domingo, 14 de mayo de 2017

Fabio Coentrao es uno de los nuestros - Ignacio Bellido


Fabio Coentrao es uno de los míos, de los nuestros. Puede resultar extraño que un aficionado barcelonista apoye a un jugador del eterno rival. Ocurre que, conforme pasan los años, soy más de jugadores que de equipos. Fabio es de los míos, no porque esté ganando un sueldo y no trabaje, que trabajar, trabajará como todos, sino porque ha optado por no dar la cara, por hacerse a un lado. No por miedo ni cobardía, sino por pura y llana madurez.

No digo con esto que le falte carácter ni personalidad. Lo digo porque me parece un ser terrenal, un mensaje a la sensatez en la galaxia de las estrellas y el exceso de importancia a lo poco importante. El lateral zurdo, del que nadie se acuerda estos días de gloria y tensión en que los títulos están en juego, nos da una lección de humildad al pronunciar que sabe que no está al nivel, que sus capacidades están a años luz de sus compañeros y mucho más lejos de la caprichosa infantilidad de su público.

El luso ha renunciado a la gloria, a los focos, a la llamada de la vanidad que puede distorsionarlo todo uno se sabe evaluado por millones de ojos cada semana. Coentrao ha renunciado a la gloria del héroe, ha decidido optar por un papel más modesto pero también vital, como un buen intendente: conformarse con no ser el causante de un sonado fracaso. Mejor pasar el tiempo en el rincón más oscuro del banquillo, sin siquiera vestirse la camiseta del equipo, sólo llevando debajo de la ropa de abrigo la camiseta de su banda de rock favorita. Igual que hacíamos los que nos sabíamos igual que él en categorías y campos más modestos.

Seguro que Fabio, estos días, pasará mucho tiempo en la grada. Fumando un cigarro tras otro, como un aficionado más. Un testigo de primera línea, invisible para los aficionados pero necesario para sus compañeros porque su mirada no puede esconder el deseo, la admiración hacia sus compañeros, la sana envidia de querer estar acompañada de la humildad de saber que es mejor en la distancia. El sano juicio de que sabe que aporta mucho más perteneciendo que estando, como un extra en una trepidante película de acción.

Me gusta Coentrao porque es lateral, como lo era yo en su día, un puesto del que se decía que era el más irrelevante de un equipo de fútbol. Una demarcación que era una cadena perpetua al anonimato. Me gusta Coentrao porque representa las segundas oportunidades, el otro lado del espejo de los héroes con los que convive, un mensaje a la modestia. El vivo recuerdo, instalado en el vestuario del Bernabéu de que nunca se acaba de ganar del todo y, al mismo tiempo, de que quizá, un día, tengamos la oportunidad de ganarlo todo.

sábado, 6 de mayo de 2017

Toda la vida que no viví

Toda la vida que no viví



Una vez estuve muy próximo al amor, de tocarlo, de poder acariciarlo y abrazarlo sin descanso.


-¿Me llamarás?

-Te llamaré – le contesta, con una sonrisa floja, desmayada, mientras termina de calzarse el abrigo que pasa a descansar en unos hombros caídos y trata de asir el bolso con la determinación que ya no tiene.

Greta camina los trece pasos que separan de la puerta en un recorrido en el que cada paso resuena en el pasillo como campanas tocando a muerto a esa hora de la madrugada. Mientras, él se dice que no, que nunca recibirá una llamada suya, lanzando un suspiro sin sonido, un golpe de aire sexo que sale por sus fosas nasales con la misma fuerza contenida que los gemidos intercambiados, hace apenas unos minutos, en este mismo lecho, por dos amantes desconocidos.

Tras revolverse el pelo, se ha levantado a buscar entre los bolsillos del pantalón que descansa en suelo un cigarrillo como quien busca consuelo, sin pararse a pensarlo, entregado a una derrota que se sabe inevitable. Da una primera calada larga, profunda, contiene el humo para arrojarlo con fuerza hacia su rostro, tratando de exorcizarse. En la segunda calada ya está junto a la ventana, apoyada la frente en el cristal y disfrutando del escalofrío que sacudido su cuerpo como quien ha encontrado alivio para la fiebre.

Abajo, frente al portal, espera un taxi escupiendo humo espeso como de los altos hornos. En esta madrugada tan fría, a una hora en la que la ciudad está tan quieta y silenciosa, parece que todo lo que suceda tuviese que durar para siempre se ha sorprendido pensando entre calada y calada, justo cuando ella ha aparecido a su vista.

Él, la observa caminar abrazada a su pecho, resguardándose de las bajas temperaturas de esta época del año, tratando de no perder la compostura aún sabiendo que, hace unos minutos, desnudó ante un desconocido todo su cuerpo y una parte de su alma. Cuando ha reposado su mano en la puerta gélida como el mármol del taxi, Greta no ha podido evitar alzar la vista a esa mole de ladrillo, de este barrio dormitorio, en la que cada ventana semeja un nicho, idénticos unos a otros, donde se van sepultando miles de vidas anónimas.

El leve fulgor de la brasa ardiendo de un cigarro le ha revelado su presencia. Sus ojos se han buscado, ojos inocentes que aún no han escuchado los cientos de mensajes de agravio y autoexculpación que les obliguen a repelerse. Han intercambiado una mirada de puntos suspensivos. Una brizna de tiempo en la que se han entregado todas las palabras que podrían haberse dicho a lo largo de una vida como quien esculpe su epitafio.

El rugir del motor ha puesto fin a este milagro de la física y la gramática. Nada más subir al taxi Greta, apresurada, ha sacado su teléfono del bolso, desbloqueado la pantalla y rápidamente ha consultado la lista de llamadas perdidas. En la pantalla aparece referenciada una de un número desconocido, recibida hace apenas unos minutos. Mientras mira al conductor por el espejo retrovisor y le indica la dirección a la que encaminarse, ha bloqueado el número para, inmediatamente después, eliminar su rastro.

Cuando el taxi ha doblado la esquina los rescoldos de la brasa de una colilla se han quebrado sobre el asfalto. En las ventanas de este cementerio de protección oficial, ya no se asoma nadie. 

lunes, 1 de mayo de 2017

El día que murió la Unión - Ignacio Bellido

El día que murió la Unión


Llegado mayo, echo de menos poder disfrutar de mi primer gran amor.


Recién estrenado el mes de mayo siento un vacío. Años atrás, por estas fechas en Salamanca siempre nos jugábamos algo. Vivíamos para alcanzar sueño de un ascenso o escapar de la pesadilla de un descenso de categoría de la Unión Deportiva Salamanca. Hoy, esa angustia, ese deseo, se han desvanecido como lo hace el gran amor perdido. Sé que, aunque busque amores nuevos otros que lo reemplacen y ocupen el vacío expandido en el corazón, no podré volver a sentir con el mismo deseo ni con la intensidad que la quise a ella.

Se trataba de una relación que habíamos forjado durante años. Primero viendo las noticias del equipo en El Adelanto, aunque sólo viese los números y las fotos, estudiando cada semana la clasificación y haciendo cábalas de los posibles resultados. Aquí empezó un amor, como inician todos los grandes amores, fruto de una idealización, de un ensoñamiento infantil. De los castillos en el aire de lo que creía que aquello sería: el olor del césped, el sonido rugoso de los cánticos, el retumbar del espacio, los movimientos de esos ídolos que siempre veía petrificados en fotografías… Sueños que no tardaron en hacerse reales cuando, aun siendo un crío, fui por primera vez al Helmántico, un domingo por la tarde, guiado por mi padre.

Fue el primero de los muchos domingos que estarían por llegar. Domingos en los que siempre se despertaba una llamarada de pasión aunque tratase de mostrar indiferencia y una cierta indolencia para no mostrar mi dependencia de ella. En las gradas del fondo sur aprendí casi todo acerca del amor: del dolor por la falta de entrega, de las perforaciones en los costados cuando no se cumple lo prometido, de cómo un detalle es capaz de desatar la mayor de las pasiones o  atormentarte de furia, de la certeza de no querer volver a ver a tu enamorada recién terminada la cita cuando te marchas con el corazón herido y de lo lento que pasa el tiempo cuando, durante e verano, nos veíamos obligados a pasar largo tiempo sin vernos.

Hubo años en los que renegué de la Unión, traté de serle infiel con amantes más poderosas, más atractivas, con más posibilidades pero nunca dejé de seguirla a escondidas. Me preocupaba cada semana por su salud, vivía pendiente de su ánimo, me alegraba por ella y, sobre todo, sufría con ella. La distancia hizo que, a mi regreso a las gradas, la certeza de que estaba ante el amor de mi vida y para toda la vida.

Muchos jugadores pasaron lucieron sus colores, defendieron el escudo y consolidaron nuestro amor. Recuerdo cómo los últimos años Quique Martín o Gañán se afanaban en alargar una relación que no quería perder su intensidad. Sin embargo, hubo una mañana de domingo en que el corazón de mi amada se quebró para siempre. Fue un aviso de lo que nos tenía deparado el porvenir.

Una mañana soleada de octubre el corazón de la Unión dejó de latir. El marcador marcaba el minuto 59 cuando Miguel García se desplomó sobre el césped. El silencio se apoderó del estadio, el pánico se asomó a los rostros de los futbolistas y el corazón de los aficionados quedó congelado. Era una señal, estábamos ante el principio del fin.

Llevábamos mucho tiempo soñando viejos sueños renovados en una ciudad en la que, hace años, se privó a sus gentes de la capacidad de soñar. Una ciudad cargada de historia, de tradición, de piedras pesadas y frías como lápidas. Una ciudad ideal para sepultar las esperanzas de los que se quedan. Una ciudad vieja, en la que se prohíben los gritos y en la que sí, se puede amar, pero sólo a escondidas.

Aquel mediodía de octubre supe que mi amor se iba, que no volvería. Que no sólo se iba el amor al equipo de mi ciudad, sino que con él se escapaba una parte de mí, de mi ciudad y de mi gente. Se iba una parte de todos nosotros. Ese sentimiento, lo tuve yo, lo compartimos todos y no dijimos ninguno. Esa mañana mi equipo se moría en una ciudad que hace tiempo se instaló en la agonía.

Esa mañana de octubre supe de lo amargo del amor cuando aún se está disfrutando aun sabiendo que se va a perder. Sí, hoy, ya no estás pero quiero confesar al mundo que, aunque ya no estás, yo, como muchos viví contigo una breve historia de amor. Un amor que me va a durar toda la vida. ¡Hala Unión!

domingo, 30 de abril de 2017

El silbar de la serpiente - Ignacio Bellido

El silbar de la serpiente


Cada mañana en la línea C-5 de cercanías de Madrid me encuentro a un hombre que sale a buscar a la mujer de su vida. Esta es su historia.


El sonido de las gotas de agua estallando contra la cerámica del plato de ducha marca el comienzo de un nuevo día. Son las cinco de la madrugada. Tiene una hora para terminar de ducharse y afeitarse, ponerse su pantalón gris marengo, camisa blanca adornada de corbata estrecha y sus zapatillas Converse Chuck Taylor II edición limitada. Desayuna con las prisas de quienes tienen algo importante que hacer y se lanza a la calle, como cada día, con la seguridad de que hoy no será sólo el día de salir a buscarla, sino de encontrarla.

A las seis de la mañana ya está apostado en la entrada a la estación de Sol anhelando su llegada. En los últimos ochos meses no ha faltado a su cita, recorrido las líneas de metro y cercanías asomándose a la puerta del tren en cada andén. Cada día, hasta las doce de la mañana espera verla venir con la ilusión del enamorado que espera a su enamorada. Mil quinientas horas y más kilómetros recorridos con dos preguntas asomadas a la punta de su lengua. Dos preguntas que,  otro mediodía más, volverán de regreso a casa sin ser pronunciadas.

Los siete minutos que tarda en regresar, una vez de vuelta en el punto de partida, a casa son eternos. Es un viaje a los extremos de uno mismo, donde el joven que amaneció ya no existe y ha dado paso al cadáver de sí mismo. Desanda el camino a paso lento,  con un andar vacilante, sin apenas levantar los pies del suelo, como si esperase que el próximo paso fuese el último. Sus hombros se muestran rendidos al peso de una carga que los mantiene hundidos, sin poder salir a flote. Las facciones de su cara se han quedado diluidas, borradas en un rostro que ya no dice nada, la cara de quien lleva meses durmiendo poco y soñando nada.

Ya de nuevo en casa se acomoda en su butaca. Es en ese momento cuando comienza a picarle la cicatriz que recorre toda su espalda, como una serpiente que se ha enredado en su columna y asoma la cabeza en su nuca. Sabe que este picor va a desembocar en un dolor insoportable, sus piernas quedarán paralizadas y se verán inutilizadas para el resto del día. Sus padres insisten en que tome las medicinas pero, desde que salió del hospital, se ha negado a tomar nada. Todo lo que hace es salir de madrugada, sólo, siempre solo, para regresar a mediodía a casa y sentarse a esperar.

Es ahí, recostado en su butaca, donde no deja de escuchar, una y otra vez en su cabeza, el lugar que el destino le tiene reservado.

-Vivirás de uno a dos meses – le dijo el médico horas después de la operación. Siento decirte que nos ha sido imposible alcanzar a tiempo el tumor, está muy enraizado y no podemos extraerlo. Hemos llegado tarde.

Aun permaneció dos semanas en el hospital. Todo lo que le dijeron es que estuviese tranquilo, que disfrutara del presente y que para los enfermos de cáncer, superar las doce del mediodía era un nuevo día ganado a la muerte porque el pico de mayor vulnerabilidad de su sistema inmunitario está en las primeras horas del día.

Desde que regresó a casa, abandonó la medicación para salir cada madrugada a buscar la respuesta a sus preguntas.

jueves, 27 de abril de 2017

Relaciones diplomáticas

Relaciones diplomáticas

La diplomacia nos dice que toda relación debe terminar igual que comenzó.

Esta mañana fría de primavera, en la que el viento a hecho acto de presencia como quien reaparece cuando ya nadie lo espera, con más fuerza y vigor del que se le recordaba, queriendo demostrar que vive una segunda juventud, he entrado en la vieja cafetería del centro donde desayunamos. Si las ciudades pequeñas son siempre las mismas más lo son sus cafeterías, decorados perfectos para la obra repetida, ya sabida, que debe representarse cada día.

Los actores siguen siendo los mismos de entonces, no han cambiado nada. Continúan aferrados a sus únicas vidas pendientes de sus viejos problemas. Como entonces, aquí dentro el tiempo no pasa por muchas nuevas noticias que traiga la prensa de la mañana, podrían llamar a este salón el lugar en el que nunca pasa nada.

Los viejos códigos que antaño aprendimos siguen estando vigentes. Esa sutil diplomacia que poseen quienes, durante años, décadas incluso, llevan ocupando el mismo escaño. Este congreso de provincias donde se debate todo y en el que nunca se vota nada. Mientras removía el café con la delicadeza que es del gusto en lugar tan noble y seguía observando el lugar con la seriedad exigida, nuestras miradas se han cruzado para desviarlas, acto seguido, con la misma rotundidad.

Lo reconozco, he tardado menos de un minuto en volver a buscarte. Siento no haber sido capaz de contenerme, la ansiedad se ha apoderado de mí. He intentado concentrarme en el periódico y no he podido, me he escaldado la lengua con el café porque debía encontrar algo que hacer, que me repeliera del magnetismo de tu mirada. He vuelto a mirarte pero ya no estabas.

Te has marchado sin decir nada pero a mí no me engañas. Allí donde ha habido fuego sigue la brasa. Lo sabes casi tan bien como yo por mucho que te esfuerces en buscar un final alternativo. Esto sólo puede terminar de una manera. Te recuerdo que hablamos convencidos de la circularidad de la existencia, de que todo vuelve. Todas las historias, cada historia, nuestra historia, deben terminar igual que comenzaron: debajo de las sábanas.