domingo, 11 de septiembre de 2016

Inefable Limerencia



Mirando su habitación podemos decir que nada ha cambiado en los últimos años. Las paredes conservan el color gris que ya estaba allí cuando se mudó y que decidió colorear con las fotos de juventud y pandillas que hace mucho, mucho tiempo, dejaron de serlo. Los muebles son los mismos que compró apresuradamente pero con gusto aprovechando la liquidación de unos grandes almacenes. La pantalla de televisión sigue siendo la que heredó de su hermano cuando éste compró un modelo de última generación varios años atrás.

Un pijama repleto de bolas descansa sobre la cama después de otra noche más de sueños agitados. Ya van varias seguidas. El cuarto de baño está cubierto por una nube de un olor a trigo que emana del gel con que se baña desde la infancia y que inunda sus poros. Son las siete de la mañana, el momento en el que Victoria, cada día, se prepara para acudir a su puesto de trabajo donde su ilusión y su nómina se estancaron sin recordar cuándo ni por qué.

Antes de salir es su costumbre es revisarlo todo por última vez. Comprueba que las ventanas están cerradas, riega las plantas para que no pasen sed en su ausencia. Parada frente al ascensor examina de nuevo el bolso haciendo un último inventario: llaves, gafas, tabaco, mechero, teléfono, llaves del coche, cacao  para los labios, monedero, tampones, pañuelos, chicles, maquillaje, cargador y gafas de sol. Todo listo para otro día en la oficina.

Si contemplamos desde la distancia a Victoria mientras se encamina al trabajo su existencia pude resultarnos anodina. Hasta ahora, lector, sólo has dispuesto de un inventario de objetos con los que valorar una persona y una vida de la que apenas conoces nada. Por lo que hasta ahora sabemos de nuestra protagonista, parece una persona monótona, aburrida, predecible, desapasionada y que nos genera desapego. Puede parecernos una vida que se vive porque el tiempo sigue su curso para todos menos para ella. Pero estaríamos equivocándonos porque la vida no se juzga en los objetos que la rodean sino en las pequeñas decisiones que la conforman.

Esta mañana de lunes Victoria se ha levantado antes de lo habitual. Ha revuelto su armario, en el que hace mucho que no entra una prenda nueva, rescatando un vestido amarillo que lleva tiempo sin ponerse, con esa falda de vuelo que resalta sus largas piernas y los stilletto que dejó de ponerse para no acomplejar a su anterior pareja. Ha abandonado, al menos por un día, lo que parecía, sin serlo, su asexuado y denostado uniforme de trabajo: leggins, camiseta de color pardo y botas altas.

Hoy Victoria ha despertado con la determinación de planificar menos e improvisar más. Ha optado por olvidar intencionadamente la tartera con la comida en la nevera. Ha prescindido, de una vez, de la burbuja de acero de su coche y ha comprado un abono de diez viajes y se ha ido en tren al trabajo. En lugar de parar en el bar asturiano de José a desayunar, como cada día con su compañera Silvia, lo hace en una cafetería nueva que hace unos días llamó su atención. Ha abandonado el café con leche y churros y se ha pasado al capuccino con sacarina.

Victoria hoy camina por el sol. Pasea decidida por mitad de la acera, ha abandonado la sombra y el refugio de las paredes. Al entrar en la oficina le han dado la bienvenida un mobiliario que en vez de patas tiene raíces, un ordenador con teclas del que emigraron muchas letras y se ha topado con miradas de sorpresa. Una no era de sorpresa sino de reproche, la de Silvia, por no haberle anunciado su ausencia en la patera del naufragio de su vida . Durante toda la mañana Victoria ha consultado más veces de lo habitual la pantalla de su teléfono y, han sido varias, las veces que, contraviniendo su buen quehacer y desempeño de siempre, se ha asomado al muro de su Facebook.

Llegada la hora de comer ha salido de la oficina para comprar un sándwich y  un café para llevar. Se ha sentado en un banco del parque cercano a almorzar y ha vuelto a encender un cigarro tras más de cuatro años sin hacerlo. El paisaje urbano no ha cambiado, el ecosistema de su oficina sigue siendo el mismo y su casa sigue cimentada bajo los mimos objetos y recuerdos de siempre. Sin embargo, algo en Victoria se ha removido y cambiado desde hace dos días.

Es el tiempo que ha transcurrido desde que conociera a Javier, un amigo de su amiga Isabel, y que después de disfrutar los tres juntos la mañana primaveral de cañas por La Latina, al estar ya los dos solos en la boca de metro de Plaza de España, rozó sus labios sin esperarlo al darse los dos besos de despedida. Pero no han sido estos dos besos los que han removido por dentro a Victoria, sino otros. Esos que llegaron a la pantalla de su teléfono dentro de un mensaje de que decía “Ayer fue un día extraordinario. Me encantaría que pudiéramos repetirlo pronto. Besos”.

Sí, son estos besos los que la traen de cabeza. Porque para ella, en estos tiempos de crisis y austeridad en los que se ahorra todo, hasta el lenguaje, este gesto dice mucho porque no son bs, ni bss, sino que alguien se ha molestado, por primera vez, en escribirle sin ahorrarse para luego todos sus BESOS.

martes, 6 de septiembre de 2016

Llegado el momento

Imagen de Mara Barros extraída de su perfil de Fscebook

Llegó un momento en el que todo lo que echaba de menos eran sus ausencias. Ser la única exploradora de su espacio, la dueña de cada uno de los sonidos entre esas cuatro paredes, la gestora del tiempo y el ritmo de su vida. Llegó un momento en el que dejó de echar de menos a la persona con quien vivía.

Tomó la decisión cuando, dormido a su lado, descubrió que habitaban en el mismo territorio pero en husos horarios distintos. Él en el de la urgencia, en el meridiano de que hay que hacer las cosas ya, cuanto entes. Ella en el paralelo en el de queda toda una vida por delante. Él en el de comprobar ante el espejo, cada mañana el último estrago de la edad. Ella en el de continuar asomándose a la ventanas para perder de vista su reflejo. Era una vida en la misma latitud pero con coordenadas distintas.

Llegó un momento en el que sólo extrañaba los momentos vividos. Una temporada en el que los protagonistas dejan de ser lo importante de la historia. Hoy  ya es capaz de reconocer que fueron felices. Sí, felices a ratos, sólo ratos. La coreografía que inventaron para su propia canción del verano, el ataque de risa el día de la ceremonia de su graduación.. Llegó un momento en el que quería vivir su vida de nuevo, pero mejorada.

Desde que sólo echa de menos sus ausencias ya apenas duerme, pasa las noches en vela esperando acostarse y levantarse con horarios cambiados. Ofreciéndose voluntaria siempre que puede para hacer horas extra ocupada en táreas de las que él ya no se ocupa y en las que es okupa. Espera del destino que le sorprenda con una casa vacía, sin cargas, sin fotografías en las paredes de las personas que ya no son, sin objetos con pasado, sin promesas incumplidas por falta de fondos. 

Llegó un momento en el que quería interpretar la banda sonora de su vida. Una melodía pausada, sin reproches ni urgencias. Una lista con canciones para gritar y saltar acompañadas de otras en las que entregarse al solo de otro de cuerpo, sin derecho a bises ni estribillos. Llegó un momento en el quiso quitarse muchas canciones de en medio.

Llegó un momento en el que necesitaba un abrazo y no unos brazos. Una fortaleza donde no escuchar nunca más que todo pasará porque quiere que las cosas le sigan pasando. Un espacio donde pueda haber guerra y que, tras cada alto el fuego, no queden señales ni cicatrices. Llegó un momento en el que descubrió que sólo llorando se curaba.

Le ha llegado el momento de vivir la vida que desea. Comenzó esta mañana con las dos cucharadas de azúcar en su café del desayuno, terminará esta noche cuando sus párpados bajen el telón del día. Continuará mañana porque, en su despensa, siempre queda azúcar.

lunes, 27 de junio de 2016

No quiero sobrevivir a las elecciones

Estoy hasta los huevos de oír noticias sobre el fin del mundo. Que si un meteorito se aproxima y que impactará sobre la tierra en el año 2106 generando una onda expansiva que hará desaparecer todo vestigio de vida. Que si los polos se derriten y aumentará el nivel del mar arrasando ciudades. Que si lo que hoy son verdes prados se tornarán terrenos áridos e inhóspitos. Estas noticias me importan una mierda. Todo lo que me preocupa es lo que afectará a mi vida: si lloverá mañana o hará sol, las epidemias, la Eurocopa de fútbol y el Euríbor. Lo demás, lo distante, lo ajeno a mi existencia, me genera desprecio.


En mi pueblo Moradores sin Morada vivía un viejo, cojo y portugués,  que se pasaba el día haciendo predicciones. Predijo el año de su muerte y acertó, vaticinó con vehemencia que España ganaría un mundial una y otra vez mientras todos nos reíamos en su cara, la burbuja inmobiliaria y la guerra de Irak. Antes de su muerte dejó escritas en su página sus visiones para los años venideros. Los viajes en el tiempo los señala para el año 2065, para el regreso de Jesucristo nos emplaza para el 2748 y el fin del mundo lo fija en el 3632.

El recuerdo que tengo del portugués, más allá de sus vaticinios, es el de su olor amargo  a vino avinagrado, sus ojos saltones de mirada extraviada. La capacidad de pasarse el día escupiendo pronósticos que sólo paraban con cada calada al cigarro cosido a sus labios o con cada nuevo trago. Día, tarde y noche lanzando augurios sin descanso.

Con la llegada de internet al pueblo, que él predijo antes incluso que la propia compañía de telefonía, las calles se llenaron de conversaciones del futuro. Ya nadie hablaba del pasado. Nuestro vidente se había encerrado en casa. No paraba de teclear, una tras otra, letra a letra, la cronología del futuro de la humanidad. La conquista de España por los catalanes para el año 2037 y que se iniciará con la inclusión en todos los menús escolares del pá amb tomáquet.  La llegada furiosa de los extraterrestres para el 2178, hartos de escuchar, una y otra vez, la canción “Across the universe” de los Beatles con las que interferimos en sus sistemas de comunicación. La reducción de la esperanza de vida en los hombres causada  por las muertes implosión como consecuencia de la moda del sexo tántrico entre los jubilados, que tratarán de esconder con esta práctica sus problemas de erección.

Todos estos oráculos me dan igual porque no me afectan porque se darán en un tiempo muy lejano a mi proyección de existencia. Yo cruzo los dedos para sobrevivir con vida al veintiséis de junio después de que a las diez de la noche de ayer, en el sofá , estuviese a punto de morirme después de conocer el resultado electoral. Voy a consultar en internet si el portugués predijo mi muerte para alguno de estos días, justo ahora de que una parte de mi mundo comienza a venirse abajo.

domingo, 12 de junio de 2016

Uno para todos

La primera vez que me enfundé unos guantes y recorrí el camino que lleva hasta la portería tenía diez años. Fue una soleada mañana de abril en mi Pilsen natal con treinta personas como testigos. Hoy, veinticuatro años después, sigo andando el mismo camino dos veces por semana adornado con esta cicatriz en el rostro que no cesa de recordarme el filo de cal del abismo de soledad al que me asomo. La diferencia es que ahora sesenta mil personas están a mi alrededor mientras transito de nuevo este camino, idéntico al primero y a todos los demás, en Londres a dos mil kilómetros de distancia de donde lo hice la primera vez.
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By Ronnie Macdonald from Chelmsford, United Kingdom - Petr Cech, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25798318

El primer paso de entrada al campo lo doy con el pie derecho para no poner la suerte del lado del bando contrario. Imagino que todos los delanteros rivales hacen lo mismo. Por lo que mantengo la portería a cero en esta, la primera batalla anímica de un partido. Preludio de las muchas que vendrán en esta guerra de noventa minutos mil veces librada que está punto de comenzar. Faltan apenas un par de minutos para comenzar.

La próxima hora y media estaré sólo. Me llevo sintiendo solo desde los diez años cuando, dentro del vestuario, todos mis compañeros se enfundaban la camiseta de rayas negras y verdes, el pantalón negro y las medias verdes. Mientras, yo me vestía mi raído pantalón largo, una estúpida camiseta amarilla exhibía aún más mi marginalidad y unos guantes que, muchas manos anteriores, desistieron de enfundarse. La soledad, desde entonces, está siempre conmigo.

Esta sensación de extrañamiento me convierte en alguien especial, diferente, único. Es una percepción que se ha agudizado desde que aquel irlandés me rompió el cráneo y salto al campo con este casco en la cabeza. Con él, los sonidos de la grada se alejan aumentando mi capacidad de concentración y me inmuniza de los vaivenes emotivos de nuestros seguidores. Me siento como los superhéroes de los cómics que he vuelto a devorar con avidez desde que Michal, al verme en la pantalla de televisión, dijo “¡¡Papá es Batman!!”.

Sé que puede resultar pretencioso pero ser portero es ser un superhéroe. Igual que ellos vestimos de forma diferente, solemos ser tomados por locos, condenados a vivir en un conflicto permanente y desterrados a una invisibilidad de la que nos piden a gritos que emerjamos cuando ya se ha probado todo y somos la última esperanza para que lo que amenaza con dañar no hiera.

Sí soy portero y tengo el poder de parar el tiempo y encoger el corazón de sesenta mil personas con cada una de mis decisiones. Puedo correr en busca del balón o esperar a que alcance mi posición, puedo atraparlo con las manos o propinarle un puñetazo,  puedo darle un puntapié a alejarlo de un cabezazo. Puedo hacer cosas que ninguno de los demás pueden, igual que Batman, Superman, Hulk o el Capitán América. Soy un superhéroe y ninguna de las personas que ahora mismo me escrutan con sus miradas lo desconocen.

Apenas falta un minuto para que comience el partido. El árbitro ya ha lanzado al aire su moneda, los capitanes esperan el veredicto, las gargantas de los hinchas ya están afinadas y listas para rasgar el aire con sus gritos de euforia, el balón aguarda el momento de comenzar a rodar y los entrenadores profieren las últimas instrucciones antes de la batalla. Mis superpoderes se expanden por cada poro de piel en cada segundo de esta cuenta atrás.

Siento una descarga eléctrica como si Jimi Hendrix y su guitarra se hayan colado en mi cabeza provocando que mis pupilas se dilaten y las aletas de la nariz se expandan. La corriente alcanza mi corazón que se acelera en un solo de batería al que acompañan mis manos con una palmada seca. Mis piernas se tensan y parece que el suelo arde. Salto y, al alcanzar el punto más elevado, un grito en un idioma que desconozco sale de mi boca. No sé qué es lo que ha pasado pero estoy convencido que ahora soy más grande que los ciento noventa y seis centímetros que dice mi ficha de jugador profesional y puedo evitar que sesenta mil personas sean vencidas por el abatimiento.

El árbitro sostiene su silbato. Levanta el brazo.

Estoy sólo, como los superhéroes.

jueves, 25 de febrero de 2016

El joven de Zamayón

Toda mi relación con el pueblo de Zamayón hasta la fecha han sido pasos fugaces a lomos de la bicicleta y, creo recordar, que se trataba también del lugar de origen de los antepasados de uno de los ilustres alumnos que he tenido el gusto de disfrutar. Movido por la curiosidad y la sugerencia del insigne amigo que afirma que estoy ante un hecho de clara antropología rural. Me he aventurado a descubrir qué puede haber llevado a esta localidad que no alcanza los doscientos habitantes a plantear un moción de censura a su recientemente elegido alcalde.


Allí están, en el pleno municipal, los cinco concejales del ayuntamiento.  Uno de ellos joven, que adopta la actitud de quien ha sido citado al despacho del director tras una travesura colectiva, las manos en los bolsillos, la barbilla contra el pecho y las piernas extendidas de quien sabe lo que va a hacer y decir y está esperando que llegue su momento para salir cuanto antes. El papel de un joven de su pueblo que es el espejo de lo que muchos jóvenes vienen siendo en estos entornos. El de quien debe escuchar y acatar los dictados de los mayores, curtidas las por el trabajo en el campo.

Un joven que está allí y no quiere estar. De quien está a la vez en su pueblo y en un pueblo que no es el suyo. Es el pueblo de sus mayores, de sus padres, de sus abuelos. Un pueblo que es de él pero no es el de él. Una convivencia marcada por los asuntos del pasado. Disputas y alianzas que se forjan de un momento a otro y que tienen el peso de arrastrarse toda una vida. Conflictos que nacieron, se sostuvieron, dieron vida y ayudaron a alimentar las conversaciones de la intimidad del hogar en los fríos y largos días de los largos y fríos inviernos de la meseta.

Allí está él, testigo mudo de disputas verbales entre rivales. Familias que se enemistan enquistando las oportunidades de los que les seguirán. Rivalidad que, sin ser la suya, tendrá que sostener siempre ya que sus vecinos, no tendrán dinero, no tendrán esperanza, no tendrán recursos, pero lo que no les faltará nunca es memoria. Porque en Zamayón, como en el resto de pueblos que siguen siendo pueblos, no hay políticas que atiendan a siglas de partidos sino familias presididas por sus apellidos. 

Joven, toda una vida por delante, pero una historia familiar detrás. Y allí está él, rodeado por sus vecinos que no le increpan, que le liberan del bochorno y de la infamia como hacen con sus compañeros de opinión y juicio. Allí está él, olvidado, recluido al papel del niño que tiene que escuchar y hacer lo que dicen los mayores. De alguien al que se le niega la capacidad de tener sus propio criterio en las relaciones políticas y económicas de su pueblo. Porque el joven sabe que no decide cómo quiere que sea la forma de vida de Zamayón, sino que simplemente la hereda. Herencia que no se vende ni se malogra, sino que se conserva y se respeta, no se le falta ni se la niega.

Termina la sesión y apenas se ha movido. El único movimiento que le cambia la postura aperece en la disputa verbal, reflejo de la sociedad rural y reflejo de España. Una juventud que sólo se le pide presencia, acción e iniciativa cuando hace falta fuerza para contener el desastre. Una juventud, la española, que sabe que su horizonte es cargar cruces que no son las suyas. Un joven resignado a no decir porque él sí sabe, no cómo los demás que ignorándole apelan a que "ignorancia se puede decir". Joven ignorado que no ignorante, espejo de todos, voz que no se oye pero que es preciso escuchar.