gente  que me importa una mierda y que, encima, no me queda más remedio que soportarla. Por eso, al llegar, volví a encerrarme en casa para no tener que hacer frente de nuevo a los semáforos, a la contaminación acústica, a los recibos que esperan en el buzón, a los ceda el paso ni a la gente que sonríe sin motivo.

Hay una cosa importante que no te he dicho. He dejado de tomar antidepresivos, además de la bebida he dejado los antidepresivos. Ya sé que me iban bien y que, estas últimas semanas, me estaban siendo de ayuda. Por eso los he dejado. Porque me hacían olvidar el dolor que me causas. Seguiré aquí encerrado en mi nueva casa no sé por cuánto tiempo aunque, si vienes, avisa y bajo a comprar tabaco y unas latas de cerveza.

domingo, 16 de diciembre de 2018

El Asalto Épico de las Dudas



Hoy no suena música en el pabellón. Silencio. Sólo cientos de ojos escrutando cada uno de sus movimientos. Calma antes de que con cada uno de sus pasos sobre el tapiz desaten una tormenta con la que dejar boquiabierto al mundo. Apenas faltan unos días para que los Juegos Olímpicos de Moscú comiencen, un último entrenamiento ante la cúpula del partido para demostrar que el oro está garantizado. No hay espacio para la derrota, mucho menos en casa. El segundo puesto es sinónimo de olvido.

Elena Mukhina está sobre el tapiz. Sus formas de mujer en ciernes rellenan su maillot, su rostro agotado y la mirada triste desvelan los años de trabajo que esta niña huérfana lleva sobre sus piernas. Unas piernas que ya se han desprendido de la venda que las envolvían hasta hace unos meses. El recuerdo de la lesión se ha desvanecido, atrás quedan el dolor y la duda, sólo una cicatriz, invisible, ha quedado para siempre, el miedo. No, Elena, en tu maillot ni el pabellón hay lugar para el miedo, lleva años diciéndole su entrenador Mikhail Klimenko.

Hace mucho tiempo que Elena desterró su infancia, muy lejos quedan los cuentos de hadas que guían a niñas temerosas, frágiles y delgadas con los que imaginaba poder rescatar a su madre del incendio que la convirtió en cenizas. Ahora, sobre el tapiz, dibuja soles con sus piernas y arco iris con sus brazos, la única forma de iluminar una sucesión infinita de días grises, idénticos unos a otros, como las gotas del vodka de garrafa. Traza su primera diagonal consiguiendo sacar música del suelo con cada paso. Un ritmo, un compás capaz de hechizar a quien contempla su obra.

De pronto, Elena se para, gira sobre sí misma, toma aire. Es el momento y es, precisamente ahora, cuando se prepara para hacer el salto Thomas, cuando surge en su mente eso en lo que no hay que pensar. De lo que haga ahora va a depender el resto de mi vida conmigo. Sólo es un salto, una repetición más de una secuencia que ha repetido hasta la extenuación, pero no es un salto cualquiera, es el salto Thomas. Un salto en el que se concentran todos los miedos del ser humano. La soledad, el miedo, la incertidumbre, el fracaso y el futuro contenidos en los ciento setenta metros cuadrados de un tapiz.

El salto Thomas es un salto prohibido en gimnasia. Puedes verlo en el segundo 51

Dependiendo de lo sincera, cobarde y valiente que sea consigo misma así será el resultado. Elena corre, son apenas seis segundos los que la separan de la salida. El salto, dos extensiones de piernas y unos arabescos de brazos que serán pinceles con los que dibujar en el aire y el ejercicio habrá terminado. Dentro de diez segundos todos en el pabellón no tendrán la menor duda de que el oro está asegurada y la Unión Soviética volverá a ocupar el lugar que le corresponde. Elena corre y, justo en el instante en que acomete la última zancada su mente queda secuestrada por la imagen de su cabeza golpeando contra el suelo. No es sólo una imagen, es una premonición.

El silencio sigue instalado en el pabellón, pero ahora se trata de un silencio que helador. Los espectadores contienen el aliente hasta que un sonido, ¡crack!, lo resquebraja todo. La gran Elena Mukhina, la todo campeona de Europa y del Mundo, la única gimnasta capaz de derrotar a Nadia Comeneci, la gimnasta diez, acaba de golpear su cabeza contra el suelo. Elena pierde el conocimiento para encontrarse, de nuevo, con la mala fortuna que la acompaña desde el día de su nacimiento. Le toca ahora a ella, quedarse postrada en un silla de ruedas de la que no se levantará jamás en los próximos veintiséis años.

Elena pasará el resto de su vida pensando en ese salto, sola sin ojos que la miren como jamás pensó que pudiera estarlo. Esperando el hada del cuento que ella pensó ser unos años atrás cuando coloreaba con sus saltos los días plomizos y grises de un país en el que nunca escampa. Quedarán más de dos décadas para estar sola con ella apartada, en un rincón sintiendo que no sirve para nada, como un paraguas viejo un día soleado.

martes, 27 de noviembre de 2018

Ser Feliz en Salamanca Perjudica la Salud



En Salamanca se envejece deprisa. La gente sólo quiere hacerse viejo deprisa, muy deprisa. Si pierdes la mirada por sus calles encuentras piedras y edificios con cientos de años encima. Verás que sus calles están repletas de gente joven, rebosanre de vitalidad, y a su lado, irremediablemente, aparecerá un anciano. En Salamanca, al cumplir los treinta, si no has conseguido salir de la ciudad una larga temporada ya eres un vejestorio. Y es que un joven salmantino que no sale a ventilar su juventud por otras lides verá cómo su ánimo, su estado vital y su visión del mundo se volverá terca, cuadriculada y rancia como lo son las fachadas de los edificios viejos al estar cubiertos, cada mañana, por una niebla espesa.

Me gusta pasear por el centro de mi ciudad, tomar café y leer la prensa. Me reconforta porque me permite contrastar al momento las noticias, opiniones y editoriales que aparecen en la prensa local con lo que puedo ver en la calle. Me gustan los periódicos, el olor del papel, el calor de su tinta y el tacto de sus hojas. No hay nada más rancio en Salamanca que su prensa local, ni viento frío que castigue más los huesos y perfore el cerebro que sus titulares diarios. Me gusta leer en sus hojas toda aquello con lo que no comulgo, que me haga arrugar el hocico como cuando desenvolvo de su papel la pesca recién comprada en el mercado.  Detenerme en las tribunas y columnas de los opinadores agoreros salmantinos que hablan como si dieran misa, profetas del advenimiento que tratan de frenar un apocalipsis esforzándose por traer de vuelta su pasado. Ahí, están en sus púlpitos diarios los Estella, Ballesteros, García-RegaladoNovelty o cualquier otro de los apellidos nobles que engrandecen los capiteles de sus columnas, desde su trono, hablan de una Salamanca que no conozco: erudita, culta, comedida, noble y educada.

Sería la Salamanca de unos tiempos que, claro está, no he vivido ni antes de marcharme ni ahora que estoy de vuelta. Por eso, según estos opinadores y titulares, tengo que apurar el café en dos sorbos para ponerme a buen recaudo. Regresar pronto a casa, pertrecharme tras los goznes de las ventanas de mi casa y no salir más. Limitarme a ver pasar la vida y no vivirla porque la que debía ser vivida ya fue consumida y disfrutada, por ellos, en el pasado. Ahora, ya en el camino de vuelta de su existencia, hablan que el problema de la juventud es que no respetan a sus padres porque están infantilizados, olvidando que quizá, no hace mucho tiempo atrás, a muchos se les escamoteó gran parte de su infancia por tener que trabajar y llevar dinero a casa en una Castilla de miseria. Que si los jóvenes ahora son violentos, que si sólo saben divertirse bebiendo alcohol, que los jóvenes hoy no leen, que sí lo único que hacen es sobrevivir atrapados a la pantalla de su nuevo móvil... Obviando que son ellos ahora los que más escribe, quienes están recuperando el gusto por la poesía, quienes han optado a renunciar al trabajo entendido como una hipoteca de por vida...

Los jóvenes que pasan por Salamanca se marchan,y los que aquí se dieron al mundo tratan de salir de ella. No quieren  cumplir con el castigo que la ciudad les trata de imponer de envejecerlos aún siendo jóvenes No se puede pensar en pasado cuando apenas se han cumplido los treinta años, a eso edad la nostalgia no debe tener cabida. A esa edad se quiere vivir. Vivir en presente, edificarse un futuro cimentado por ellos, no ser la comparsa de una obra de teatro de quienes les precedieron y ya protagonizaron su cuento. No, se quiere escribir la propia historia y ese anhelo, por suerte, es lo único capaz de rejuvenecer las calles del seso histórico de esta ciudad. 

Así, si todos los que vivimos Salamanca levantamos la mirada de la punta de nuestros zapatos y dejásemos de estar pendientes de las tejas que asoman en los aleros de los tejados, ilusionados y descargados del miedo, como cuando miramos a lo lejos viendo venir a la chica que nos gusta, veríamos. Veríamos que hay motivos para ser feliz en Salamanca. Que la ciudad puede abrir las ventanas, dejar correr el aire y respirar. Que la ciudad no es sólo una cosa de ancianos y de jóvenes universitarios, de instituciones públicas y actos religiosos, que hay más y todo lo que hay que hacer es pararse a mirar.

Paseando al modo unamuniano, por  la ciudad podríamos ver y veríamos. Aparecerían a nuestros ojos parejas jóvenes, de todo tipo, de las que se desean con un amor fugaz pero vivo vestidas de forma moderna. Apenas uno metros más adelante, también lozanos, otros que aún no saben lo que es el dolor del amor cuando te dejan. Si desviásemos la vista a la izquierda podríamos ver, seguro, alguna chica con ojos tristes pero que, cuando sale a la calle los días de viento, se siente segura entre tanta gente viendo volar las hojas, satisfecha, admirando cómo se sacuden sus miedos. Probablemente, cerca de ella, aparecerá una pareja de ancianos, caminando ajenos, sonriendo al paso del tiempo y, un poquito más allá, descubrirás a un niño pequeño haciendo preguntas imposibles a su abuelo, que tiene respuestas para todo, sin que ninguno de los dos sepa que, en unos años, invertirán los papeles.

En Salamanca ser feliz perjudica la salud y es que, en sus calles, en sus bares o en sus rincones, puedes aparecer vestida, en cualquier momento, con el esbozo de una sonrisa con la que, sin saberlo, me matas.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Los Días que los Milagros Existen


Cuando amanece soleado tres días seguidos un mes de noviembre en Salamanca pienso que los milagros existen. También me sucede cuando he bebido y despierto sin resaca o, en primavera, cuando hago la declaración de la renta y me sale a devolver. En días así, al asomarme a la ventana pienso que, cuando la gente está fuera de su casa, todo el mundo es bueno. El borracho que va en busca de su primer trago cuando sin que el sol se haya levantado y el que, aún sin acostarse, busca un último ardor que le mantenga prendido a la noche. El político en su silla, el cura en su misa, el maltratador que sólo toma manzanilla y hojea la prensa para comprobar si el cupón que compra cada tarde al mismo ciego desde hace años salió premiado… Hay días en los que creo que los milagros existen.

Mirándote dormir me convenzo de que los milagros existen. Cuando nos conocimos, los dos estábamos con alguien, tú mal enamorada por un viejo amigo y yo con una cocinera que me provocaba dolores de barriga. Los dos hemos tenido que soltar muchas cosas: un pasado, mucho tiempo, todas las pequeñas historias plagadas de mentiras que hasta entonces nos contábamos, esfuerzo, piezas rotas que cargábamos con nosotros sin conocer cuál era su sitio y otras muchas, mal pegadas, que estaban donde no debían. Verte ahora, revoloteando mis sábanas con tus brazos al despertarte, me confirma que ha valido la pena, que siempre es mejor caerse muchas veces con la persona adecuada que permanecer en pie con la equivocada.

Observar cómo despliegas tus alas cuando despiertas, comprobar en tu mirada que no temes al viento ni la dirección en la que sopla, me despierta el deseo de ser tu vendaval. Verte posar los pies sobre la alfombra como quien idea una nueva formas de despegar, sin maletas que facturar y sin un pasado por el que pagar por exceso de equipaje, me empujan a hacer escala en cada centímetro de tu piel.
Esta ventana ha tenido muchos años la persiana bajada mientras pasaba las noches recorriendo las calles asomándome a lo prohibido contándole a todo el mundo que no te había encontrado o que te había perdido. De un tiempo a esta parte, quiero que sepas que duermo siempre con  la ventana abierta por si quieres volver y necesitas descansar. Aquí te espero, en esta cárcel que nos ofrece los barrotes de la cama mientras, afuera, todos olvidan el cuento en el que nunca aparecías.

Abajo en la calle continua el ajetreo. Todo el mundo sigue pareciéndome bueno: la maruja que compra en la frutería, el mecánico en su taller, el banquero que lee novelas de Saramago y el comercial que sigue buscando una pandilla de amigos.

Hay días en los que creo que los milagros existen.

martes, 23 de octubre de 2018

El Amor en Tiempos de Ibuprofeno



Leer la prensa cada mañana me reconcilia con el mundo. Estoy con mi segundo café del día cuando la veo. Morena, ojos verdes, barbilla alta, sonrisa de ganadora, cazadora de cuero y top blanco. Es un superlike. Pero esta cafetería no es Tinder y está muy lejos de parecérsele. Aquí es imposible que averigüe si tiene 33 o 35 años, hacerme una idea de sus aficiones o si tiene mascota. Tampoco podré averiguar su cuenta de Instagram. Pero me consuelo pensando que ella tampoco podrá saber nada de mi si no levanta la cabeza del teléfono y se acerca a iniciar esta conversación pendiente en la que voy a estar pensando las próximas horas.

La miro mientras desliza sus dedos por la pantalla y chatea. Imagino que me está escribiendo.  Me pregunta por mi profesión, si las fotos de mi perfil son recientes o por lo que he hecho el último fin de semana. Me visualizo ágil en las respuestas, ingenioso sin pecar de gracioso y, sobre todo, ofreciendo respuestas que asomen como puertas abiertas que quiera seguir explorando. Quiero esta conversación que imagino, aquí y ahora.

Pensar en esto carece de sentido porque soy un cobarde. No me atrevo a desencadenar una conversación y, menos aún, si la bebida que debe darme al arrojo que no tengo es un descafeinado con sacarina. Daría lo que fuese por tener una señal suya que me indicase que puedo desencadenar un comienzo, que no haré el ridículo, una muestra gratuita de su predisposición para charlar despreocupada conmigo. No tengo ningún match que me provea de la seguridad de un cheque al portador.

Miro a mi alrededor y me digo. Sí, sí, esto es un bar. Por lo que sé, en sitios como este antes se acudía a tener iniciativa. A arriesgarse. A construir las circunstancias para que la valentía hiciese acto de presencia. Aquí se venía con un modus operandi aprendido y ensayado de casa. La ropa elegida días antes, el peinado modelado y  las primeras palabras ensayadas, una y mil veces, ante un espejo incapaz de resistir a tu locuacidad y al que acababas dando besos fríos, pero besos al fin y al cabo.

Ahora, sin embargo, llevo años acomodado a la tiranía de las app y sus logaritmos. Ya no hay riesgo, me conformo con lo que tengo en la pantalla del teléfono y las caras que hay a mi alrededor alrededor: amigas de amigos, compañeras de trabajo… Ya no arriesgo. Prefiero volverme analfabeto emocional que aventurarme a improvisar una conversación con alguien a quien no conozco de nada. No concibo que una persona desconocida pueda descubrirme algo íntimo. Prefiero ser sólo la imagen de un perfil, mi marca personal y un eslogan en ciento cincuenta caracteres.

No me importa ser un producto de supermercado comercializado por una empresa a la que nadie le pone cara. No experimento ningún reparo sabiendo que mi deseo de conocer gente y explorar las posibilidades de encontrar pareja se convierta en un videojuego, donde las matemáticas de mis hábitos enriquecen a niñatos de Silicon Valley, del que soy juez y parte. Únicamente busco flechazos que no dejen heridas.

Apuro el último sorbo del café y aprovecho para revisar el estado de mi perfil e incluir algún cambio por si llega a leerlo. “Busco rockera de ojos verdes y ternura morena que entienda la mecánica de mi corazón y quiera robarme todos los meses de abril”. Pago el café y le dejo indicado al camarero que me cobre la cerveza de mi morena, le solicito el favor de no decirle nada hasta que me haya marchado.

En la calle, las primeras hoja del otoño abrigan las aceras. Paladeo el sabor seco a yeso del ibuprofeno con el que he acabado mi descanso. Regreso pensando que el amor hoy es de todo menos dolor de cabeza.  Cuando aparezca el amor quiero que con él que todo salte por los aires, quedar aturdido por su estruendo. Camino pausado, esperando que mi soledad reviente, albergando la esperanza de que el próximo match dinamite la pantalla. Descubrirla dispuesta a ventilar todos mis espacios cerrados, viéndola abrir de par en par las ventanas llenándome de aire nuevo.

Ultimo las caladas del cigarro deseando que ojalá viniera para prender y mantener encendida, juntos, una llama que no queme. Me veo caminando a su lado y me parece el mejor paso de baile. Me encantaría que llegara con su sonrisa sigilosa por mi espalda, me tapara los ojos y comenzara a sonar un  rock & roll al oírla decir “vamos”. Que me agarrase la mano para salir corriendo a desgastar el asfalto con nuestras coreografías.

Lanzo la colilla al suelo, reviso por última vez el teléfono y me adentro en la oficina. Me coloco en mi puesto convencido de que lo que padezco es una indisposición a crónica a entregarle lo mejor de mí a cualquiera.